Todos debemos trabajar y pagar impuestos para, a cambio, tener derechos y reconocimiento social. Entrevista a Lars Trägårdh

Todos debemos trabajar y pagar impuestos para, a cambio, tener derechos y reconocimiento social. Entrevista a Lars Trägårdh

Lars Trägårdh, historiador, autor de ‘Comunidad e individuo en la Suecia moderna’.
Tengo ya unos añitos y me hacen mejor historiador. Soy sueco: y para serlo debo levantarme cada día para trabajar y pagar impuestos. Suecia es una sociedad de libre mercado muy competitiva: nada de igualitarismos. A veces me voy de Suecia para sentirme libre. Colaboro con el Cidob

Un país sin caridad
En el núcleo del modelo sueco está el engarce de la mentalidad luterana y la socialdemócrata, que han sustituido la caridad de los ricos –humillante para quien la recibe– por el deber de cada sueco de trabajar y pagar impuestos como gran instrumento para redistribuir la prosperidad.

Así el Estado sustituyó a la Iglesia y a la generosidad privada. Y, al convertir a cada individuo en único sujeto impositivo, empezó a reemplazar también a la familia.

Acabó de relegarla al invertir el dinero de todos –no sólo el de los padres– en la educación de cada ciudadano para que, una vez formado, devolviera trabajando a todos esa inversión con impuestos. Así que el Estado sueco –muy competitivo– no regala nada a nadie, pero invierte en todos.

¿Suecia sigue siendo un paraíso socialdemócrata al que imitar?

Ese es un error muy extendido. Suecia no es nada socialista; al contrario: es una de las economías de libre mercado más abiertas y competitivas del mundo. Somos, sobre todo, grandes exportadores y eso exige que cada sueco contribuya a la eficiencia común.

Pero también se cuidan del débil.

Para que trabaje después. El cimiento de nuestra cohesión no es tanto la solidaridad como la convicción de que todos –incluidos escolares y jubilados– deben contribuir a la prosperidad del país.

No hay individuo más despreciado por un sueco que otro sueco que se escaquee de trabajar, pagar impuestos o cumplir la ley.

Ese valor escandinavo es inverso al de nuestra picaresca peninsular.

La contrapartida de esa exigencia es una enorme confianza mutua en nuestra sociedad civil y nuestras instituciones y políticos, empezando por la Agencia Tributaria, la institución más popular de Suecia. Confiamos más en los políticos e instituciones que los demás europeos.

¿Como cuánto más?

En Suecia, Noruega o Dinamarca esa confianza en el Estado y sus representantes es del 70% y en Francia, por ejemplo, apenas llega al 20%.

¿Por qué creen tanto en su Estado?

Porque todo nuestro contrato social está basado en ideas muy simples desde que creamos los cimientos de Suecia hace mil años: todos debemos trabajar y pagar impuestos para, a cambio, tener derechos y reconocimiento social.

¿Y el pacto sigue funcionando?

Desde el punto de vista económico, sí: tenemos una economía potente y con muy poco paro. Pero se extiende cierta sensación de malestar y riesgo que no existía hasta ahora.

Ustedes fueron un país muy pobre en el siglo XIX y en los noventa su banca se hundió.

Fuimos pobres y emigrantes, cierto, aunque hoy parezca fácil olvidarlo. Y también caímos en los noventa en la avaricia de las burbujas. Pero hoy esa inquietud nacional de la que hablo está relacionada con la inmigración.

Tampoco son originales en eso.

Lo sé, pero la diferencia con los nacionalistas húngaros, por ejemplo, es que nosotros sí tenemos muchos inmigrantes: el mayor porcentaje de inmigración de Europa. Hay barrios en Estocolmo en los que el 75% de población son inmigrantes de segunda generación.

¿Por eso crece la extrema derecha?

Nuestra extrema derecha defiende el mismo pacto social que la socialdemocracia de los sesenta, pero sólo para los suecos de origen.

¿El bienestar sueco sólo para suecos?

Eso dicen los ultras y así marcan distancias respecto al liberalismo globalizador con su visión posnacional de los mercados y se distancian también del internacionalismo de la izquierda y su ayuda al tercer mundo y la ONU.

Ustedes fueron los campeones de la paz, los cascos azules y alguna causa perdida.

Y en la izquierda aún persiste ese internacionalismo tercermundista y la vocación de pacificadores universales contra la que ahora reacciona la extrema derecha nacionalista.

¿Y la secesión de Noruega se lamenta?

Como sabe, fue acordada en 1905. Y se recuerda, pero no hubo conflicto con los noruegos.

Un caso extraordinario en la historia.

Otro vivero de votos para la ultraderecha es la Suecia vacía, de zonas rurales, donde dicen que viven auténticos suecos que olvida el Estado.

¿Olvidarlos va contra su igualitarismo?

Otro error: no tenemos tradición igualitaria.

Somos ferozmente individualistas en nuestra visión luterana de la existencia. Despreciamos la caridad: nada de Cáritas en Suecia. Ni limosnas. Es el núcleo de nuestro Estado moderno.

¿Por qué?

Porque esa fue la obsesión socialdemócrata que casaba perfectamente con la luterana: sustituir la caridad y la filantropía de los ricos por el trabajo; los impuestos y los mismos derechos y obligaciones para todos los suecos.

¿Cómo atienden entonces a los pobres?

No subvencionamos a individuos sino a su formación: les damos oportunidades para que luego las devuelvan a la sociedad con creces.

Lo que el Estado garantiza a todos los suecos no es el bienestar sólo por ser suecos a cambio de nada, sino la oportunidad de ganárselo.

¿El ascensor social funciona de verdad?

Es la esencia de nuestro pacto social. Los suecos creen que el Estado debe invertir en cada individuo para que este devuelva la inversión multiplicada con su trabajo. Y eso incluye la educación, también la superior, y la sanidad, pero recuerde que la sociedad es muy competitiva y espera que el individuo devuelva con creces esa inversión con su trabajo e impuestos.

¡Vaya! Nada de generosidad, entonces.

No somos caritativos. La idea luterana es que cada uno debe levantarse pronto, pasarse un peine e ir a trabajar. Y eso incluye a la familia.

¿Por qué insiste en que toda la familia?

Porque en Suecia cada uno se paga sus impuestos: nada de pagar como matrimonio. Y a partir de ahí, sí, existe un círculo de confianza en quienes, como tú, cumplen sus obligaciones de suecos. Los que no cumplen son marginados.

Es fácil tener confianza social en un país pequeño y étnicamente homogéneo.

No es el tamaño ni la etnia quien la genera, sino nuestros valores y conductas, y si lo duda, repase la lista de países tan pequeños y homogéneos como el nuestro pero pobres.

Lluís Amiguet
Publicado en: La Vanguardia

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