Rubalcaba se va cuando su partido vuelve. Enric Juliana

Rubalcaba se va cuando su partido vuelve. Enric Juliana

Rubalcaba redime la ‘vieja’ política.

La muerte de una personalidad pública siempre adquiere un significado político. Siempre. En la hora del adiós, la biografía de un gobernante construye presente con una intensidad proporcional a la fuerza de su trayectoria. El fallecimiento de Alfredo Pérez Rubalcaba subraya el regreso del Partido Socialista Obrero Español al centro de la escena.

La muerte del dirigente socialista ha causado gran efecto. Su desaparición pulsa cuerdas. Los principales partidos interrumpieron ayer la campaña electoral en señal de respeto, con la excepción de Vox. Largas colas ante el Congreso de los Diputados para visitar la capilla ardiente en el salón de los Pasos Perdidos.

“España padece tres crisis”, diagnosticó el secretario general socialista Pérez Rubalcaba durante los idus de marzo del 2014, cuando el malestar social acumulado estaba a punto de provocar un terremoto. “España padece una grave crisis económica, una severa crisis territorial en Catalunya, y una seria crisis de reputación del sistema de partidos”, dijo Rubalcaba en sede parlamentaria. En las elecciones europeas de mayo del 2004, la suma de PSOE y PP se quedaba por primera vez por debajo del 50%. Entraba en escena un joven partido de protesta llamado Podemos, perseguido por otro joven partido titulado Ciudadanos, que desde su plataforma de lanzamiento en Catalunya cuestionaba el cansancio de la derecha. Hace ahora cinco años, el cuadro institucional empezó a temblar. Diez días después de aquellas elecciones europeas, el rey Juan Carlos anunciaba públicamente la abdicación. Pérez Rubalcaba tuvo un papel muy importante en aquel delicado momento de tránsito.

El Partido Socialista nunca se fue, pero estuvo a cinco minutos del derrumbe en los años más crudos de las tres crisis. Arrumbado José Luis Rodriguez Zapatero por la imperativa austeridad, el químico Pérez Rubalcaba mantuvo al PSOE en pie, mientras los alambiques de la vieja organización destilaban, con dificultad y riesgo de explosión, nuevos materiales sintéticos.

Rubalcaba se va cuando su partido vuelve. La fuerza de su trayectoria está obteniendo un aplauso general. El reconocimiento es intenso y habla de las angustias de fondo en el país. Hay demanda de dirigentes políticos capaces de transmitir seriedad, honestidad y profesionalidad.

Hay nostalgia de una política menos estresada por los remolinos mediáticos. Hay necesidad de luces largas. Ahora vienen cuatro años sin elecciones generales a la vista. Será difícil acostumbrarse a ello. Ese tiempo quedó interrumpido hace diez años con el inicio de una crisis económica con curvas mortales. Un tiempo pretérito que Pérez Rubalcaba apuró gestionando el final de ETA.

Entre los múltiples elogios que ayer empezaron a volcarse sobre la figura del fallecido, destaca la oración fúnebre del expresidente Mariano Rajoy. Su artículo de condolencia –que publica hoy La Vanguardia– va mucho más allá del respeto formal al rival caído. El texto identifica claramente la principal aportación de Pérez Rubalcaba a la estabilidad de España: “Fue un hombre indispensable para el PSOE en las épocas más duras de su reciente historia y fue un hombre de Estado en los momentos más decisivos que pasó España en los últimos años. Su última e importante aportación a la democracia española fue su contribución al feliz resultado del proceso de abdicación del rey Juan Carlos y la proclamación de Felipe VI. Aquellas semanas, casi las últimas de su trayectoria política, pudimos disfrutar del mejor Rubalcaba, inteligente, discreto y prudente, sabedor de la enorme importancia del asunto que estaba en juego y comprometido con su éxito”.

Sigue escribiendo Rajoy: “Alfredo Pérez Rubalcaba respondía a un modelo de político ahora en desuso: ni vivía obsesionado por la imagen, ni se perdía por un regate cortoplacista. Sabía mirar más allá del próximo cuarto de hora y contaba con un discurso sólido que merecía ser escuchado porque destacaba por encima de consignas publicitarias y eslóganes ramplones”. Mensaje inequívoco.

La capilla ardiente fue visitada ayer por la tarde por los Reyes, en presencia de la viuda, Pilar Goya, acompañada por el presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y de los expresidentes Rajoy y Rodríguez Zapateros, junto con otras personalidades. Zapatero estaba visible-mente afectado por la pérdida del que fue su principal colaborador en los momentos más duros de su mandato.

La política de antes se reivindica y la nueva política no quiso alejarse ayer del homenaje al veterano dirigente socialista. La plana mayor de Podemos, encabezada por Pablo Iglesias, se desplazó al Congreso para estar presente en la apertura de la capilla ardiente. Entre los presentes podía verse a Juan Carlos Monedero, autor hace ocho años de un ensayo titulado La transición contada a nuestros padres, uno de los libros piloto del movimiento de los indignados. Albert Rivera envió un tuit de condolencia en el que se califica al fallecido de “político inteligente”. El actual presidente del Partido Popular, Pablo Casado, acudió personalmente al Congreso para expresar su condolencia a los familiares y al Partido Socialista. Desde Esquerra, un calido y cordial elogio de Joan Tardà.

En la hora del adiós, una biografía construye presente con una intensidad proporcional a la fuerza de su trayectoria.

Ministro de Educación y Ciencia con Felipe González durante el vórtice de 1992. Ministro de la Presidencia y portavoz del último gabinete de González. (A Rubalcaba siempre le atrajeron los retos difíciles). Colaborador del equipo de Rodríguez Zapatero en su tiempo de oposición a José María Aznar. El hombre que pronunció la frase clave en los idus de marzo del 2004: “España se merece un Gobierno que no le mienta”. Rubalcaba noqueó a Rajoy aquel sábado 13 de marzo. Portavoz parlamentario del PSOE tras el regreso al poder. Especialista en la negociación con los partidos catalanes durante la fase tripartita de la Generalitat. Pocas veces perdía la paciencia, pero en ese tiempo algún día llegó a hablar de “la celopatía de la política catalana”. Conoció la gestación del Estatut y asistió con extrema preocupación a la sentencia del Tribunal Constitucional en el 2010, cuando el gobierno Zapatero ya iba a la deriva. Gestionó el final de ETA, con un perfecto conocimiento de la política vasca. Candidato a la presidencia en unas elecciones imposibles para el PSOE en el 2011. Se podía haber estrellado y logró 110 diputados, catorce menos que los que acaba de obtener Sánchez en un clima de gran victoria. Secretario general y rival de Carme Chacón en las primarias del 2012. Pontonero imprescindible tras la abdicación del rey Juan Carlos en el 2014. Amigo de Eduardo Madina en las primarias que ganó Sánchez en el 2015. Punto de apoyo de Susana Díaz –ayer desolada en la capilla ardiente– en las primarias que volvió a ganar Sánchez en el 2017. Nunca fue afín al actual líder socialista, pero le respetó al constatar su inequívoca victoria.

Sánchez le ofreció hace unos meses ser el candidato socialista a la alcaldía de Madrid y él declino la oferta. La política era su pasión. No soportaba que le llamasen maquiavélico. Conocía la grandeza de Maquiavelo, pero no quería verse adherido a esa etiqueta. Hablaba en público con una sintaxis perfecta, en la que incluso se podían distinguir los puntos y comas. Tenía una cabeza extraordinariamente rápida y un acerado sentido del humor. “En España se entierra muy bien”, dijo en alguna ocasión.

Enric Juliana
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