España es un buen país, un muy buen país. Juan-José López Burniol

España es un buen país, un muy buen país. Juan-José López Burniol

Un buen país.
España es un buen país, un muy buen país. Después de la jornada electoral del pasado domingo, no hay duda de que es así. Las razones para sostenerlo son obvias. En primer lugar, por la alta participación alcanzada: que tantos españoles hayan acudido a votar después de la invertebrada presidencia de Mariano Rajoy y de la imprevista de Pedro Sánchez tiene un mérito grande. Han contribuido a ello diversas causas, pero seguro que una de ellas ha ­sido la conciencia clara de que comienza a cuestionarse con insistente pertinacia la continuidad de España como realidad histórica y como entidad política.

Y, en segundo término, por la forma en que los españoles han votado, huyendo de los extremismos, buscando el centro, propiciando pactos y mostrando a sus dirigentes cuál es el camino por el que desean caminar.

Otra cosa es que sus dirigentes –y no sólo los políticos– estén o no a la altura de las circunstancias, aspecto sobre el que todo escepticismo resulta razonable. En cualquier caso, y sea el que sea el destino que nos aguarde, el mensaje que los españoles han emitido en las urnas puede concretarse en tres puntos:

Primero. Un claro frenazo a los radicalismos: 1) Al radicalismo populista de Vox: es cierto que, a primera vista, su resultado parece excelente, pero es menos lucido del que las encuestas auguraban y sus impulsores esperaban; Vox no tendrá una posición decisoria, sin mengua del respeto debido a su representación. 2) A la deriva aznarista del Partido Popular: es el castigo que el PP se ha ganado a pulso por su lenidad ante la corrupción, por su gestión estólida del problema catalán y por la dejación de poder que implicó su gestión de la moción de censura; todo lo cual se ha visto acrecentado por el desvarío de su mensaje durante la campaña electoral. 3) Al radicalismo añejo –de intelectual orgánico– de Podemos: un radicalismo encarnado por su dirigente máximo, que parece haber hecho suya una vieja expresión taurina –“dejadme solo”–, y casi solo se ha quedado.

Segundo. La reafirmación de que no se puede gobernar España prescindiendo del nacionalismo catalán y del nacionalismo vasco. Tanto en su deriva independentista como en su versión posibilista –que deja en un incierto mañana la consumación de su sueño–, los nacionalismos están aquí para quedarse. Los resultados electorales lo han certificado una vez más. Por tanto, resulta estéril ignorarlos y es absurdo fiarlo todo a su represión, que no hace más que potenciarlos. Hay que admitirlos como una realidad con la que hay que contar, y buscar un modus vivendi –un apaño– quizá incómodo para ambas partes pero beneficioso para las dos. Ahora bien, reconocerlos no implica formalizar con ellos pactos de legislatura más o menos opacos de los que penda la estabilidad del gobierno.

En una compañía mercantil seria, no se aceptaría nunca en el consejo de administración a un socio cuyo único objetivo fuese disolverla y liquidarla.

Y hay además una idea que tener clara en este trance: a la España unitaria y centralista no debe oponerse la no España, negándole su carácter de realidad histórica y de entidad política, sino una España federal en la que convivamos unidos pero plurales y solidarios pero autónomos.

Tercero. Hay que formar un gobierno de coalición. El resultado electoral también es claro en esto: los españoles, que son mayoritariamente moderados en contra del perfil que suele atribuírseles, han optado en buena parte por dos opciones de centro (centroizquierda y centroderecha), lo que implica que este gobierno de coalición deberían formarlo el Partido Socialista y Ciudadanos. España tiene planteado un problema estructural –de reparto de poder– cuya solución pasa por el desarrollo federal del Estado autonómico, que sólo puede afrontarse previo un pacto de Estado aceptado por la izquierda y la derecha. Y, a su vez, el abordaje correcto de esta cuestión es requisito previo para poder acometer los grandes problemas que nos acechan: la deuda y el déficit, el paro, las pensiones, la enseñanza, el plan energético… De ahí la magnitud del envite. Y de ahí también la desazón que muchos ciudadanos sienten ante las dificultades, al parecer insalvables, que se oponen a una coalición. Unas dificultades que parecen deberse más a personalismos desbocados que a razones objetivas. Por consiguiente, todas las alternativas a este gobierno de coalición no serán más que sucedáneos sin justificación y sin futuro.

No me engaño: sé que un gobierno de coalición es casi imposible. Ahora bien, quiero dejar constancia en este momento tras­cendente de que –a mi juicio– Pedro Sánchez y Albert Rivera –o sólo el que de ellos lo a­borte– asumirán, en tal caso, una responsa­bilidad histórica enorme.

España ha hablado y su mensaje está claro para el que quiera ­escucharlo.

Por eso, llegados a este punto, me vienen a la memoria unas palabras de Manuel Azaña: “Cuando se está al frente de un gran pueblo (…) el alma más frívola se cubre de gravedad pensando en la fecundidad histórica de los aciertos y los errores”. ¡Que lo piensen!

Juan-José López Burniol

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Urnas para unir y para gobernar en vez de urnas para dividir y desgobernar. Lluís Bassets
El afán de reconciliación. Antoni Puigverd
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