El fútbol no es más que un juego. Antoni Puigverd

El fútbol no es más que un juego. Antoni Puigverd

No es más que un juego.
Pocos días después de que la metáfora de Dios le fuera aplicada como un atributo indiscutible, Lionel Messi salió cabizbajo de Anfield. Una derrota estrepitosa en Liverpool lo había transformado en una triste figura. No era Dios omnipotente, sino una impotente criatura.

Instantes después de la derrota, en las redes sociales el diluvio de lágrimas se mezclaba con el incendio de la indignación. Jugadores santificados se convertían en carnaza de matadero. El entrenador descrito hasta entonces como la encarnación del sentido común se convertía repentinamente en un acomplejado, alguien a quien no se puede llevar al extranjero. La directiva, acusada de despilfarro y de enviciar a los jugadores, era sobre todo culpable de haber destruido el ­estilo.

Lo que hace quince días era ejemplar ahora es patético. Las virtudes que permitían aleccionar al impávido Florentino ahora son defectos que confirman el destino fatal de un club que, incluso en la época en que más títulos colecciona, se mantiene fiel al llanto y al crujir de dientes.

Todas las instituciones humanas están condenadas a surfear entre el triunfo y la derrota. Todas pasan épocas de bonanza y sequía. Todas conocen las vacas gordas y las flacas. Todas las instituciones viven períodos de mediocridad. Todos los clubs, todas las empresas, todos los partidos políticos, todos y cada uno de nosotros en nuestras pequeñas vidas estamos acostumbrados a atravesar valles fértiles e inhóspitos desiertos: saboreamos alguna vez la miel del triunfo, aunque son más frecuentes las caídas.

Todo el mundo sabe que el éxito no s eterno y que el fracaso es inevitable.

El Barça, no. El Barça, como la lluvia mediterránea de la que hablaba Raimon en una célebre canción, no sabe llover. O llueve poco o llueve demasiado. O cae en el infierno cuando pierde o, cuando gana, se instala en el Olimpo. Y desde el cielo de los dioses exige al universo que le rinda vasallaje en reconocimiento de una superioridad ­absoluta.

La noche de Anfield, consultando mensajes en Twitter, tuve una pequeña epifanía. Me di cuenta de que la retórica que se utiliza a propósito del Barça y la palabrería de los comentaristas de política catalana son idénticas. Más aún: se confunden. No se sabe dónde empieza la retórica del fútbol y donde acaba la verborrea política. Lo pensaba leyendo los argumentos tremendistas, las explosiones de rabia, las manifestaciones de dramatismo y los raptos de indignación de personalidades conspicuas del periodismo y la política catalanes. Con el mismo tono que utilizan para hablar de política en términos irredentistas (¡patria o muerte!) se han referido al Barça usando fórmulas no menos extremosas. Al parecer, el fútbol azulgrana y la política cuatribarrada son incompatibles con las convenciones que imperan en la mayor parte de los equipos y los países.

La fascinación catalana y barcelonista por la tragicomedia y las lamentaciones forma parte, paradójicamente, del polo opuesto: de una vanidad inmensa y desbordada.

En el espejo catalán todo tiene que ser de talla mundial: el Barça, las manifestaciones independentistas, los Juegos Olímpicos o los foros culturales (el eslogan más pretencioso de Barcelona no es hijo del nacionalismo, sino del socialismo catalán: “Mover el mundo” era el lema del Fòrum de les Cultures 2004).

En el caso del Barça, esta petulancia gigantesca tiene ya aires de manicomio. No basta con que Messi sea formidable, tiene que ser el mejor del mundo. Y no el mejor de su tiempo, ¡el mejor de la historia! El Barça no gana: maravilla. No juega: ha reinventado el juego. El Barça ha creado un estilo único. En la reinvención barcelonista, la pelota tiene nueva dimensión. Los mitos del Barça no pueden ser convencionales, tienen que ser estratosféricos: Cruyff fue el profeta del gol; Guardiola emparentó el fútbol con la física cuántica; Messi ha empequeñecido a Pelé y todos los ídolos que en el mundo han sido.

Partiendo de una exageración tan superlativa, toda derrota será insoportable.

Si cuentas con el mejor jugador de la historia, toda derrota será incomprensible.

Habiendo reinventado el juego, solo puedes perder si el entrenador (Valverde) osa traicionar la divina herencia de Cruyff y Guardiola.

En 1994, cuando la final de Atenas, yo residía en Italia. Ante un Milan extraordinario, el Barça entrenado por Cruyff hizo el ridículo. Los italianos que me rodeaban se partían de la risa con las tautologías de Cruyff (“si tú tienes el balón, el rival no lo tiene”). Desde entonces, quedé inmunizado contra la pretendida superioridad de tal tradición. Ahora ha vuelto a suceder, pero, puesto que Ernesto Valverde es una especie de disidente del cruyffismo, los indignados exigen el regreso a las esencias. ¡Vaya empanada!

En la Champions, todos los jugadores son buenos: ganan los que están más en forma. Punto. Jürgen Klopp, el entrenador del Liverpool, ha desnudado a los dioses del olimpo azulgrana con un estilo obrero y sajón. No pasa nada. No significa nada. Esta derrota no es una lección de vida; ni una lección de estética. El fútbol no es más que un juego.

Antoni Puigverd
Publicado en: La Vanguardia

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