El decano del periodismo internacional podría muy bien ser Sami Kohen

El decano del periodismo internacional podría muy bien ser Sami Kohen

Sami Kohen, columna del mundo periodista internacional.
Sami Kohen, cuyo padre publicaba ‘La Boz de Oriente’, lleva setenta y cinco años escribiendo sobre política internacional en Estambul, donde en su infancia “se oía más ladino, griego, armenio y francés que turco”

El decano del periodismo internacional podría muy bien ser Sami Kohen, que se estrenó durante la Segunda Guerra Mundial y sigue en activo. Lo es sin duda del periodismo en Turquía, donde ha sido corresponsal de grandes medios anglosajones y donde publica cada semana –en Milliyet, desde 1982– dos columnas de fino análisis del tablero mundial.

Kohen publicó su primer artículo hace tres cuartos de siglo, con dieciséis años, en el diario de su padre. Pero casi toda su carrera la ha hecho en Milliyet, a cuya sección de internacional se incorporó en 1954. “Siempre con la idea de hacer lo que nadie hacía”. Por ejemplo, entrar en la hermética Albania de Enver Hoxha, en 1963, haciéndose pasar por masajista de la selección turca de fútbol.

Todo empezó en La Boz de Türkiyye, que dirigía Albert Cohen. “Se llamaba La Boz de Oriente, pero un funcionario llamo a mi padre a Ankara para comunicarle que esto era Occidente. Mi padre hablaba un ladino muy puro y el diario estaba bien escrito, con autores como Abraham Galante. Era la alternativa “a Le journal d’Orient, de Albert Carasso”. Pero había más, como “ El Tiempo, El Telégrafo, hasta uno humorístico, El Juguetón”.

La vocación internacional de Kohen tal vez tenga que ver con que nació en un entorno cosmopolita, que la República Turca pronto se empeñó en turquizar. “En mi barrio de Gálata, cuando nací, el noventa por ciento éramos judíos. Por la calle se oía ladino, griego, armenio, francés… también turco, aunque no en los restaurantes caros, lo que horrorizaba a los nacionalistas turcos”.

En aquel Estambul de un millón de habitantes, “había cien mil judíos y todos hablaban español”. Sami Kohen se expresa fluidamente en algo a medio camino del castellano y del ladino de sus padres, que ya no habla “con nadie”. “Muchas amigas de mi mujer, sí, pero con ellas hablo en turco o en francés”. Sin embargo, se muestra “complacido” de explicar su infancia y juventud en judeo-español, con muy pocos tropiezos. Aunque para precisar la discriminación de los judíos en los años cuarenta, pide hacerlo en inglés, que ya no abandona.

“Turquía se convirtió en un país muy pobre”. “La neutralidad nos salvó de Auschwitz”, continúa, “pero no de la mentalidad fascista, ni de un impuesto desproporcionado, solo para los judíos y las demás minorías, con el objetivo de destruir su potencial económico”. “Todas las grandes tiendas de la avenida Istiklal eran propiedad de las minorías y muchas tuvieron que cerrar”.

Pero eso no fue todo. “Los judíos no podíamos trabajar en la administración. A los pocos judíos empleados en la agencia de prensa Anadolu, como traductores, se les echó. Vi un anuncio y me presenté a unas pruebas en Anadolu. Cuando fui a ver la lista de resultados, mi nombre no ­aparecía. Luego entendí por qué”.
Pero el primer aviso le había llegado antes. “Muy joven, publiqué una recensión de One World, del internacionalista estadounidense Wendell Willkie. Pues escribieron una carta al director de mi instituto judío, pidiendo medidas disciplinarias porque ‘estaba metiéndome en política’. Estuvieron muy cerca de dejarme sin estudios, porque les parecía que Kohen había de ser comunista”.

A la muerte de su padre se convirtió, con veinte años, en el director de periódico más joven. “Lo convertí en un diario solo en turco y doblé la circulación. Pero tuve que cerrarlo para hacer la mili”. Luego, al buscar trabajo, entendió que “la prensa estaba vetada a los no musulmanes”. Pero apareció un diario nuevo, Yeni Istanbul, de “un millonario inspirado en el Zürcher Zeitung. Mandé mi primer artículo sobre la crisis en Oriente Medio –un guiño– y me lo publicaron. Y otro. Y otro. El editor me sugirió un pseudónimo turco, pero se arrepintió al ver cómo me ofendía. Nunca más he sentido antisemitismo”.

Ahí estaba “Abdi Ipekçi, que sería un gran amigo. Juntos dimos el salto a Milliyet, que él dirigiría” (antes de ser asesinado en 1979 por Ali Agca, que luego atentó contra Juan Pablo II).

Sirkeci, junto a la estación del Orient Express, “era entonces el centro de redacciones y librerías, antes de caer por el turismo”.

Sami Kohen sería también durante décadas el hombre en Turquía de The Economist, The Guardian o Newsweek. Con ellos publicó muchas de sus primicias, mandadas desde el otro lado del Telón de Acero.

Desde la China de la Revolución Cultural, unos meses antes del deshielo de Nixon. O desde la Corea del Norte de Kim Il Sung, que “en 1987 era calcada al Pekín de 1971, pero con gente trabajando quince horas”.

En aquella China “sólo se podía aterrizar directamente en Shanghai. En Pekín las únicas embajadas occidentales eran la del Reino Unido y Canadá. Y el único hotel era para chinos de ultramar. Era un país pobre, militarizado, de gente como robots. Como si siguieran una religión en la que el profeta aún viviera”.

En Vietnam, anduvo “con el Vietcong”. Y pisó la URSS “muchas veces, hasta el discurso de disolución de Gorbachov”. Pero a quienes considera grandes es “a Ben Gurion y a Golda Meir. Aquella fue la época buena de Israel, donde estuve ya en su segundo aniversario. Me pedían reportajes sobre los kibutz o las mujeres en armas. Israel se ha derechizado mucho”.

Kohen, en plena forma, lamenta que “la libertad de prensa atraviesa un mal momento” en Turquía, aunque aclara que esta tuvo su época dorada bajo el primer mandato del mismo Erdogan.

El decano considera que Occidente malinterpreta “el cambio de eje de Erdogan”. En realidad “es un intento de conformar un eje propio, mediante el refuerzo político, económico y militar”. El antiamericanismo oblicuo tampoco sería cosa suya, según este admirador de Kissinger. “Es algo compartido por la cúpula militar, por la acumulación de chapuzas desde Irak. La última, el apoyo a la guerrilla kurda en Siria, que EE.UU. sabe que es el PKK”.

A Kohen tampoco le gusta lo de “neootomano”. “A Erdogan le interesa hasta Cuba y Venezuela. Es más un tercermundismo, que le hace decir en la ONU que el mundo son más de cinco”.

Jordi Joan Baños

Publicado en: La Vanguardia

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