Si no vota, no se queje luego. Manuel Castells

Si no vota, no se queje luego. Manuel Castells

Elecciones.
Las elecciones son la piedra angular de las democracias contemporáneas. Aunque estrictamente hablando no sean ­realmente democráticas, porque no siguen el principio representativo de “una persona, un voto”. Según la correlación de fuerzas políticas en el momento en que se aprueba la ley electoral, diversos mecanismos sesgan la representación.

Por ejemplo, en España, las pequeñas ciudades y zonas rurales están sobrerrepresentadas y generalmente sustentan un voto mayoritariamente de derechas. Y los grandes partidos obtienen una prima de representación, con mecanismos tales como la ley D’Hondt, que es la nuestra, para el reparto de escaños. A veces los aprendices de brujo se pillan los dedos, como ha señalado acertadamente Enric Juliana en las páginas de este diario. El fraccionamiento de la derecha española en tres bloques no suma, sino que resta. Aunque también la izquierda está dividida en dos a escala estatal y en tres en Catalunya.

El crecimiento del PSOE, directamente derivado del liderazgo de Pedro Sánchez, recuperando señas de identidad socialdemócratas y superando los devaneos neoliberales de sus antecesores, le otorga una prima de diputados que puede ser decisiva para gobernar.

En cualquier caso, las reglas del juego no se pueden cambiar en medio del partido, aunque es evidente que en algún momento habrá que reformar una Constitución poco democrática en varias de sus dimen­siones.

Así las cosas, las elecciones españolas del 28-A son definitorias. Sobre todo porque de repente ha resucitado el espectro del franquismo, con su secuela de autoritarismo, sexismo, homofobia, xenofobia, racismo y ultranacio­nalismo español, cuando creíamos haberlo superado. Surgen novios de la muerte por todas partes. Y aunque no son mayoría, pueden ser lo suficiente influyentes para escorar a la extrema derecha al PP y a Ciudadanos (que en nacionalismo español no es distinguible del PP), con lo que esto supone de ruptura de la convivencia en la sociedad y en la política. El odio a Pedro Sánchez (apoyado por manos ensangrentadas, según Casado, y del que ha renegado de antemano Rivera) es de tal enver­gadura que genera sombrías perspec­tivas sobre una democracia ya puesta en entredicho por la forma incivil como se está reprimiendo la propuesta pacífica de decidir democráticamente el futuro de la relación entre España y Catalunya. Y esta es la otra razón fundamental que hace de estas elecciones las más importantes desde la instau­ración de la democracia.

El resultado del voto plasmará la posi­bilidad o imposibilidad de coexistencia pacífica en el Estado español. Definirá si es posible dirimir las contradicciones profundas entre proyectos de naciones y entre ­anhelos de personas, mediante el diálogo, la negociación y el necesario compromiso.

O si, por el ­contrario, se va al choque, en formas diversas, mediante la confrontación excluyente.

Sin embargo, para que estas elecciones sean aclaradoras y nos saquen de la confusión y la angustia, dos condiciones son necesarias. Por un lado, que cada uno de nosotros vote en conciencia. Es decir, según lo que de verdad pensemos, dejándonos de tacticismos. Con el corazón, más que con la cabeza. Porque al no seguir lo que pensamos nos adentramos en un juego estratégico que, de hecho, no vamos a controlar, puesto que los partidos pueden negociar según sus intereses propios una vez que tienen en el bolsillo nuestros votos. Si usted quiere en el fondo que vuelva el Caudillo (amenazado de desahucio), vote a Vox sin ambages, y ya se arreglarán después los políticos una vez que sepan su opinión.

Y si usted es de izquierdas y no se acaba de fiar de que el PSOE no haga alianza centrista con Ciudadanos, vote a Podemos o a alguna de sus confluencias aunque hayan dejado de confluir. Y si su voto lo considera como afirmación de la soberanía de Catalu­nya, apoye la variante nacionalista que considere más efectiva.

En fin, tiene que expresar también su preferencia por el diálogo o la confrontación, una decisión que va más allá de la oposición entre derecha e izquierda, o entre nacionalismo es­pañol y catalán. Porque el diálogo puede ser un objetivo en sí mismo, un instrumento previo para llegar a acuerdos de coexistencia.

Inversamente, si sus convicciones son tan arraigadas como para romper la convivencia con tal de llegar a lo que considere innegociable, vaya con todo en pos de su victoria y luego ya verá lo que pasa. Y si siente que los derechos de los animales son un principio ético fundamental, vote Pacma. Si queremos claridad de una vez por ­todas, hay que situarse donde nos situamos nosotros mismos en nuestro fuero interno.

Claro que todo esto no tiene sentido si no participamos activamente en la campaña, en la calle y en las redes, y si no ­votamos. Si no vota, no se queje luego.

Porque esta vez sí que nos vamos a contar todos. Esa es la segunda y fundamental condición para que funcione la democracia, aun condicio­nada por leyes sesgadas e instituciones que no están por encima de toda sospecha. Sin voto, incluso en blanco, no hay derecho a la palabra.

Ahora bien, quienes más se juegan en estas elecciones son las mujeres. Porque tras siglos de opresión y décadas de buenas palabras, los últimos dos 8 de Marzo han demostrado un cambio de mentalidad en la ma­yoría de las mujeres que está transformando la vida.

De esas nuevas mujeres ­surgirán nuevas relaciones entre mujeres y hombres, una nueva sexualidad, una nueva educación, una familia renovada y un deseo de superar la represión del deseo.

Pero hay una contraofensiva machista y patriarcal en marcha. Buena parte del resurgimiento del extremismo derechista proviene del intento de hombres inseguros de su masculinidad de someter a las mujeres. Momento decisivo para los derechos de la mujer. Usted, ciudadana, decide quién mejor la representa, pero vote.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

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Que esperamos los ciuda­danos españoles de estas elecciones. Remei Margarit
El laberinto de los monstruos. Antoni Puigverd

 

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