Personas que viven en un mundo irreal. Juan-José López Burniol

Personas que viven en un mundo irreal. Juan-José López Burniol

La buena gente.
Comencé pronto a leer libros de historia. Y pronto comencé también a hacerme preguntas. Una de las primeras fue –aún adolescente– cómo un país tan culto y potente como Ale­mania pudo caer en manos de unos des­arrapados –auténtico desecho de tienta– que en sólo doce años (de 1933 a 1945) lo des­truyeron.

Mi admiración por la ciencia y la cultura alemanas ha sido siempre grande. Y me parecía y me sigue pareciendo imposible, precisamente por ello, que Hitler y sus secuaces se hiciesen con el poder absoluto, destruyesen el Estado, desencadenasen una guerra atroz y, como colofón, industrializasen el exterminio humano. ¿Cómo fue posible? No tengo una respuesta concluyente, pero algún libro me ha hecho atisbar aspectos de esta realidad atroz y compleja. Destaco entre todos Alemania: Jekyll y Hyde, de Sebastian Haffner. Este es el pseudónimo de Raimund Pretzel, berlinés de familia funcionarial, licenciado en Derecho que iba para juez y que, en 1938, escapó con su novia judía de Alemania. Trabajó como periodista en Gran Bretaña y hasta 1954 no regresó a su tierra, donde ejerció también como periodista y publicó libros sobre la historia reciente de su país que alcanzaron notoria relevancia. El primer libro que leí de él fue Historia de un alemán, tal vez uno de los textos que he recomendado más veces, por la forma espléndida como describe cómo crece y se desarrolla en un pueblo la larva de la intolerancia, el odio y la exclusión.

En Alemania: Jekyll y Hyde, Sebastián Haffner trazó –en 1939– un cuadro del nazismo visto desde dentro, ocupándose en distintos capítulos de Hitler, los dirigentes nazis, los militantes nazis, la población leal, la población desleal, la oposición y los emigrantes.

La primera conclusión que brinda su lectura es que los nazis no se hubiesen hecho nunca con el poder de no ser por la adhesión incondicional de la población que, sin ser nazi en sentido estricto, fue leal al Partido Nacionalsocialista y a sus dirigentes, comenzando por el Führer.

No he cambiado de opinión tras repasar los dos últimos libros que he leído sobre el acceso de Hitler a la cancillería del Reich y su consolidación como dictador: A treinta días del poder, de Henry Ashby, y El orden del día, de Éric Vuillard.

En efecto, no hubiesen sido suficientes la senectud del mariscal Hindenburg, las manipulaciones de su hijo Oskar, las intrigas de Von Papen y la incapacidad del general Schleicher. Ni tampoco hubiesen sido bastantes los fondos generosamente aportados por los grandes capitanes de industria alemanes para que los nazis metiesen en cintura a comunistas y socialistas. Hacía falta que la población leal, la buena gente, así lo quisiese.

Escribía Haffner en 1939: “El sector leal de la población alemana, es decir, los que sirven lealmente al régimen nazi sin ser nazis, constituye hoy el cuarenta por ciento de la población total alemana”.

Son personas –añade– que viven en un mundo irreal, que ignoran olímpicamente los hechos esenciales de su existencia y que, bajo la influencia de la incesante propaganda, se aferran a ilusiones y embustes. Se les encuentra en todas partes, en cualquier estrato social, en cualquier comarca y en cualquier ámbito cultural.

Los baluartes de la lealtad son la pequeña burguesía y las clases medias acomodadas de provincias, mientras que las clases medias acomodadas de las grandes ciudades casi siempre son desleales. Su forma de pensar no es simple y clara, sino asombrosamente confusa: una mezcla de idealismo y picardía, de desconfianza e ingenuidad, de codicia y capacidad de sacrificio, de crueldad y sentimentalismo, de honradez e infamia, de inteligencia y necedad, de tozudez e incoherencia, de sensibilidad y falta de tacto, de inocencia y maldad, de docilidad y limitación. “Se trata –concluye– de un acertijo peliagudo: el más difícil que Alemania plantea al mundo”.

Respecto a los alemanes desleales al régimen nazi, Haffner se pregunta: “¿Por qué no los vemos?, ¿por qué guardan silencio?, ¿por qué no se nota su existencia? (…) ¿por qué no impiden que todo suceda contra su voluntad y en su nombre?”. Su respuesta constata que “los alemanes desleales no han puesto su pesa en el platillo de la balanza” por tres razones: porque “la posición del régimen es poderosísima e intangible –¿qué puedo hacer yo como individuo?–, por la mentalidad no revolucionaria de los alemanes (y por) el lamentable caos ideológico que ha reinado en Europa durante los últimos años”.

Esta falta de reacción no significaba en modo alguno –concluye– que los alemanes contrarios a los nazis se cruzasen de brazos mientras la historia la escribían otros llevándolos al desastre. De hecho, estaban dispuestos a luchar decididamente por su libertad, a la espera de tener un líder. Toda oposición precisa de un liderazgo solvente para ser operativa. Pero pasaron los días, los meses y los años sin que este líder surgiese. La historia, impávida, siguió su curso, estalló la guerra y Alemania fue vencida, destruida y troceada. El espejismo se había desvanecido.

Juan-José López Burniol
Publicado en: La Vanguardia

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