Entender la felicidad desde el marxismo vs capitalismo. Joan Burdeus

Entender la felicidad desde el marxismo vs capitalismo. Joan Burdeus

El 19 de abril en Toronto, Canadá, se celebró el considerado dentro del círculo filosófico como “el debate del siglo” que enfrentaba dialécticamente hablando a dos pesos pesados de las ciencias sociales.

De un lado, el filósofo y sociólogo esloveno de 69 años, director internacional del Instituto Birkbeck de Humanidades adscrito a la Universidad de Londres, Slavoj Žižek.

Enfrente, Jordan Bernt Peterson, de 56 años, un psicólogo clínico, crítico cultural y profesor de psicología canadiense. Famoso por acompañar los alt-right norteamericanos y europeos, en contra de lo políticamente correcto – tan de moda en estos tiempos-.

Dos miradas distintas para analizar el mundo: marxismo y capitalismo. La felicidad como tema central.

Era de esperar que el debate filosófico del siglo no fuera el debate filosófico del siglo: el enfrentamiento entre los dos intelectuales más populares del mundo, Slavoj Zizek y Jordan Peterson, siempre ha sido mucho más interesante por el qué dice de nosotros que no por el qué podían decir ellos.

Un estadio lleno como un huevo a 1.000 euros la entrada para escuchar dos señores discutiendo sobre si la felicidad la mujer, el capitalismo o el comunismo… El fondo del debate era en su forma, es decir, en cómo y por qué una pugna filosófica ha conseguido convertirse en un espectáculo de rock. Pero no sufráis, igualmente os diremos quién ganó.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek

Ganó el capitalismo regulado, con toda el agua al vino que esto supone. Precisamente porque la gracia del frente a frente era la enunciada radicalidad de los dos contrincantes, los espectadores de medio mundo teníamos derecho a esperar de todo menos las terceras vías que se acabaron produciendo.

La culpa fue indiscutiblemente de Zizek: al filósofo esloveno, la fama le viene de su crítica feroz a la izquierda moderada, retratada como un caballo de Troya del neoliberalismo que ha claudicado ante el libre mercado y ha vendido las clases trabajadoras a las multinacionales. Tony Blair, Bill Clinton, Zapatero.

Por eso Zizek siempre ha dicho que la socialdemocracia es parte del problema, y que el comunismo con todas las letras es la única solución.

En cambio, Peterson prometía mucho menos: lejos de ser un defensor férreo del capitalismo salvaje, el psicólogo canadiense siempre ha abogado por un control moderado de la economía informado por la caridad cristiana.

A la hora de la verdad, Peterson no dijo nada nuevo, mientras que Zizek bajó el tono de sus textos y vídeos incendiarios hasta llegar a una propuesta indistinguible del capitalismo con rostro humano que ha ridiculizado tantas veces, un tipo de tuneo del status quo basado en que una serie de acuerdos transnacionales ayuden a regular tres problemas que los mercados nacionales no pueden solucionar por ellos mismos: la ecología, la ingeniería genética y las crisis migratorias. Ni rastro de abolir la propiedad privada ni socializar los medios de producción.

No hay que hacer una crónica de un debate de tres horas y media que es a un clic de distancia, así que vamos el punto ciego que explica que el que tenía que ser una carnicería se convirtiera en un abrazo entre huesos: la igualdad de oportunidades.

Si tuviéramos que definir cuál es hoy en día el dogma político del cual nadie osa desmarcarse, el horizonte de acontecimientos más allá del cual no hay argumentos defendibles, tendríamos que elegir la igualdad de oportunidades.

Que no es poco, sino un luchado triunfo de la modernidad y la cultura democrática sobre milenios en qué lo más normal han sido –y en muchos aspectos todavía son- feudalismos explícitos o encubiertos que enseñan a las masas a aceptar la lotería divina en el reparto del pastel a la tierra.

Hoy, ser de derechas es creer que el pastel se reparte justamente y que la manera de mejorarlo es generar incentivos porque los que no tienen bastante se esfuercen más, y ser de izquierdas es creer que los que se llevan la mayor parte de la teca no lo hacen por mérito propio, sino porque han trucado el sistema.

La pregunta no es si hay que igualar las oportunidades, sino qué es la manera más justa de hacerlo.

Jordan Peterson

Por eso Peterson siempre ha atacado un mismo enemigo que identifica como el vicio filosófico de la izquierda: la igualdad de resultados. Según el psicólogo canadiense, la finalidad última del comunismo no es que todo el mundo juegue con las mismas cartas, sino que, al final de la partida, no  haya ni ganadores ni perdedores, sino un grande “el importante es participar”.

Para un conservador, el marxismo es el fin de la meritocracia, y esto es no está muy lejos del fin del sentido de la vida.

La izquierda, en cambio, no tiene una respuesta fácil ni consensuada: la mayoría de los que defienden el comunismo acaban haciendo el que Zizek hizo en el debate, decir que la utopía no es igualitaria en los resultados, sino el único sistema económico que permite que todo el mundo tenga la igualdad de oportunidades que el capitalismo predica pero a la práctica destruye.

Según Zizek, el sueño de Marx no es nada más y nada menos que un lugar donde “cada cual puede desplegar al máximo sus potencialidades”. Igualdad de oportunidades, vaya.

Esta retórica de las potencialidades nos mujer clave del enamoramiento inesperado de Zizek y Peterson, que era la tercera pata del debate: la felicidad. Contrariamente al énfasis político que había hecho hervir la previa durante meses, el que ha convertido los dos pensadores en estrellas mediáticas y, concretamente, en estrellas que atraen especialmente a los jóvenes de fuera la academia, es que comparten una perspectiva psicoanalítica.

El auténtico enemigo del debate no estaba en la sala, sino fuera: contra una sociedad y una academia absolutamente rendidas al racionalismo optimista, en que el conflicto se ve como un mal funcionamento esperando un cursillo, un algoritmo o una pastilla que lo solucionen, Zizek y Peterson ofrecen una filosofía de la felicidad trágica.

Cuando los dos se pusieron a hablar del sentido de la vida, estuvieron completamente de acuerdo que no hay autosabotaje más grande que perseguir la felicidad como un objetivo en él mismo.

El que hace falta, y aquí los adversarios coincidieron incluso en el lenguaje religioso, es entender la beatitud en los términos teológicos de la gracia, como un chispazo que no sabemos de donde ni porque nos llega y que no podemos exigir, sólo esperar. El atractivo de Zizek y Peterson se explica porque el más pareciendo a una receta para el bienestar que prometen es del todo paradójico: ser feliz pide estar dispuesto a renunciar a la felicidad en nombre de una causa más grande. Articular qué causa es esta es mucho más difícil pero, mientras tanto, el capitalismo regulado va ganando.

Traducción En positivo

Joan Burdeus
Filósofo, periodista y guionista

Publicado en: Núvol

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