El laberinto de los monstruos. Antoni Puigverd

El laberinto de los monstruos. Antoni Puigverd

El virus y la dulzura.
No deja de ser significativo que el adjetivo viral tenga hoy en día un sentido tan optimista. Deriva de virus, palabra latina que significa toxina, veneno. Según el lenguaje periodístico, un “vídeo viral” es el que todo el mundo ha visionado en las redes sociales. Ahora bien, observado con cierta atención, el sentido del adjetivo viral es más ambiguo: significa éxito, sí, pero hace referencia a una calamidad tan habitual como inevitable: a las toxinas que infectan nuestro teléfono. Cada dos por tres, en efecto, nuestro teléfono es bombardeado amistosamente. El pariente ocioso de nuestro grupo de WhatsApp familiar y el más latoso de nuestro grupo de amigos nos envían, sin parar, vídeos, memes, fotos o textos de intención política o humorística: un gato que se vuelve loco después de lamer un limón, el papa Francisco retirando la mano cada vez que un fiel intenta besarla, un episodio de lazos amarillos.

Por suerte, a veces descubrimos joyas entre tantos virus. Tal es el caso de uno de los vídeos que circularon la semana pasada: el discurso de Richard Ashworth en el Parlamento Europeo. Doy por hecho que lo han recibido o que lo han visionado en la edición digital de La Vanguardia o de cualquier otro medio. Ashworth es un británico contrario al Brexit. Antes de ser parlamentario, se dedicó durante años a la producción de leche y, por consiguiente, conoce bien los beneficios que, para los agricultores europeos, ha significado la política agraria común. Con un inglés que no podía ser más british y con pausada elegancia dijo:

“Durante 25 años, ningún primer ministro británico explicó al pueblo qué era Europa. Nunca se hicieron respon­sables de las decisiones del Consejo Europeo. Por eso, la ­prensa británica ha hecho una campaña de 20 años marcada por las mentiras. A raíz de ello, el Reino Unido se ha conver­tido en una nación dividida ­como nunca y tiene un Parlamento en crisis.

El Brexit es un toque de atención para la ciudadanía europea: es la gene­ración que está viviendo un ­periodo más largo de paz y prosperidad. No lo den por sentado. Valórenlo, luchen por ello y defiéndanlo cada día”.

Con unas pocas palabras, Richard Ashworth dice muchas cosas esenciales. En primer lugar, hace hincapié en la culpa por omisión de los políticos británicos: la pasividad absoluta a la hora de explicar los beneficios objetivos que la UE ha aportado a Gran Bretaña. En segundo lugar, insiste en algo ya conocido: la campaña antieuropea del populismo mediático, que ha durado tantos años. En tercer lugar, alerta a los europeos no británicos: nos recuerda que la paz y la prosperidad de que disfrutamos no durarán para siempre si no luchamos por mantenerlas. Todos los que se quejan por una cosa u otra deben recordar –sostiene Ashworth– que ahora mismo, y a pesar de las dificultades económicas y de la desigualdad creciente, Europa ha conquistado la cima más alta de la humanidad sea en lo referente a nivel de vida (y en protección de los más débiles), sea en vivencia de la libertad. No estamos hablando de defender un mal menor, sino del máximo bien colectivo que la historia de la humanidad ha alcanzado.

Tan sólo los sordos de Catalunya y España, que son muchísimos, no perciben los ecos que el discurso de Richard Ashworth proyecta sobre el conflicto que nosotros estamos viviendo, tan parecido al del Brexit (si bien aquí las culpas están bastante más repartidas).

Los líderes políticos españoles nunca han defendido los valores que la catalanidad ofrece al conjunto de España (lengua, iniciativa económica, aportación solidaria).

Mientras los medios de comunicación antecesores del populismo han propagado mentiras sobre la realidad lingüística y han caricaturizado las demandas catalanas hasta deformarlas totalmente, los líderes políticos o han callado o han abonado la insidia y la caricatura, sin darse cuenta de que, si bien halagaban los bajos instintos vinculados a una cierta tradición anticatalana que proviene de los tiempos de Quevedo, también favorecían lo que el presidente Montilla denominó “el desapego”, la desconexión sentimental de muchos catalanes.

También los líderes catalanes, singularmente los nacionalistas, han abonado durante años tópicos, interpretaciones históricas y caricaturas deformadoras de España, del sistema democrático emergido de la transición y de presuntos expolios económicos.

Muchos medios de comunicación han propagado mentiras, sin las cuales el proceso no habría llegado tan lejos. Prácticamente nadie ha osado ir contra la corriente dominante en su entorno. Nadie explicó que estos 40 años de democracia y autonomía son los más prósperos, los más pacíficos y los más libres de la historia de Catalunya y de España.

Huyendo de la fraternidad, unos y otros han fabricado la confrontación. Por eso hemos entrado en el laberinto de los monstruos.

Puesto que estamos glosando un noble discurso británico, dejemos que sea Shakespeare quien nos explique por qué es tan frecuente despreciar la belleza conquistada: “Las cosas dulces, convertidas en habituales, pierden gracia y deleite” (Soneto CII).

Antoni Puigverd
Publicado en: La Vanguardia

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