El afán de reconciliación. Antoni Puigverd

El afán de reconciliación. Antoni Puigverd

Ha ganado la moderación.
Frente la estridencia de las tres derechas, la contención de las izquierdas ha sido ­premiada. Sánchez, Iglesias y Junqueras tienen algo en común: han soportado las respectivas presiones ambientales, muy extremistas; y han defendido la contención y el pactismo. No es el momento de ­especular sobre los pactos. Es más importante digerir bien la moraleja que pro­ponen los resultados.

Los votantes han ­dado un mensaje claro: no avalan la esca­lada de tensión, huyen de los tonos airados, no quieren más electricidad política.

Ciertamente, existen en España sectores sobreexcitados, que han ganado a través de Vox un buen grupo de asientos en el extremo derecho del nuevo hemiciclo. La derecha tremendista ha calado, sí, pero también ha situado el PP al borde del abismo. El hundimiento del gran partido de la derecha española responde a dos factores. “La corrupción no pasa factura”, decía el tópico; pero ya en las dos últimas elecciones de Rajoy se comprobó que el tópico era falso y que la ciudadanía no perdonaba la infección general del PP. La moción de censura de Sánchez a Rajoy fue presen­tada, precisamente, con el pretexto de la corrupción; y ayer la ciudadanía avaló la moción de Sánchez castigando al PP con un suspenso histórico.

El otro factor de la inapelable derrota de Casado es su primitivo enfoque de la cuestión catalana: su radicalismo equivalía a eternizar el conflicto. Es verosímil que un partido extremista como Vox quiera alimentar el conflicto territorial.

Pero es incomprensible que un partido de gobierno, en vez de apagar el fuego, anuncie nuevas dosis de gasolina. El hundimiento del PP abre perspectivas de refundación; y la batuta de Aznar (que también se examinaba en estas elecciones) ha quedado muy chamuscada.

Incluso la eléctrica exaltación de Rivera ha recogido un premio escaso. El PP se ha hundido, pero Cs no ha conseguido el sorpasso. La subasta tremendista de las derechas, ha fracasado. 40 años de democracia no han pasado en vano. La nostalgia auto­ritaria es muy fuerte, aquí como en tantos otros países de Europa; pero no es determinante. La voluntad de resolver problemas complejos con un yunque y un mar­tillo goza en España de predicamento (como atestiguan los votantes de Abascal), pero no es dominante.

El problema más complejo de la vida ­española actual es la pluralidad territorial, y muy especialmente el problema catalán. Pues bien: estas elecciones han esbozado una salida: no es con el martillo del 155 ­como se resolverá esta espinosa cuestión sino con consenso, pactos, acuerdos. Acuerdos más o menos convincentes, más o menos frágiles. Acuerdos que, sin em­bargo, responderán al verdadero ADN de la precaria, imperfecta y vitalista democracia española: el consenso.

En medio del ruido de los partidarios de la gasolina, persiste el afán de reconciliación.

Publicado en: La Vanguardia

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