¿Cómo me atrevo a ser optimista ? Juan-José López Burniol

¿Cómo me atrevo a ser optimista ? Juan-José López Burniol

Invitación al optimismo.
Hará cosa de mes y medio, planifiqué los cuatro artículos para publicar en este periódico los sucesivos cuatro sábados anteriores al 28 de abril, fecha de las elecciones generales. Y desde el primer momento tuve claro el título del último, que aparece justo hoy en la vigilia electoral. Pero reconozco que sólo tenía claro el título –que apela a un voluntarioso optimismo–, pero no su contenido. Porque, antes al contrario, mi ánimo más bien se inclina de entrada al pesimismo ante la contemplación de los problemas políticos que nos acechan y la actitud –mezcla de un tenaz sectarismo y de un enorme personalismo– de buena parte de los políticos que gestionan nuestros intereses colectivos.

En efecto, la gravedad de los problemas normales (deuda pública, paro, pensiones, enseñanza…) es grande, y se acentúa por la eclosión de un problema estructural que lo invade todo: el secesionismo catalán.

Este contencioso, que ha devenido crónico, tiene mal encare. No porque sea irresoluble, que no lo es, habida cuenta de que sería posible un pacto transaccional que, sin atribuir una victoria absoluta a nadie, facilitase una solución racional y fecunda. Reflexión y materiales más que suficientes hay para fundamentar una salida digna al conflicto. Pero no será fácil. En primer lugar, porque el Gobierno del Estado sólo será capaz de articular una propuesta federal viable –unidos pero plurales, solidarios pero autónomos– si está respaldado por una amplia mayoría, lo que ­exige un pacto de Estado hoy por hoy imposible. Y, en segundo término, porque los separatistas catalanes radicales no quieren –ni han querido nunca– un pacto, pues sólo buscan provocar al Estado para que una reacción destemplada de este les permita presentarse como ­víctimas ante la comunidad internacional, y lograr así el apoyo del que carecen; y los no ­radicales andan escasos del coraje político preciso para pactar sin abjurar de su ideal de independencia: temen ser tildados de ­botiflers.

Si así son las cosas, ¿cómo me atrevo a impetrar optimismo? Por dos razones: 1) Porque el Estado español, pese a su evidente erosión y a una grave pérdida de imagen exterior, no ha sucumbido: hay Estado. 2) Porque la inercia de la historia, que es inexorable, ­sigue impulsando a España como realidad histórica y como entidad política.

Veamos cada una de ellas, comenzando por la primera. El Estado –hoy encarnado en el régimen del 78– sigue funcionando razonablemente bien no obstante sus disfunciones. No hay que confundir al Gobierno con el Estado, como les ha sucedido a los separatistas catalanes, que creían al Estado inerte y sin vida. España tiene, como es habitual hoy en Occidente, una grave crisis de clase dirigente –no sólo política–, que en ella es crónica pues ya decía Ortega que “he ahí la raíz verdadera del gran fracaso hispánico”. Pero el Estado sigue funcionando, y sus servidores cubren los vacíos dejados por los políticos sea por impericia sea por pasividad. Así, José María Ruiz Soroa ha escrito que “en España ha tenido lugar un intento de revolución radical (ya dijo Kelsen que la secesión para un Estado es una revolución) y, si no me equivoco, asistimos a una no menos radical reacción del Estado, entendido como poder institucionalizado (…), a la cabeza de (cuya reacción) se ha puesto un poder estatal casi siempre secundario y reactivo, el judicial, que ha tomado la iniciativa de defender al Estado”.

Y, por lo que hace a la inercia de la historia, España no es “ la morta” que vio el poeta. Cierto es que no llegó a articularse de un modo completo –con la revolución liberal– como un Estado uniforme y centralizado (por la subsistencia de los regímenes forales), pero de eso a negar la realidad viva de España como entidad histórica y como cuerpo político media un abismo.

Un abismo al que una amplia mayoría de españoles no están dispuestos a asomarse.

Y no porque estos españoles vivan transidos por un inefable ardor patriótico, sino porque a buen seguro podrían compartir el espíritu que subyace en estas palabras de Manuel Azaña: “Con un cuarterón de sangre vascongada (la raíz en Elgoibar) y un entronque en Arenys de Mar, soy español como el que más lo sea; podría haber sido patagón o samoyedo, pero en fin, soy español, que no me parece, ni en mal ni en bien, cosa del otro jueves”; a lo que añade: “Sería trivial y algo inexacto decir: amo a España. No. Es otra cosa: mayor, menor, pero diferente. Incluso me cargan las frases típicas ‘nuestra querida España’ u otras (…) No soy indulgente con sus defectos (tampoco con los míos); con su lo­cura, su violencia, su desidia, su atraso, su ­envidia. Pero no son razón de volverle la espalda y despegarse, ni de subirse al trípode del hombre superior. Al contrario, su destino me avasalla”.

En suma, los hechos son tozudos: tanto la existencia del Estado como la inercia de la historia. Y de esta tozudez deriva –como se ha dicho con ingenio– “la fuerza normativa de los hechos”, que se halla en la raíz del optimismo que hoy –precisamente hoy, cuando todo parece oscuro– quiero invocar.

Juan-José López Burniol
Publicado en: La Vanguardia

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