China vende al mundo su visión de futuro

China vende al mundo su visión de futuro

Puertos, trenes y… cine.
La ruta ferroviaria más larga del mundo (13.052 kilómetros), entre Madrid y Yiwu, al sudeste de China. La construcción de un puerto seco gigantesco en Korgas, Kazajistán, donde también están desplegando un gasoducto. Un puerto en Pakistán (Gwadar). Otro en Grecia (El Pireo). La línea de alta velocidad que cruzará Laos. Una más que unirá Nairobi con Mombasa. Dos futuras autopistas en Moldavia. Una base militar en Yibuti. Un foro empresarial en Hong Kong. E incluso un festival de cine en Shanghai.

Todos estos y muchos más son proyectos que forman parte de la ambiciosa Nueva Ruta de la Seda, el plan estrella de la política exterior de Pekín para liderar la globalización del futuro.

Para sus defensores, un plan Marshall del siglo XXI con el que fomentar la conectividad, generar sinergias y desarrollar regiones atrasadas. Para sus detractores, un maquiavélico instrumento de dominación con el que Pekín pretende extender su influencia y valores y convertirse en la nueva potencia hegemónica.

La iniciativa fue presentada al mundo en el 2013 por el presidente chino, Xi Jinping, durante una visita a Kazajistán e Indonesia. Bautizada entonces como El Cinturón y La Ruta” (Belt and Road, en inglés), hace referencia al corredor terrestre que une China con Europa a través de Asia Central, incluyendo Rusia, y la ruta marítima que permite llegar hasta África y Europa por el mar.

Pero hay más. Si en un principio la propuesta parecía centrarse sólo en la construcción de infraestructuras para el comercio, con el paso del tiempo se ha enriquecido con propuestas que van desde la cultura hasta las finanzas pasando por la energía, los estándares legales o la seguridad.

Después de cuatro décadas de progreso y rápido crecimiento auspiciado por el aperturismo de Deng Xiaoping, China tiene motivos de sobra para apostar fuerte por este megaproyecto: le permite desarrollar sus regiones occidentales y del interior, mucho más atrasadas que sus zonas costeras; crea rutas alternativas para sus exportaciones y al mismo tiempo abre nuevas vías para importar materias primas; favorece la expansión de los flujos de inversión y desarrollo; abre nuevos mercados para dar salida a sus excesos de producción y equilibrar su balanza exterior; y por si fuera poco, el repliegue de EE.UU. capitaneado por Donald Trump le permite erigirse en adalid de la globalización, expandiendo así su presencia e influencia internacional.

Los países beneficiarios de las inversiones chinas también están de enhorabuena. Según el Banco Asiático de Desarrollo, la región asiática necesitará hasta el 2030 1,5 billones de euros en inversiones para infraestructuras, y China, que cuenta con muchos fondos y pocos reparos respecto a con quien hacer negocios, está más que dispuesta a prestarlos.

Con más de 1.500 proyectos en marcha, el Instituto Mercator de Estudios sobre China calcula que la cifra desembolsada por Pekín en estos cinco años supera los 70.000 millones de dólares. Y sigue creciendo.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. A Pekín, que no pierde ni a las canicas, muchos le acusan de estar llevando a cabo una política de “trampa de la deuda”, por la que aquellos países que le adeudan grandes cantidades podrían ver socavada su soberanía en favor de los intereses chinos. Algunos de sus proyectos tampoco se han librado de los recelos de algunas poblaciones locales, lo que ha generado varios enfrentamientos e incluso ataques terroristas, mientras que otros son tachados de innecesarios o ineficientes, como la línea MadridYiwu, que no genera beneficios en su viaje de vuelta.

Aun así, el proyecto parece tener el suficiente atractivo como para que naciones de la talla de Italia se hayan adherido recientemente a él, no sin ser criticado por otros países europeos más reticentes (caso de Francia o Alemania).

Para finales de este mes, está previsto que Pekín acoja a decenas de líderes internacionales en el segundo foro de la Nueva Ruta de la Seda, una nueva oportunidad para que China siga vendiendo al mundo su visión de futuro.

Ismael Arana
Publicado en: La Vanguardia

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