Aprender a estar desconectados. Carl Honoré

Aprender a estar desconectados. Carl Honoré

Carl Honoré: “Tenemos que aprender a estar desconectados para no vivir envenenados”.
El gurú de la corriente slow life, que está de visita para dictar un taller, padeció los efectos de una ciudad que no cumple con sus teorías; “ahora, mis dos palabras preferidas son ‘modo avión'”.

Gran paradoja sorprendió hace un tiempo a Carl Honoré, el autor que “inventó” el concepto de filosofía slow. Se enteró por Twitter de que su primer libro, Elogio de la lentitud, best seller internacional, tiene una versión compacta que puede leerse en 9 minutos. El periodista y escritor canadiense, radicado en Londres hace más de 20 años, cuenta la anécdota de la edición exprés de su libro de 315 páginas y se ríe. Está en Buenos Aires para dictar un taller de ocho horas sobre la experiencia de vivir desacelerado. Una experiencia que implementó en su vida y que le dio muy buenos resultados.

A quince años de la primera edición en inglés de Elogio de la lentitud, Honoré ya no vive del periodismo: ha publicado otros dos libros, Bajo presión y La lentitud como método, ambos por el sello RBA, acaba de terminar uno nuevo sobre la vejez y la longevidad, y da charlas y talleres por el mundo con ejercicios y consignas para bajar un cambio en este mundo veloz que exige productividad y resultados instantáneos.

Honoré vivió en Buenos Aires en la década de 1990, por lo que conoce muy bien cuestiones que casi no mejoraron desde entonces, como la burocracia estatal y los largos tiempos que lleva hacer trámites en bancos y empresas de servicios. Durante una breve caminata por el barrio de Palermo, donde estará instalado esta semana, cuenta que el primer día en la ciudad puso a prueba su paciencia y sus convicciones al intentar tomar un taxi para ir a una cena. “Casi ningún taxi acepta tarjetas de crédito. Entonces, fui a buscar efectivo en cajeros automáticos. Así descubrí que hay pocos y, como era principio de mes, había largas colas. Esperé. Cuando me tocó a mí no pude sacar dinero: no sé por qué me rebotaron todas las tarjetas. Tuve que correr para llegar a tiempo. Llegué puntual, pero cansado y transpirado”. Por suerte, no pierde el buen humor ni en esos casos.

El concepto clave de la movida slow no es hacer las cosas en modo caracol, sino encontrar el tiempo justo para cada actividad en cada momento.

Tempo giusto, dicen los italianos, y es precisamente Italia (y sus ideas de la dolce vita y el dolce far niente) “lo más próximo a un hogar espiritual del movimiento slow”, como concluye Honoré en su libro.

-¿Quince años después cuánto y cómo cambió su vida al aplicar esta filosofía? ¿Y cuánto impactó en la sociedad?

-El movimiento slow no es una moda. Hay dos corrientes paralelas: la aceleración y la tendencia slow, que ha crecido muchísimo. A nivel personal, tengo claro que en mi vida hubo un antes y un después. Yo era un correcaminos total. Mi vida era una carrera constante contra reloj. Y logré cambiar el chip: hoy tengo una agenda bastante cargada pero ya no tengo la sensación de prisa. Los principios básicos son hacer las cosas bien, con calma, con profundidad. Estar presentes cuando es necesario y saber desconectarse para no vivir envenenados. Para “ralentizar” no es necesario ser el Dalai Lama y meditar cuatro horas. Alcanza una dosis de lentitud.

-¿Qué sucede en el terreno de los consumos culturales? ¿Es slow ver cine y series on demand, cuando uno quiere, o escuchar una historia contada por su autor en un audiolibro?

-Antes yo abusaba del celular. Ahora lo uso, claro. Pero mis dos palabras preferidas son “modo avión”. Es una herramienta, a veces un juguete, pero no soy un esclavo. Tenía una relación de amor y odio; ahora solo es de amor. Con respecto a plataformas como Netflix, creo que ayudan al manejo saludable del tiempo propio. Con respecto a los audiolibros, no sé. Temo que lleven al multitasking: que la gente escuche un libro mientras ayuda a los hijos con la tarea. Grabé hace unos años el audio de Elogio de la lentitud. Escucharlo demanda cuatro horas.

-¿Qué otros casos de consumos culturales slow conoce?

-Por ejemplo, Slow TV. Nació en Noruega. Montaron una cámara de alta definición en un tren que hizo un viaje de doce horas por bosques, praderas, lagos, pueblos. Y transmitieron las doce horas por televisión. Pura lentitud: sin narrador, sin música incidental, sin efectos sonoros. Casi la mitad de la población noruega vio la transmisión. Luego lo repitieron con un barco. Y exportaron el formato. En Inglaterra ya hubo tres temporadas de televisión slow. Hay videojuegos slow.

-La literatura es slow por sí misma: requiere atención, compromiso, tiempo. En casos como En busca del tiempo perdido, de Proust, se necesitan años.

-Hace más de 20 años que muchos pregonan la desaparición del libro impreso. Nunca sucedió. En inglés cada vez salen más libros largos y en varios tomos. Eso se ve también en el cine con el boom de las series de varias temporadas.

Honoré continúa la charla con ejemplos y anécdotas. Cuenta que desde 2010, el 19 de febrero es el Día Mundial de la Lentitud. También que en la actualidad hay más de 200 ciudades slow en el mundo. Y que en Austria existe un grupo autodenominado Sociedad de la Desaceleración del Tiempo. Pero, claro, como las cosas tienen su tiempo justo, la entrevista se va terminando. El autor debe atender el llamado de otro periodista. Y yo debo correr a la Redacción un día feriado para desgrabar la charla, escribir la nota y cerrarla a tiempo. Así son las cosas. El maestro de la lentitud saluda cortés y se despide mientras espero (con paciencia) que la moza traiga la cuenta. Lo veo salir a paso rápido, aunque se toma el tiempo justo para acomodarse las bermudas y el sombrero.

Natalia Blanc
Publicado en: La Nación

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