Lo más grave no es que los políticos estén locos. John Carlin

Lo más grave no es que los políticos estén locos. John Carlin

El peligro es si los políticos están locos.
Decimos “político” y ¿cúal es la primera palabra que se nos viene a la mente? ¿“Chorro”? ¿“Mentiroso”? ¿“Oportunista”? ¿“Inepto”? ¿”Imbécil”? Algo así sería lo normal, o “racista, estafador y embustero”, como dijo esta semana el ex abogado de Donald Trump del que fue su amo durante 12 años.

Pero es una injusticia calificarlos a todos de esta manera. Los hay decentes, inteligentes y bienintencionados , seguro que sí. Más alarmante es la posibilidad de que políticos que parecen ser meramente malvados o inútiles padezcan un problema mucho más serio: que estén locos.

Entre la lista de candidatos que se me ocurren así sin pensarlo mucho estarían, por supuesto, el propio Trump, pero también Nicolás Maduro, Cristina Kirchner, Daniel Ortega y Theresa May. No se requiere ninguna perspicacia especial para señalar a los primeros cuatro.

El quinto nombre no lo hubiera incluido hasta hace una semana. Llevo tiempo escribiendo y diciendo que hay algo digno de respeto en la perseverancia de la primera ministra británica. Votó contra el Brexit en el referéndum de junio 2016, el Brexit ganó y desde entonces se a ha comprometido a “obedecer la voluntad del pueblo” y a extraer a su Reino no tan Unido de la Union Europea el 29 de marzo, como prometió.

Se me prendió la luz el domingo pasado durante el desayuno. Pensaba en los Oscar y lo mediocres que eran las candidatas a mejor película este año. Y después pensé en el director David Lean, que sólo hizo obras maestras, como Lawrence de Arabia, Dr Zhivago y El puente sobre el río Kwai, especialmente El puente sobre el río Kwai, cuyo protagonista, de repente entendí, era Theresa May en versión soldado preso británico durante la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración japonés.

Los que vieron la película recordarán que el coronel Nicholson, interpretado por Alec Guinness, primero se rebela contra la orden del comandante de la prisión de construir un puente de ferrocarril estratégicamente vital para el ejército japonés. Luego el coronel cambia de opinión y decide que construir el puente será bueno para la moral y disciplina de los soldados presos, todos bajo su mando, además de una forma de demostrar a los japoneses la superior creatividad ingenieril de los británicos. El comandante japonés impone una fecha límite para acabar el trabajo y Nicholson enloquece. Se obsesiona con cumplir la tarea a tiempo, ciego a la tremenda realidad de que está ayudando al enemigo y traicionando a su patria.

Theresa May también se rebeló en un principio contra el Brexit. Después se encontró al mando del gobierno y decidió que negociar un acuerdo que permitiera la salida británica de la Unión Europea en la fecha acordada era su deber patrio. Logró negociar un acuerdo. El problema es que no resultó ser del gusto ni de los brexiteros ni, menos todavía, de los que aún sueñan con poder dar marcha atrás y seguir dentro de la UE. Pero fue lo mejor que pudo conseguir May, y quizá lo mejor que cualquiera podría haber hecho dado el imposible dilema de reconciliar el deseo político de la mayoría de salir de Europa con el deseo económico de evitar ser más pobres.

En algún momento May tiene que haber entendido, igual que el coronel Nicholson, que seguir adelante con su proyecto no era una idea recomendable.

Pero el momento pasó y se olvidó. Podría haber sido honesta con sus compatriotas y dado un discurso en el que confesaba que el único acuerdo posible con la UE significaría, en el mejor de los casos, limitar el daño político y económico que el Brexit inevitablemente conlleva. Lo que también podría haber hecho May es dimitir, señalando que su conciencia no le permitía conducir el tren al precipicio.

Pero no. Y por eso pasará a la historia como una persona cuya obstinación encubrió una triste estrechez moral e intelectual. Como el coronel de la película, May se metió en el túnel de su obsesión y perdió no sólo toda perspectiva sino que cualquier noción de lo que es verdad o es mentira.

Se la podría perdonar si no hubiera tanto en juego. Todos hemos caído en obsesiones de este tipo en algún momento. El orgullo o el amor o la codicia o, simplemente, la desesperación nos llevaron alguna vez por el camino de la amargura. Quizá lo mejor que se puede decir de May es que sufre un trastorno pasajero, fruto de las imposibles circunstancias a las que el destino la condenó. Cuando todo esto termine quizá recupere la lucidez y exclame, como el coronel Nicholson al final de El puente sobre el río Kwai, “¿Qué he hecho?” Más complicado es imaginar que Trump, Maduro, Ortega y Kirchner sean capaces de ver la luz y salir de la oscuridad que les envuelve. Se lo creen.

Creen que son gente honesta y cabal. Creen que son listos. Creen que ellos, más que nadie, poseen las virtudes necesarias para sacar a sus pueblos adelante. Creen en la existencia de temibles enemigos que sólo ellos podrán derrotar. La cuestión es si encima piensan que lo que dicen es verdad. Porque si se lo creen, sería la prueba científica e infalible de que están locos de verdad.

Yo sospecho que sí, que como muchos líderes a lo largo de la historia, son gente que vive en una realidad inventada en la que 1 más 1 es tres; en la que ellos se ven como seres elegidos, valientes y brillantes, cuando la realidad demuestra todos los días su abismal mediocridad; en la que cantidad de pruebas policiales demuestran que son unos estafadores, embusteros y ladrones pero ellos ahí siguen convencidos de su nobleza e inocencia; en la que molinos de viento -o familias hondureñas muertas de hambre, o el proverbial imperialismo yanqui- son gigantes que amenazan la seguridad nacional.

Al fin de cuentas lo más grave no es que los políticos estén locos. Lo más grave es que la gente que les cree y los vota está loca también.

John Carlin
Publicado en: Clarín

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