Las democracias y la revolución tecnólogica. Lluís Foix

Las democracias y la revolución tecnólogica. Lluís Foix

Esta Europa ha sido un éxito.
Nunca como ahora había habido tantas personas que ejercieran su derecho a voto en el mundo. Es un triunfo ciertamente de la democracia en el sentido más amplio del término. Pero la democracia consiste en algo más que en votar cada cuatro o cinco años. Se trata de rendir cuentas a los gobernados, que tienen el privilegio de echar a los gobernantes si consideran que su gestión ha sido deficiente o mala.

Pocos conceptos políticos han sido tan manipulados como la democracia. En el siglo pasado, por ejemplo, dictadores fascistas como Mussolini o nazis como Hitler llegaron al poder a través de las urnas. Las democracias populares que proliferaron en la guerra fría eran ­dictaduras sin escrúpulos que vulneraban la dignidad y los derechos humanos. Las hubo de izquierdas y de derechas.

Por suerte, no hay democracias perfectas ni dependientes de un líder o de un solo partido.

Pero las democracias liberales han sido las más duraderas porque han intentado construir sociedades prósperas, humanistas y pacíficas. El riesgo que corren las democracias liberales es no dar respuesta a las tensiones producidas por la gran revolución tecnológica, que ha creado mucha más riqueza pero no ha sabido distribuirla con una cierta equidad.

El debilitamiento de las clases medias recuerda la austeridad extrema que vivieron las democracias liberales en los años treinta del pasado siglo. El presidente Roosevelt ganó las elecciones en 1932 y puso en marcha las ideas keynesianas de políticas económicas del Estado como herramientas más eficaces para salir de la crisis económica.

El new deal de Roosevelt se inspiraba en que no puede haber libertad si no existe una igualdad de oportunidades en la educación y en el nivel adquisitivo. Fueron años inciertos para frenar los abusos de quienes pen­saban que el capitalismo era una escuela ­para hacerse millonario sin miramientos ni escrúpulos.

La alternativa a no atender las cuestiones sociales es la llegada de creencias, como ocurrió con el fascismo y el comunismo, que desplazan la libertad y se refugian en la autoridad de los fuertes, que suelen llegar al poder a través de las urnas.

En su célebre libro La democracia en América, publicado en 1835, Alexis de Tocqueville afirma que “no hay dictadura mayor que una democracia sin libertad”. Este problema de retroceso de libertades surge cuando los gobernantes intentan acrecentar su poder recurriendo a medios que causan daños permanentes a las instituciones democráticas.

El peligro en las democracias liberales, que, aunque imperfectas, son las que más estabilidad y progreso comportan, es cuando se desprecia el peso imprescindible de las instituciones, el derecho pasa a un segundo plano y el líder pretende comunicarse con los ciudadanos sin los filtros de los contrapesos de los medios de comunicación, que supuestamente han de actuar con criterios independientes.

Es entonces cuando se cultivan los miedos desde el poder. Madeleine Albright, primera mujer secretaria de Estado, con Bill Clinton, cita al profesor Robert Paxton cuando dice que se empieza a percibir el eco de temas fascistas clásicos: el miedo a la decadencia y la descomposición; la afirmación de la identidad nacional y cultural; la amenaza que suponen los extranjeros no asimilables para la identidad nacional y el buen orden social, y la necesidad de una mayor autoridad para resolver estos problemas.

No es una casualidad que la primera visita al extranjero del nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, la vaya a efectuar esta semana a Washington para reunirse con Donald Trump. Las dos democracias más pobladas de América tienen presidentes que comparten un nacionalismo político y económico que va contra la misma idea de las democracias liberales. Son dos populistas.

Hace más de dos siglos se ­decía que cuando Francia ­estornudaba, Europa estaba constipada. Hoy se puede afirmar también lo mismo respecto a Estados Unidos con el resto del mundo. El populismo de Trump se ha exportado al Brasil de Bolsonaro. Ha cruzado también el Atlántico y se ha instalado en la Hungría de Viktor Orbán; en el Partido de la Libertad de Austria, que gobierna; en Alternativa para Alemania, que es allí el principal partido de la oposición; en los Demócratas de Suecia; en los Verdaderos Finlandeses; en los brexiters británicos; en el partido Ley y Justicia de Polonia; en el Frente Nacional de Francia; en la Liga italiana de Salvini, y, ahora, en Vox, que ha entrado en España a través de Andalucía.

Para combatir con ideas y con programas a estas fuerzas que están en el poder en Europa o que cuentan con grandes apoyos en las instituciones de los países de la UE, pienso que es muy conveniente proponer políticas abiertas, liberales, integradoras y solidarias. Es la Europa del Estado de bienestar la que los populismos americanos, Rusia y China no quieren que exista.

Es esta Europa que atrae a tantos millones de personas en todo el mundo la que muchos pretenden desvirtuar o cambiar en las próximas elecciones al Parlamento Europeo.

Lluís Foix
Publicado en: La Vanguardia

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