kintsugi, el arte de curar nuestras propias heridas. Entrevista a Céline Santini

kintsugi, el arte de curar nuestras propias heridas. Entrevista a Céline Santini

“Sé tú mismo, todos los demás ya están cogidos”.
Tengo 43 años. Nací y vivo en Tours, la región de los castillos de Francia. Divorciada, tengo dos hijas, de 2 y 9 años. Soy ecologista, pero en Francia no estamos representados. Y soy vegetariana. Creo en la energía de vida, me siento próxima al sintoísmo, que considera que todas las cosas tienen alma

Somos como jarrones rotos?

No hay ser humano sin heridas, pero cuando cicatrizan nos hacen más resistentes, completos y hermosos. Le contaré una leyenda.

El sabio Sen no Rikyu (siglo XVI) fue invitado a casa de un noble. Para agasajarlo su anfitrión le obsequió con un valioso jarrón chino, pero Rikyu ni lo miró. En cuanto el sabio se marchó, el noble estrelló el jarrón contra el suelo. Sus amigos recogieron los pedazos y lo repararon siguiendo el arte del kintsugi.

Pegar el objeto subrayando sus fisuras con oro.

En su siguiente visita, Rikyu se fijó en el jarrón iluminado por sus cicatrices doradas, y exclamó: “¡Ahora es magnífico!”.

¿Reivindica el arte de sublimar las heridas?

El kintsugi convierte al objeto en único. Sea cual sea tu herida: física (una amputación, minusvalía, enfermedad…) o emocional (una ruptura, duelo, depresión…), la energía del kintsugi puede ser un proceso de curación.

¿Cómo?

La herida es iniciática, y transformarla con lentitud y paciencia en oro es un proceso alquímico. Día tras día el objeto se limpia, se venda y se cura hasta que al final es sublimado.

Yo veo en el kintsugi el arte de la resiliencia, la posibilidad de sanarnos a nosotros mismos.

¿Usted lo ha experimentado?

Descubrir el kintsugi fue una revelación. En aquel momento me estaba divorciando de mi segundo marido, con un bebé de cuatro meses.

Su vida se rompió.

Sí, sé lo que es perderse, juntar los pedazos y rehacerse. Hace siete años, mi madre se suicidó y yo encontré su cuerpo, fue algo muy difícil. Lo que viví fue terrible, pero en mi segundo divorcio sabía que iba a sobrevivir porque ya había sobrevivido antes.

El kintsugi es eso, el objeto roto se revela más bello que antes, y yo también soy ahora más fuerte y tengo más confianza en mí misma, lo que me permite hacer cosas que antes no podía. Hoy sé que tengo la capacidad de resurgir.

¿Y cómo lo hizo?

No sabes cuándo te curarás, no sabes cuándo sucederá la alquimia y tus heridas brillarán, pero debes aferrarte a la idea de resurgir. Es importante dar un paso atrás para ver la situación. A veces necesitamos la ayuda de un psicólogo, de amigos, de buenos libros.

A usted, ¿qué le ayudó?

Hice muchas cosas, desde talleres de desarrollo personal, masajes, taichi, arteterapia, meditación, pero sobre todo baile lindy hop, hice un curso de clown y practiqué yoga de la risa… todo lo que combatiera mi tristeza.

¿Es su punto débil?

Cuando era niña era muy alegre, pero a los cuatro años mis padres se divorciaron y mi madre se hundió, así que pensé que no tenía derecho a sonreír.

Entiendo.

Hay que tomárselo con calma, ser paciente, porque si vas demasiado deprisa las heridas se pueden abrir de nuevo. El kintsugi requiere un mínimo de seis meses para reconstruir una pieza, me enseñó la paciencia: deja las armas, relájate y descansa.

¿Reconstruyó un objeto querido?

Sí, busqué todos los pedazos, los limpié y los pegué con la resina del árbol de laca. Luego tuve que esperar, vendando y ventilando la pieza ­para que se secara. Pulir y aplicar dos nuevas capas de laca, la primera es negra y la segunda roja. Y hay que acariciar las fisuras para ver si están totalmente pulidas.

¿Tocar tus heridas?

En nuestra civilización el sentido del tacto se está perdiendo, pero el cuerpo y la mente tienen vínculos, y dejarte tocar, abrazar, regalarte masajes… participa en la curación.

Nos tocamos poco.

Si pones muchas capas de laca nadie te podrá herir, y así evitarás que te ocurra algo, y eso es lo malo: que no te va a ocurrir nada.

Pongamos el oro.

Requiere mucha concentración, destreza y paciencia. Debes convertirte en la línea que dibujas, entrar en la plena conciencia. “La perfección no se alcanza cuando ya no se puede añadir nada –decía Saint-Exupéry–, sino cuando ya no se puede quitar nada”.

Volver a lo esencial.

Yo antes era una mujer que corría, nunca me detenía. Durante diez años fui organizadora de bodas, que es como una fábrica de estrés; pero hoy mi cuerpo ha integrado la necesidad de ralentizar. A veces intento tener el mismo ritmo de antes y mi cuerpo no me deja.

Quizá ha aprendido a honrarse.

Yo caminaba con los hombros hacia delante, ahora camino derecha, todo está más alineado desde que he aceptado todo lo que soy. “Sé tú mismo, todos los demás ya están cogidos”, decía Oscar Wilde. Escucharse es esencial.

¿Ya ha aprendido?

Me ha costado 40 años entender qué significa. Si no me hubiera escuchado, lo del kintsugi me hubiera parecido muy interesante pero lo hubiera aparcado, como tantas cosas buenas…

¿Ya tiene su pieza única?

Sí, la contemplo, la pulo y la hago brillar. Nuestro trayecto de vida está lleno de fuerza y de debilidades y cuando asumes todo lo que eres, tu perfecta imperfección, resplandeces.

Oda a la imperfección
Gerente de proyectos en una agencia de diseño y editora del blog Jour-apres-jour.com dedicado al desarrollo personal, tiene publicados una veintena de libros sobre este tema que son fruto de su necesidad de sanar sus propias heridas. Ahora publica Kintsugi, el arte de la resiliencia (Libros Cúpula), en el que reivindica la belleza de las cicatrices, tanto físicas como psíquicas, que nos va dejando la vida, haciendo un paralelismo con ese antiguo arte japonés, el kintsugi, técnica centenaria que consiste en reparar las piezas de cerámica rotas con oro haciendo hincapié en las grietas en lugar de ocultarlas, lo que convierte al objeto en único. Toda una filosofía que Santini aplica y propone para curar nuestras propias heridas.

Ima Sanchís
Publicado en: La Vanguardia

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