El feminismo es otra forma de entender la vida. Manuel Castells

El feminismo es otra forma de entender la vida. Manuel Castells

Feminismo: alerta roja.
Los millones de mujeres que ayer salieron a las calles del mundo lo tienen muy claro: ni un paso atrás. Porque ha llegado el momento decisivo de su lucha por el derecho a existir. Es precisamente porque han conquistado un cierto reconocimiento social e insti­tucional como seres humanos iguales a cualquier otro que se están generando reacciones violentas de los machos ibéricos. “Ladran, luego cabalgamos”, decía el clásico. Pero cada vez con mayor riesgo, porque aquellos hombres incapaces de aceptar la nueva cultura igualitaria han tocado a rebato, en lo personal y en lo político.

La violencia doméstica aumenta porque a la que ­sale respondona se la somete a golpes, como siempre se hizo. Para eso sirve la fuerza física superior, aunque esto va siendo distinto conforme las mujeres aprenden técnicas de defensa personal. Los hombres estamos cambiando, pero hay un pasado milenario de dominación que llevamos inscrito en nuestras redes neuronales.

Y como las mujeres sí que han cambiado y han asumido la plena conciencia de sus derechos, el conflicto es inevitable en muchos casos, hasta que los hombres redefinamos nuestra masculinidad en términos de igualdad y complementariedad, sin los cuales el amor y la familia se harán imposibles.

La contraofensiva machista se expresa intensamente en el espacio político, en España y en el mundo. El análisis del voto a Vox en Andalucía muestra que, aunque lo determinante fue el ultranacionalismo español, una componente significativa fue la opo­sición frontal al feminismo y la defensa sin ambages de la dominación masculina. Ya se han empezado a sentir los efectos de este machismo institu­cionali­zado en el intento de desmantelar las leyes de protección contra la violencia doméstica. Con argumentos que ni siquiera se esfuerzan en fun­damentar.

Ahí siguen las lecciones de su guía espiritual, Steve Bannon, que fue el que enseñó a Trump a decir cualquier barbaridad sin entrar en la discusión, porque sus seguidores lo creerán en función de lo que les convenga, sin pararse a pensar. Y eso conviene, sobre todo, a hombres de edad madura, probablemente incapaces de poner en cuestión su comportamiento con las mujeres a lo largo de su vida y que encuentran en las oriflamas de Vox el discurso justificativo de su rechazo a dejar de ser patriarcas mientras puedan. Cuanto más contamine Vox a sus aliados de la derecha, PP y Ciudadanos, más grave será la amenaza contra las mujeres de una restauración del milenario orden masculino. Eso lo saben las mujeres que están tomando nota de las traidoras para desenmascararlas en público.

La reacción masculina se acentúa en todos los ámbitos, algunos de ellos dolorosos para quienes creíamos en algunos de los pocos líderes morales que quedan en el mundo. Por ejemplo, el papa Francisco. ¿Cómo puede ser que alguien con quien yo me había identificado en su esfuerzo por regenerar una institución tan importante como la Iglesia católica, afrontando la práctica generalizada de la pederastia en su seno y tratando de actualizar el discurso católico a un mundo de tolerancia, de repente se alinee con la condena sin más del feminismo? ¿Por qué tenía que decir eso de que “el feminismo es machismo con faldas”? Aparte de que demuestra una ignorancia supina de Su Santidad, porque la mayoría de las mujeres va a trabajar en pantalones, es un insulto directo a los millones de mujeres que en el mundo intentan, con luchas y sacri­ficios, construir una sociedad igualitaria en la que nuestras hijas no tengan que pasar por lo que pasaron sus madres y sus abuelas.

En realidad, la explicación es muy sencilla: por muy Papa que sea, Francisco es hombre. Y en este tema, central en nuestra sociedad y en nuestra cultura, reacciona con los reflejos atávicos de la masculinidad tradicional. No sería lo mismo si tuviéramos Papisa. Mientras la Iglesia católica margine a las mujeres a papeles secundarios y las aleje de todos los centros de poder eclesiástico, seguirá siendo una institución patriarcal.

Y como en el mundo entero las instituciones, a partir de las luchas y los discursos feministas, se están apartando gradualmente, pero ciertamente, del patriarcado, el catolicismo se irá diluyendo en las nuevas generaciones, como lo prueba el hecho de que en un mundo cada vez más religioso el catolicismo es la única religión que decae en fieles y en sacerdocio. Jerarcas católicos: si de verdad quieren recuperar el mensaje de Cristo, respeten a las mujeres y dejen de abusar de los niños.

Las movilizaciones feministas (y antifeministas) del 8 de marzo tienen consecuencias políticas importantes en nuestro país. En las próximas elecciones se juegan muchas más cosas que quién gobierna.

Se juega el que pueda continuar una política que, con todas sus limitaciones, pone los derechos de la mujer en primer plano o que se produzca una regresión en la defensa de esos derechos, dejando a las múltiples manadas que pongan orden en el cotarro mediante sus métodos habituales de violencia, abuso y, si se tercia, violación.

Pero no hay que quedarse, aun sin olvidarla, en la clave política del feminismo. Se trata de algo más profundo, que va al fondo de las formas de vida, de familia, de sexualidad, de educación de los niños.

Porque el feminismo no es sólo igualdad de derechos, sino otra forma de entender la vida. Está en la raíz de la paz y contra la guerra.

De la conciliación con la naturaleza que permitirá a nuestras hijas seguir disfrutando del planeta azul. Del goce del cariño de los animales a los que los bárbaros, a veces reales, quieren cazar.

El feminismo es amor profundo y multidimensional. Por eso los machos tienen miedo.

Porque el amor conquista a la violencia, aunque nos vayamos dejando jirones de vida en el empeño.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

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