Pensadores influyentes para entender y mover la sociedad

Pensadores influyentes para entender y mover la sociedad

Doce pensadores que mueven el mundo.
¿Quién reflexiona sobre la creciente desigualdad o explica el descalabro de la izquierda? ¿Quién acuña ideologías como la alt-right o da un contexto a los movimientos antiglobalización? ¿Quién alertó del poder de control de internet o se adelantó en predecir la banalidad de las redes?

En el siglo XXI, los pensadores siguen siendo esenciales para entender y mover la sociedad. Estos son algunos de los más influyentes.

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos en el 2016 dejó estupefactos a muchos. Uno de los primeros en reaccionar fue Mark Lilla (Detroit, 1956), catedrático de Humanidades en la Universidad de Columbia y colaborador de algunos de los medios de comunicación más prestigiosos de su país. Pocos meses después de aquel noviembre, Lilla publicó El regreso liberal (Debate), un ensayo donde explica la para muchos inexplicable victoria de Trump.

Lo hace dando un rapapolvo a la izquierda de su país que, argumenta, ha perdido a sus votantes tradicionales porque se ha concentrado en grupos y entidades determinados (“mujeres, hispanos, estadounidenses étnicos, el colectivo LGBT, nativos americanos, afroamericanos…”, enumera), dando un mensaje distinto a cada uno y despiezando así el electorado.

Todo ello quizás con la mejor de las intenciones –“las minorías son las que tienen más posibilidades de ver violados sus derechos”, reconoce–, pero con las peores consecuencias. Porque lo que consigue este “liberalismo de la identidad” es dejar a los que pretende proteger en una situación más vulnerable. Y, en una democracia, escribe, “la única forma de defender los derechos de las minorías de manera significativa —y no limitarnos a hacer gestos vacíos de reconocimiento y celebración– es ganar elecciones”.

Para Lilla, la izquierda sólo podrá volver a gobernar si reconstruye un mensaje que apele a la sociedad en su conjunto y seduzca a sus votantes tradicionales, la clase trabajadora. Esta izquierda que se concentra en los “oprimidos cool” y menosprecia valores tradicionales, como la familia y el patriotismo, provoca recelos. Al no sentirse interpelado, el votante busca opciones que ofrecen propuestas supuestamente “universales” o decide abstenerse.

A construir estas opciones ha contribuido otro intelectual estadounidense, Paul Gottfried (Nueva York, 1941), padre del concepto alt-right, la ideología que está detrás de la victoria de Donald Trump. Gottfried es profesor emérito de Humanidades en el Elizabethtown College, en Pensilvania, y se describe como un filósofo “paleoconservador”. Fue mentor del supremacista blanco Richard Spencer, estrecho colaborador de Steve Bannon, quien llevó a Trump a la presidencia.

El concepto alt-right surgió a partir de un discurso de Gottfried en el 2008. A esta derecha “alternativa” el conservadurismo tradicional le parece blando. Su estrategia es atacar a la sociedad liberal desde varios frentes: así, los alt-right embisten tanto contra el feminismo como contra la corrección política y la inmigración. El bullying en internet (siempre anónimo), la difusión de noticias falsas y un “nihilismo beligerante” –como lo describió The New Yorker– también la caracterizan. Pero si hay un elemento base, es la supremacía de la raza blanca. Sin sonrojo, la alt-right considera que hay diferencias irreducibles entre las personas en función de su raza, género y religión. Que la igualdad es antinatural y solo puede ser impuesta por la fuerza. Aunque Gottfried ya ha calificado de “monstruo” a Trump, este blanqueado made in USA de la extrema derecha avanza en Europa: véanse el UKIP en el Reino Unido, VOX en España, Salvini en Italia y Marion Márechal-Le Pen, en Francia, que cuenta con Gottfried como uno de sus asesores.

En el polo opuesto se sitúa el pensamiento de Thomas Piketty (Clichy, Francia, 1971), especialista en el estudio de la desigualdad económica. Calificado por The Economist como un “Marx moderno”, dos de sus obras clave son La economía de las desigualdades (Anagrama) y El capital en el siglo XXI (FCE): sendos ataques al capitalismo y a la desigualdad, que considera la principal causa de los conflictos políticos actuales.

Avalado por una contundente base de datos, Piketty alerta de la creciente brecha entre pobres y ricos y denuncia las leyes fiscales que benefician cada vez más a los segundos.

Jefe de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, defiende una redistribución justa y eficaz de la riqueza para poner freno a la desigualdad que, tarde o temprano, advierte, será “intolerable” a nivel global.

El capitalismo y la globalización son las batallas de Naomi Klein (Montreal, 1970). Esta periodista y activista fue pionera en manifestarse en contra de las grandes corporaciones privadas. Lo hizo a través de No Logo: El poder de las marcas (editada, como toda su obra en castellano, por Paidós). El éxito del libro la convirtió en una de las voces femeninas más influyentes de este siglo, siempre a caballo de la actualidad. Así, a No Logo le siguieron La doctrina del shock, donde describió la utilización del shock colectivo –un atentado terrorista, una catástrofe natural…–, “para implementar medidas radicales favorables a las grandes empresas”.

En Esto lo cambia todo, se centró en el cambio climático, la peor consecuencia de la globalización: “La culpa no la tiene el dióxido de carbono, la culpa es del capitalismo”, escribe. Como Mark Lilla, la autora reaccionó al shock que le produjo la victoria de Trump con su último ensayo: Decir No no basta, descrito por el Financial Times como “un manifiesto práctico para ejercer la oposición”.

Y es que Klein es una intelectual proactiva que denuncia, pero también propone soluciones. Aquí urge organizarse, tanto a nivel individual como ciudadano para “matar al Trump que llevamos dentro”, dice.

Una de las formas más efectivas de hacerlo sería apostar por el decrecimiento, corriente de pensamiento que aboga por la regulación controlada de la producción económica, pionera en introducir la idea de la sostenibilidad. Uno de sus principales ideólogos es el economista Serge Latouche (Vannes, Francia 1940), para quien la extrema riqueza constituye “la principal plaga de la sociedad moderna”. Profesor emérito de la Universidad Paris-Sud, Latouche es autor de, entre otros libros, La apuesta por el decrecimiento y La sociedad de la abundancia frugal (ambos de Icaria).

En ellos, alerta de la insostenibilidad de una sociedad basada en la acumulación ilimitada y la depredación sistemática de los recursos naturales. De un sistema, describe, “condenado al crecimiento, que cuando disminuye o se para, provoca crisis, incluso pánico. Esta necesidad hace del crecimiento un círculo vicioso”.

Latouche propone desintoxicarse de la cultura del usar y tirar, del gasto energético desmedido y del crédito incontrolado. No se trata de volver a la edad de piedra, pero sí de apostar por una vida más sencilla. A un nivel como el de la Francia de los sesenta, ilustra: más austero pero con una calidad de vida alta, que no sobrepase la huella ecológica de cada país.

Badinter denuncia el retroceso de las libertades femeninas que implica la maternidad naturalista y Butler señala que el género, el sexo o la sexualidad se construyen socialmente

Quien sí parece querer volver a tiempos más primitivos es el movimiento de la crianza natural, cada vez más extendido en Occidente. Así lo cree Elisabeth Badinter (París, 1944), de quien se ha dicho que es la intelectual más influyente de Francia.

Esta filósofa y feminista levanta pasiones encontradas al cuestionar la crianza natural; parte del resurgir de la llamada doctrina naturalista, que preconiza la vuelta al dictado de las leyes de la naturaleza.

“Hoy se observa el comportamiento de una madre chimpancé y se proclama que ese es el modelo a seguir”, asegura la filósofa, que califica la fiebre naturalista de “involución maternal”. Ello la motivó a escribir La mujer y la madre (La esfera de los libros), donde denuncia el retroceso en las libertades femeninas que implica esta maternidad naturalista.

Discípula de Simone de Beauvoir, Badinter se describe como feminista universal y es también muy crítica con el feminismo “diferencialista” imperante. En obras como Por mal camino (Alianza), explica cómo este feminismo radical ha dejado de defender la igualdad de sexos para instaurar la separación; posición que conduce a un enfrentamiento. Se subleva contra las representaciones generalizadoras: “Todas víctimas”, que remite a “todos verdugos”. Una mala vía, advierte, “que sólo lleva al caos, al descrédito del feminismo y a perder la batalla por la igualdad entre los sexos”, para ella, la verdaderamente importante.

Otra pensadora influyente hoy es la estadounidense Judith Butler (Cleveland, 1956). Profesora de Retórica y Literatura Comparada en la Universidad de California (Berkeley), su obra más significativa es El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad (Paidós, 2007). En ella, Butler argumenta que, lejos de ser innato, el género es algo construido a base de una constante repetición de acciones, discursos y actos que crean la ilusión de que existe una naturaleza subyacente. La creciente tendencia a criar hijos “sin género” es uno de los resultados de esta teoría. Pero Butler va más allá, al asegurar que también el sexo y la sexualidad se forjan de forma artificial. Y son estas convenciones, afirma, las que sirven para perpetuar el patriarcado y justificar la opresión a los homosexuales y a las personas transgénero.

El género en disputa fue uno de los textos fundaciones de la “teoría queer” y ha hecho que Butler esté considerada una de las intelectuales más influyentes del mundo.

Internet, donde parecía que el activismo había encontrado infinitas posibilidades, es el ámbito de Evgeny Morozov (Soligorsk, Bielorrusia, 1984), pionero en la investigación de las implicaciones sociales y políticas de las nuevas tecnologías. Profesor visitante en la Universidad de Stanford, fue de los primeros en cuestionar el ciberutopismo dominante de principios de siglo y el supuesto papel de internet en la democratización del mundo. En el 2011 escribió El desengaño de Internet. Los mitos de la libertad en la red (Destino), donde denunció la web como una herramienta de vigilancia masiva y represión.

En su último libro To Save Everything, Click Here (2013), cuestiona otra derivada de las nuevas tecnologías: el “solucionismo” o la idea que los adelantos tecnológicos van a resolver buena parte de los problemas del futuro.

Morozov aboga por que la tecnología y su uso entren en el debate público, igual que la política, la economía o la historia. La banalización que existe en la red es otra de sus áreas. Lo es asimismo del coreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959), doctor en filosofía por la Universidad de Friburgo y autor de La sociedad del cansancio (Herder), un ensayo que lo convirtió en una figura del pensamiento actual. En esta obra, Byung-Chul Han pronosticaba que las nuevas enfermedades humanas no serían infecciosas, sino neuronales.

Patologías como “la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional definen el panorama patológico de comienzos de este siglo”, escribe.

La hiperactividad es otro de los males que aquejan a la sociedad. Una sociedad que, dice, “ya no es disciplinaria”, sino “de rendimiento”. Cuyos integrantes son “emprendedores de sí mismos”, aquejados de una hiperactividad que les impide una atención profunda y contemplativa, necesaria para los logros de la humanidad. Esta sociedad hiperactiva provoca, cree, un cansancio solitario, que aísla y divide.

En La sociedad de la transparencia (Herder) Byung-Chul Han anticipaba que Google y las redes sociales se han convertido en un gran panóptico donde los usuarios se exhiben sin descanso, acuciados por sus egos. El concepto de “Gran Hermano digital” está presente en Psicopolítica (Herder), recopilación de textos en la que destaca el dedicado al “capitalismo de la emoción”.

El filósofo analiza la fiebre alrededor de las emociones, tema efervescente en nuestra sociedad desde que el psicólogo Daniel Goleman (Stockton, EE.UU., 1946) publicara Inteligencia emocional (Kairós), en 1995. Colaborador entonces del The New York Times, Goleman descubrió “por casualidad” en una publicación científica el concepto de “inteligencia emocional”, utilizado para medir la inteligencia de las personas más allá del cociente intelectual.

Esta idea, entonces revolucionaria, se ha expandido como un tsunami. “El concepto ha llegado prácticamente a todos los rincones del planeta hasta el punto de que el cociente emocional (CE) ha acabado convirtiéndose, me dicen, en una expresión conocida en idiomas tan diversos como el chino, el alemán, el portugués, el coreano y el malayo”, escribe Goleman, un tanto sorprendido, en el prólogo del décimo aniversario de su best seller.

La inteligencia emocional teorizada por Goleman se ha expandido como un tsunami, pero Byung-Chul Han asegura que las emociones se han convertido también en un productor de la economía ultraliberal

Mientras, la inteligencia emocional y la gestión de las emociones siguen avanzando, imparables. No solo en los ámbitos de psicología sino, también, en la educación y el mundo de la empresa. Como vaticinó la Harvard Business Review en el 2005, la inteligencia emocional se ha convertido en “una de las ideas más influyentes” en el mundo empresarial. Y, como añade Goleman: “Son muchas las empresas que utilizan la lente proporcionada por la inteligencia emocional para contratar, promocionar y formar a sus empleados”. Pero este boom de las emociones tiene un lado oscuro. Byung-Chul Han considera que se han convertido en una herramienta idónea para la economía neoliberal: “Hoy no consumimos cosas, sino emociones”, un producto con infinitas posibilidades de consumo.

La aparente infinitud del cerebro humano es el área del neurocientífico David Eagleman (Albuquerque, EE.UU., 1971), quien se ha propuesto nada más y nada menos que descifrar la conciencia humana, que describe como “el objeto más complejo de nuestro planeta”. Profesor en el departamento de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de Stanford, Eagleman está considerado una “estrella de rock” de la divulgación científica. En su ensayo Incógnito. Las vidas secretas del cerebro (Anagrama), argumentaba que la conciencia no es el centro de la mente, sino una función limitada y ambivalente. En El cerebro (Anagrama) continúa con su análisis de la mano de la neurociencia, una disciplina que ya marca el rumbo del pensamiento moderno. Porque, como asegura, comprender mejor el cerebro nos ayuda a entendernos mejor no solo individualmente sino, también, como especie.

La especie humana y la sociedad moderna son las áreas de análisis de otro pensador destacado de este siglo. Apodado “el filósofo viral” Slavoj Žižek (Liubliana, Eslovenia, 1949), triunfa entre los jóvenes con su lenguaje desinhibido. Polifacético e incansable, a veces tronchante, es director internacional del Instituto Birkbeck para las Humanidades de la Universidad de Londres. Es capaz tanto de diseccionar las derivadas sociales de las operaciones de alargamiento de pene como de predecir el caudillismo de Hugo Chávez. En su última obra, El coraje de la desesperanza. Crónicas del año en que actuamos peligrosamente (Anagrama), Žižek analiza –entre otros aspectos–, la presidencia de Trump, la cuestión migratoria, el terrorismo fundamentalista, la crisis griega, el Brexit, la fama de Kim Kardashian y que Angelina Jolie “se presente como una auténtica figura ético-política”. En este nuevo libro, Žižek parte de una frase del filósofo italiano Giorgio Agamben: “El pensamiento es el coraje de la desesperanza”.

Lo cierto es que para combatir la desazón de estos tiempos, leer para entender y en consecuencia, poder pensar, resulta un muy recomendable antídoto.

Eva Millet
Publicado en: Magazine La Vanguardia

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