Mi móvil es un aparato mágico que me facilita la vida y me ensancha la mente. John Carlin

Mi móvil es un aparato mágico que me facilita la vida y me ensancha la mente. John Carlin

Gracias a la vida.
Decía el novelista E. M. Forster que el secreto de la vida era… sólo conectar.
Para gente como la mayoría de los lectores de este diario que ha resuelto los problemas elementales del ser humano, que come razonablemente bien y se abriga en invierno y posee un smartphone, es importante inventarse otro tipo de problemas para darle chispa a la vida. Como por ejemplo que hay que luchar por el Brexit para recuperar el control, o que hay que construir muros para que no vengan los malos, o que hay que hacer frente al smartphone porque produce adicción, cretinismo, depresión o patologías varias.

Últimamente veo más y más artículos ofreciendo soluciones, tipo variaciones de las recetas que proponen Alcohólicos Anónimos, a lo que ya se acepta como una verdad indiscutible: los riesgos que estos aparatitos conllevan para el bienestar físico y mental.

Uno publicado por un solemne profesor universitario el fin de semana pasado en the New York Times sostuvo que el propio Steve Jobs, difunto fundador de Apple, se hubiera horrorizado al ver cómo el iPhone y sus variantes se han convertido en nuestro “compañeros constantes”.

Bueno, no dudo que, llevado al exceso, el celular tiene sus peligros. Pero yo no solo me niego a participar en la histeria colectiva sino que me propongo salir en defensa de este gran invento del siglo XXI.

Confieso que mi celular no solo es mi compañero más constante, sino que se ha convertido casi en una extensión de mi cuerpo. Y no tengo ningún problema con esto. Ni culpa, ni ansiedad, ni nada. Más bien doy gracias por cómo ha enriquecido mi vida. Incluso, por lo que ha hecho para mí en cuanto a mis necesidades más básicas, como me ayudó a entender un amigo londinense hace un par de años cuando llegué tarde a un encuentro con él en un bar.

“No te preocupes,” me dijo, metiendo su celular en el bolsillo. “Estaba bien acompañado. Con estas maquinitas ya nunca más te tienes que sentir solo.” Es verdad. Adiós a la soledad, adiós al desamparo, adiós al aburrimiento Decía el novelista E.M. Forster, autor de ‘Una habitación con vistas’ y ‘Pasaje a la India”, que el secreto de la vida era “only connect”, solo conectar. Desde que tengo mi móvil, problema resuelto. Estoy conectado a mis amigos en todo el mundo y, si lo necesito, a miles de desconocidos que lo quisieran ser a cualquier hora del día en cualquier lugar. Aún no he recurrido al móvil para obtener sexo o amor, o las dos cosas a la vez, pero es tranquilizador saber que la opción existe en caso de gran urgencia o desesperación. He renunciado a Twitter y Facebook, pero si vuelvo a sentir la necesidad de intercambiar acaloradas idioteces sobre la condición humana o de demostrar al mundo lo bien que vivo y lo brillante que soy, ahí siguen, a mi disposición.

Me acuerdo que cuando era pequeño mi padre se preocupaba de que yo veía demasiada televisión. Me advertía de que mi cabeza se iba a osificar. Seguramente su padre le dijo a él que escuchaba demasiado la radio. Lo que no hago yo nunca es decirle a mi hijo adolescente que deje el maldito móvil en paz. Más bien, él me lo dice a mí de vez en cuando. Si se lo dijera yo sería el colmo de la hipocresía.

Se dice que el móvil da la impresión de acercar a la gente pero en realidad lo que hace es aumentar distancias y colocar barreras. Reconozco que si uno sale a cenar en pareja y los dos se pasan la mayor parte del tiempo escrutando sus móviles, quizá repasando las opciones que ofrece Tinder, puede que haya un problema. Pero no tanto, o no necesariamente, cuando uno se sube al subte y ve que el 90 por ciento de la gente está inmersa en los secretos de su pantalla particular. Yo soy uno de ellos. Me paso buena parte de la vida en trenes debajo de la tierra. Antes lo que hacía allá era leer el diario o un libro.

Ahora puedo hacer las dos cosas con mayor comodidad en mi móvil, más jugar al ajedrez, o escuchar música, o apuntar ideas que se me vienen inesperadamente a la cabeza para un artículo o un libro o la gran película o novela con la que un día asombraré al mundo, o babear mirando fotos de mi hijo cuando era bebé o, fuente de incluso más copioso babeo, volver a ver una de las miles de antologías disponibles en la web de los mejores pases o goles o casi goles de Leo Messi.

Lejos de ser un estorbo o una limitación, mi móvil es un aparato mágico que me facilita la vida y me ensancha la mente.

Lo aprecio más que los millenials, seguramente, porque sé cómo era el mundo antes de que existiera. Hacer mi trabajo como periodista en aquellos no tan lejano tiempos era infinitamente más complicado, y no para bien. Aterrizaba, por ejemplo, en la ciudad de Guatemala para cubrir un de golpe de estado militar y mi prioridad no era hablar con las debidas fuentes, ver cómo se colocaban los tanques en la Plaza de Armas y hacer todo lo que hiciera falta para conseguir la noticia; mi prioridad, mi principal preocupación, era cómo carajo iba a enviar la noticia, cómo iba a hacer para que el texto por el que sudaría sangre y lágrimas llegara–dictado por teléfono, cuando había línea–a mi diario en Londres.

Y ni hablar, claro, de Wikipedia, que Dios la bendiga, y otras fuentes de datos que me aportan en instantes información básica para mi trabajo que antes podría tardar horas en conseguir. El poder viajar sabiendo siempre dónde estoy y cómo mejor llegar a mi destino, en coche o en bus o en avión o a pie, y poder hacerlo cargando siempre conmigo en un aparato que no pesa nada y cabe en una mano toda una biblioteca de libros o de películas o de música…bueno todo esto y mucho más es, para mí, nada menos que una maravilla y un regalo.

Así que, OK, bien, dale, inventémonos problemas porque así somos, y dónde los hay de verdad pongamos manos a la obra, pero no dejemos de celebrar también la fortuna de vivir en la época que nos ha tocado.

Y si están leyendo esto en un celular, salud.

John Carlin
Publicado en: Clarín

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