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Ilusionemos con las soluciones. Entrevista a Jacques Lecomte

Ilusionemos con las soluciones. Entrevista a Jacques Lecomte

Jacques Lecomte, presidente de honor de la Asociación Francesa de Psicología Positiva.
Tengo 64 años. Nací en Lyon y vivo en París. Casado por segunda vez. Tres hijos. Doctor en Psicología. Creo posible construir una sociedad basada en la fraternidad, la cooperación, la empatía, la confianza y la buena voluntad. Hace falta una nueva visión que tenga como meta la fraternidad. Soy cristiano.

Razones para avanzar
Sus ensayos analizan la realidad desde las soluciones en lugar de los problemas. En ¡El mundo va mucho mejor de lo que piensas! (Plataforma Editorial), tras sumergirse en centenares de cifras y estadísticas, nos muestra los grandes progresos de la humanidad. No hay nada forzado, ni da la espalda a todo lo que nos queda por solucionar, pero da razones para el optimismo y, analizando los caminos que nos han llevado al éxito en muchos temas, nos despeja el horizonte, permitiendo que nos ilusionemos con las soluciones, con las alianzas, en lugar de paralizarnos con los problemas.

Nos anima en lugar de desanimarnos, nos invita al compromiso sin perder de vista la realidad. Un balón de oxígeno necesario.

Es usted un optimista?

Sí, fruto de mi historia personal de resiliencia.

¿Qué pasó?

Mi padre destruyó a toda la familia. Soy el único que logró sobrevivir física y psicológicamente.

¿Fue un niño maltratado?

Sí, y me convertí en un joven violento. A los 14 años, en una pelea en el patio del colegio, dejé en coma a un compañero. El director sentenció que era educativamente irrecuperable y socialmente peligroso.

Le expulsaron.

Sí. Mi madre murió al cabo de un año de enfermedad y desesperación… Mi padre le daba patadas en el vientre estando embarazada, como consecuencia mi hermana mayor nació con discapacidad cerebral.

Tras dos abortos, nació mi otra hermana, que tiene graves trastornos mentales. A ambas las violó, a mí me intentó matar en una ocasión.

Frente al ataúd de mi madre juré no volver a sentir. Estaba lleno de rabia. A los 18 años, ­haciendo autoestop, me cogió un chico que iba a visitar una comuna agrícola cristiana; él se quedó dos días, y yo, cinco años.

¿Por qué?

Encontré a personas que me miraban con afecto a pesar de mi violencia, y luego los padres de un amigo me acogieron ocupando el lugar de los míos hasta hoy. La fuerza del amor y la bondad es poderosa.

¿Y eso le convirtió en un optimista?

En un optirrealista, porque no se trata de un optimismo naif –soy perfectamente consciente de la capacidad del ser humano para hacer el mal–, sino de un optimismo realista.

¿El mundo va mejor de lo que pensamos?

Sí, pero no significa que vaya bien. Lo que propongo es que nos fijemos en todo lo que ha mejorado en los últimos 25 años, las causas y los procesos que lo han permitido, y lo apliquemos a lo que nos queda por solucionar.

¿De qué se trata?

De la lucha conjunta de los organismos internacionales, los estados, el mercado y la sociedad civil (oenegés y asociaciones). Ese compromiso común nos ha permitido, por ejemplo, que la mortalidad maternoinfantil haya disminuido a la mitad desde 1990, que hayamos erradicado la viruela del mundo…

Entiendo.

…que el número de niños no escolarizados se haya dividido por dos en veinte años; y que hoy la gente pueda bañarse en el Rin, que era el río más contaminado de Europa hace 30 años…

Sin duda, motivos para la esperanza.

He elaborado una lista de cincuenta razones para la esperanza, y las fuentes de los datos que ofrezco están fuera de toda duda: OMS, ONU, FAO, Banco Mundial… Los números nos dicen que en las últimas décadas la pobreza, el hambre, el analfabetismo y las enfermedades han retrocedido como nunca antes lo habían hecho.

Resulta que la ONU no es tan inútil.

Está en el centro de las mejoras del mundo de los últimos 30 años, desde la disminución del sida hasta la recuperación de la capa de ozono gracias a la puesta en marcha del protocolo de Montreal (1987), ejemplo de lo que podría ser el éxito de la lucha contra el cambio climático.

Les debemos mucho a las oenegés, una fuerza muy reciente.

Sí, tanto para el cumplimiento de los derechos humanos como para la protección del medio ambiente, el papel de las oenegés internacionales y el apoyo de la sociedad civil son esenciales.

La violencia también está en declive.

Las guerras entre estados, responsables de millones de muertes, prácticamente han desaparecido, y estadísticamente las guerras civiles son mucho menos mortíferas. La caída de la criminalidad es espectacular en la mayoría de los países; los que han abolido la pena de muerte se han multiplicado por trece desde 1950, y varios grupos terroristas han abandonado la lucha en estos últimos años: IRA, ETA, FARC.

Avanzamos.

Hemos conseguido sustituir el término revolución por otro más realista: transición (democrática, energética, demográfica…), como decía La Fontaine: paciencia y tiempo hacen más que fuerza y rabia.

Pero la percepción es que vamos a peor.

Los medios de comunicación están convencidos de que el conflicto y las malas noticias venden más que las buenas. Y los científicos, que la mejor manera de hacer llegar su mensaje a políticos y a la opinión pública es dramatizando.

Y no es la mejor manera.

Nos muestran el mundo más peligroso y violento de lo que es. Hay estudios que evidencian que el exceso de información sobre los problemas que obvian las posibles soluciones nos paraliza. Las visiones catastrofistas llevan a un sentimiento de impotencia, y este, al inmovilismo.

El cambio climático es hoy el gran reto.

Cierto, y la solución no es alarmar ni exigir sacrificios. El modelo de vida de los países occidentales no es viable a escala planetaria. Hay que dejar de creer que la felicidad depende del acceso a objetos materiales, porque esa idea es falsa; ya sabemos qué nos hace felices, hay cientos de estudios.

Cierto.

Tenemos las soluciones a los problemas actuales de la humanidad, debemos persistir en las alianzas para solucionarlos.

Ima Sanchís
Publicado en: La Vanguardia

Leer más:
Permitirnos ser felices

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