Nuestro cerebro hace del bienestar el arte de la sencillez. Entrevista a Facundo Manes

Nuestro cerebro hace del bienestar el arte de la sencillez. Entrevista a Facundo Manes

Facundo Manes, neurólogo, neurocientífico, autor de ‘El cerebro del futuro’.
A mi edad pierdes intensidad, pero ganas amplitud. Nací en la Pampa: aún creemos que la riqueza son los recursos y no la fiabilidad de las relaciones, y así nos va. Tengo dos hijos a los que enseño a pensar sin pantallas. Un choque identitario no se supera con la razón sino con empatía y un proyecto común

“Tras la dictadura, yo creí en la democracia –recuerda Manes– y en el presidente Raúl Alfonsín durante años. Casi llegué a las manos por defenderlo. Pero cada vez había más evidencias de su pésima gestión. Hasta que un día hice de psiquiatra conmigo mismo y descubrí que no era Alfonsín al que yo defendía, sino a mí mismo: a mi identidad. La evidencia no cambia lo que pensamos, y por eso la mentira formará parte de la política en la medida en que la política sea un choque de identidades donde nadie razona.

Por eso, los problemas identitarios que tienen en Europa y en Catalunya no van a resolverse con la razón, sino con más emociones, pero positivas: empatía y un proyecto común superador”.

¿Cómo prepara a sus hijos para la vida?

Les enseño a cultivar lo que nos hace humanos, porque el resto lo harán máquinas.

¿Qué nos hace humanos?

La empatía: saber sentir con los demás.

¿Qué les permitirá aportar a los demás?

Flexibilidad cognitiva, creatividad, planificación de equipo…

¿Qué es lo que no enseñaría a sus hijos?

Les digo que dejen de mirar pantallas. Dentro de 15 años, nos preguntaremos cómo podíamos pasar tanto tiempo ante pantallas.

¿Por qué son tan malas?

La contaminación digital es el cambio constante de tarea que agota y genera ansiedad. Y al sustituir las relaciones presenciales por pantallas nos privamos de endorfinas y frustramos.

¿No nos ayudan también a trabajar?

Me gustaría ver cómo los grandes talentos del siglo XX se enfrentaban al cambio constante entre Word, Facebook, Instagram, Google, Gmail, WhatsApp… mientras trataban de concentrarse para crear.

¿Por qué no se podrían concentrar?

Porque a la media hora estarían sin recursos cognitivos, estresados y ansiosos: frustrados.

También tendrían más información.

La información ya no tiene valor. Es la experiencia lo que cuenta. Y la educación aún está pensada para dar información. Eso obliga a replantearla o se hace redundante.

También tenemos más años de vida para aprender.

Pero olvídese de las promesas de inmortalidad trashumana. Es imposible meter el cerebro en formato digital para conectarlo a un cuerpo joven y ser usted en otro. Cuerpo y cerebro son indisociables. El cerebro está en todo el cuerpo.

No me hacía ilusiones.

La inteligencia artificial (IA) no superará al cerebro, porque ya lo supera en muchas cosas.

Hace mejor lo que nosotros hacemos peor.

Pero otras no las hará nunca. La novedad es que la IA hoy es capaz de aprender por sí sola. Al gestionar grandes cantidades de datos en poco tiempo aprende del ensayo y error.

¿Hasta superar al cerebro?

Son incomparables. El cerebro procesa información continua, es analógico. La computadora es digital, procesa la información en unidades. En realidad son complementarios.

¿Cómo?

Crearemos una brain computer interface. Seremos cíborgs, como el cirujano conectado a IA que le ayuda a tomar decisiones al instante.

¿No es maravilloso?

Para quien pueda beneficiarse. Generará desigualdad. A mis hijos más que tecnología les doy herramientas para no ser desgraciados. Y la buena noticia es que son baratas y sencillas.

¿Nos puede prestar alguna?

Tienen poco que ver con dinero, poder o fama, porque nuestro cerebro hace del bienestar el arte de la sencillez.

¿Tan sencillo como qué?

Nada de más, más, más. Menos es más; el pasado y el futuro están en el aquí y ahora. El cerebro genera endorfinas al conectarse con el presente; tener un propósito en la vida y apreciar lo que tienes. Su secreto no está en lo grande, sino en lo pequeño; en el detalle cotidiano.

Tópicos de autoayuda.

Ya le he dicho que lo más eficiente no tiene por qué ser complicado. Si los políticos lo entendieran, gestionarían mejor.

Por ejemplo.

Miles de hombres no acertaban al usar los urinarios en el aeropuerto de Amsterdam. Sus errores agregados costaban una fortuna en limpieza a la administración. Los psicólogos dieron con la solución…

¿…?

Dibujar una mosca para hacer diana en ella.

En un hotel de Nueva York se quejaban de ascensor lento y pusieron un espejo.

Es más barato que cambiarlo. Y la gente dejó de quejarse, porque ya está entretenida mirándose. Pero donde la neurociencia ayuda a la política es al gestionar choques de identidades.

Pues haría mucha falta.

Mire: nuestra identidad no está hecha de razones sino de convicciones que no cuestionamos.

¿Y si creo en lo evidentemente falso?

Nunca será falso para usted, porque nunca lo razonará: sólo lo creerá. Estudiamos la falsa creencia de que las vacunas causaban autismo. Y cuando demuestras a los que no vacunan a sus hijos que ponen en peligro su vida y la de los demás, no es que no escuchen: es que no oyen.

¿Diálogo de sordos?

De creyentes. Y por eso cuando niegan lo que crees parte de tu identidad –que tu pueblo es más guapo, listo y rico que el de al lado– tampoco oyes: buscas a quien cree lo que tú y se siente como tú y reforzáis la mentira que os une.

¿Por qué?

Porque sin ese mecanismo no habría grupos ni cooperación, y nos ha sido evolutivamente más útil que razonar las creencias grupales. Y es que el mundo es demasiado complejo para racionalizarlo, pero podemos reducirlo a unas cuantas verdades innegables.

Si las cuestionan, cambias de emisora.

Cuando algo no coincide con nuestro sesgo mental, lo ignoramos y tomamos lo que coincide, por eso sólo seguimos a los que piensan como nosotros. Y por eso sólo recordamos cuanto coincide con lo que pensamos que somos y olvidamos lo que no.

Lluís Amiguet
Publicado en: La Vanguardia

Leer más: 
El cerebro del futuro, por Facundo Manes y Mateo Niro

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