Japón nos ofrece una visión de un mundo mejor. John Carlin

Japón nos ofrece una visión de un mundo mejor. John Carlin

Japón versus el bebé Trump.
En un mundo tan chillón, qué suerte tener a Japón. Todo es griterío, todo es insensatez, todo es vulgaridad en la ­política, mire uno donde mire. Se impone el espíritu de Donald Trump. Pero en el escenario más grande que hay, Japón nos ofrece una visión de un mundo mejor.

¿Vieron cómo los aficionados japoneses se quedaban en las gradas después de los partidos a limpiar todo a su alrededor? ¿Vieron que los juga­dores de la selección japonesa, des­trozados tras perder en octavos de final contra Bélgica en el último segundo del partido, no salieron de su vestuario sin antes haber borrado todo rastro de su paso por ahí? Dejaron el lugar impecable, como si nadie lo hubiera estrenado aún. Y no salieron al autobús sin antes colocar un cartelito en una mesa en la que habían escrito –en ruso– “gracias”.

Qué nivel. Pero no me sorprendió. Ya lo había visto en otro Mundial, el que se celebró allá en tierras niponas en el 2002.

No recuerdo cómo pero a principios de aquel año inicié una correspondencia por e-mail con un profesor universitario del norte de Japón que era un fanático del Real Madrid. En junio, recién empezado el Mundial, quedamos para comer en Tokio. Él había venido en el tren bala a verme. No empezó bien el encuentro. Nos dimos la mano, intercambiamos las reverencias habituales y acto seguido le entregué un regalo. Una camiseta de Raúl González, el entonces crack del Real Madrid, que le había traído de España.

Me imaginé, con mi lamentable torpeza occidental, que estaría feliz. Todo lo contrario. Se ruborizó. Más que desconcierto, pánico. Reaccionó como si hubiera sacado una pistola y se la estuviera apuntando a la cabeza. Temblaba el hombre. ¿Qué hacer? Miró debajo de la mesa, donde tenía una bolsa de plástico. Me miró a mí. Miró la bolsa. Y me la entregó. Con otra reverencia, con las dos manos. La acepté con las dos mías, una vez más agachando la cabeza. Miré adentro. Ahí estaba mi regalo. Dos pares de pijamas de niño. Estampados con ositos rosados.

Recuperado del susto, mi compañero de mesa ahora sonreía. Había salvado la cara, como dicen por allá. Pudo ­estar a la altura del bárbaro anglosajón. Evidentemente el plan inicial había ­sido dar los pijamas a sus hijos pero daba igual. Se había consumado el ritual del intercambio de regalos que el protocolo –que la cortesía más elemental– exige.

Su inglés no era el mejor y mi japonés, inexistente, pero durante el resto del encuentro chapurreamos felizmente entre sushi y sashimi sobre los galácticos madridistas Zidane y Ronaldo, y sobre su héroe Raúl.

El episodio me preparó para la sucesión de exquisiteces de comportamiento que más me quedan en el recuerdo de las cinco semanas que permanecí en Japón para cubrir el Mundial. Quiero pensar que los ja­poneses me ayudaron en mis pobres intentos de ser una persona menos salvaje.

Sin duda ese fue el impacto que tuvieron en los aficionados ingleses. Se suponía antes y después del partido entre Inglaterra y Argentina en Sappo­ro, por ejemplo, que los hooligans harían de las suyas: peleas callejeras, destrozos de bares y tal.

Pero no. Se comportaron como si estuvieran de visita con la reina en Buckingham Palace. Le pregunté a un gordo rapado y tatuado de la ciudad de Coventry qué les había pasado. ¿Se habían tomado tranquilizantes? “Míralos”, me contestó. “Mira a los japoneses. No te puedes portar mal ante esta gente”.

Reflexioné después y entendí lo que me decía. Lo escribí en un artículo para The Guardian. Los japoneses son, casi sin excepción, tan extraordinariamente corteses, tan dulces, que emborracharte y lanzar vasos y romper vidrios y mear en la fuente de la plaza estaría tan fuera de lugar como hacer lo mismo dentro de una clase de colegio de niños excepcionalmente bien educados de cinco años.

El refinamiento de los japoneses es tal que el instinto natural humano, sea quien sea, no es profanar sino imitar.

¡Qué diferente sería el mundo hoy si Donald Trump se hubiese educado en el sistema japonés! Un enorme globo de un bebé Trump, naranja y en pañales, sobrevolará el Parlamento británico como protesta a la invitación que ha recibido el presidente de Estados Unidos para visitar la tierra de Su Majestad. Según dicen, a la reina Isabel no le hace ninguna gracia que la primera ministra, Theresa May, le haya puesto en el aprieto de tener que recibirlo.

Ha recibido a doce presidentes americanos durante su reinado. Ahora viene el trece, el de la mala suerte. Nunca la reina habrá tenido que lucir una sonrisa más forzada. La presencia en su entorno de Trump le exigirá como nunca seguir fiel a su inescrutable espíritu, casi japonés. ¿Qué barbaridades dirá el niño ­neandertal? ¿Qué destrozos dejará la criatura en su paso por el Viejo Continente? ¿Sucumbirá en la habitación de un hotel a aquel ­deporte del que, según dicen, disfruta, el de la lluvia dorada?

Es absolutamente inconcebible imaginar que el electorado japonés cayese en la cutrez de elegir voluntariamente a semejante personaje como jefe de Estado. Lo que es el colmo es que, además de tener una sociedad a años luz de las nuestras en Occidente, nos superen en el fútbol.

En este Mundial la selección japonesa ha dejado tristemente en evidencia a las de Argentina y España. A diferencia de los compañeros de Messi, demostraron que eran capaces de pasar la pelota con cronométrica regularidad a un jugador con una camiseta del mismo color. (Lo único que salvó a los jugadores argentinos fue el espectáculo incluso más indigno que ofreció en las gradas el Donald Trump porteño, Diego Armando Maradona). A diferencia de la selección española, que contra Rusia nos ofreció una caricatura de su famoso tiqui-taca, como si los jugadores se estuvieran riendo de sí mismos, los japoneses recorrían el campo con fluida intención, como una bandada de pájaros telepáticamente dirigida hacia un mismo objetivo.

En todo, realmente, en todo, el comportamiento de los futbolistas japoneses en el Mundial nos hace albergar la esperanza de que el resto de la especie, tan poco evolucionada ella, se acerque un día a algo que podamos llamar, sin rubor, la civilización.

John Carlin
Publicado en: La Vanguardia

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