Futból en positivo. Joan Josep Pallás

Futból en positivo. Joan Josep Pallás

Tabárez y Mbappé, el viejo y el niño.
La sociedad desprecia a los viejos. Se hacen invisibles después de los 65 años. Vivimos en la época de Facebook, Twitter, Amazon y compañía, gigantes insolentes que aparentan modernidad, detestan el maravilloso quietismo de quien lee un periódico el domingo por la mañana y en algunos casos explotan a sus trabajadores sin que emerja un Dickens posmoderno para denunciarlos.
y ponerlos en su sitio.

 

Óscar Washington Tabárez es una excepción. Es una persona mayor de éxito, respetadísima en su profesión, algo así como un Joaquim Maria Puyal a la uruguaya. Tiene 71 años y un rostro con las facciones marcadas que colaría como secundario de un western de Sergio Leone. Las redes sociales le pillaron a destiempo pero nunca las necesitó para transmitir su mensaje. Habla y se le escucha. Tan simple como eso. “Eso es la vida. Dejar enseñanzas y tender puentes”, sentenció ayer.

Uruguay juega esta tarde contra Francia los primeros cuartos de final de este Mundial. Tabárez es el entrenador de los sudamericanos desde hace 12 años, después de una primera y corta etapa a principios de los noventa que no fue bien. Cuando le volvieron a llamar, diseñó un proyecto a largo plazo. El largo lazo atraviesa su peor momento en la historia de la humanidad. La prisa gobierna nuestras vidas. La inmediatez, se le llama ahora. Tabárez no se dejó domar por la velocidad e ideó un plan de futuro en el año 2006. Lo tituló “Proyecto de institucionalización de los procesos de Selecciones Nacionales y de la formación de sus futbolistas”.

Detrás de la solemnidad del enunciado se esconde un laborioso informe destinado a devolver a Uruguay a la élite del fútbol desde los juveniles. No con el objeto de ganar Mundiales como en 1930 o 1950 porque el país tiene tres millones y medio de habitantes y eso lo convierte en muy improbable, pero sí para hacerla reconocible y respetable desde la disciplina, el compañerismo (auténtica obsesión de Tabárez) y el buen juego. Uruguay fue cuarta en el Mundial del 2010 y en Rusia está dando otra vez que hablar.

El largo plazo atraviesa su peor momento en la historia de la humanidad pero personajes como Tabárez permiten albergar esperanzas.

Tábarez es conocido en su país como el maestro. Estudió magisterio mientras era jugador, fue profesor de escuela cuando se le rompió la rodilla y hoy los uruguayos le llaman maestro en mayúsculas, como se apoda a las personas respetadas por unanimidad porque transmiten sabiduría.

Sus futbolistas le veneran. Luis Suárez, de orígenes muy humildes como su compañero Cavani, encontró en Tabárez la figura paterna que no siempre estuvo presente durante su infancia. El azulgrana ha reconocido en alguna ocasión esa necesaria cobertura emocional en el seleccionador. Pero también los rivales hablan bien del maestro. Deschamps, el entrenador de Francia, se refería a él en términos de admiración ayer en Nizhni Nóvgorod, la ciudad que medirá a ambos países: “Siento un profundo respeto por Tabárez. Su labor es extraordinaria”.

Tabárez situará hoy a su lado la muleta que le ayuda a caminar (sufre una neuropatía crónica que le causa problemas de movilidad) y observará a Mbappé sentado desde el banquillo, con esa pose petrificada con que sigue los partidos. 52 años separan a Tabárez del chaval francés, el cohete de la selección gala. Mbappé, como Suárez o Cavani, que jugaban de niños descalzos en las calles, sabe lo que es la precariedad.

Mbappé tiene 19 años. Nació en 1998, una fecha señalada en Francia porque el grupo de Zidane y compañía fueron campeones del mundo haciendo del mestizaje una de sus fuentes de energía. El combinado del “ black, blanc y beur” (negro, blanco y árabe) continúa funcionando como fórmula para la actual Francia. Kylian Mbappé es su perfecto ejemplo. Hijo de Fayza, argelina y antigua jugadora de balonmano, y Wilfred, exfutbolista de origen camerunés, la estrella de los bleus nació en Bandy, prototipo de ciudad de la banlieue, el extrarradio parisino estigmatizado como núcleo de disturbios y semillero de islamistas radicales. También se criaron en sus barrios Pogba, Kanté o Matuidi.

“Aquí el éxito es hijo de la alianza. Aquí, la libertad y la fraternidad marcan la diferencia. Bandy es la ciudad de las posibilidades”. Ese es el lema que se puede leer escrito en el muro de entrada de los campos de fútbol de donde salió Mbappé, el nuevo orgullo francés, la coartada política que permite vender que cualquiera puede triunfar en Francia.

El talento de esta especie de versión 2.0 del Ronaldo brasileño es innato. Con ocho años, el jardinero que cuida los campos del Bandy ya se dio cuenta: “Estaba dos escalones por encima de los demás”. Velocista con el balón en los pies, sus compañeros destacan por encima de todo su ambición. La preocupación del entorno ha sido la lógica en estos casos de precocidad. Que no se le suban los humos. Su padre le sigue controlando de cerca para que no suceda. Y Deschamps, también: “Lo que hizo contra Argentina fue genial, sirvió para demostrar al mundo de lo que es capaz. Ahora tiene que seguir así”. El delantero envía signos de seguir con los pies en el suelo: donará todo lo que gane en el Mundial y ha financiado el viaje a Rusia de un grupo de jóvenes de Bandy.

Su actuación contra la albiceleste tuvo tal impacto que arrancó un tuit elogioso de Pelé. Se ha comparado incluso su irrupción en esta Copa del Mundo con la de Pelé en Suecia 1958.

El fútbol podrá tener muchos defectos, pero su grandeza estriba en que da cabida a dos individuos tan alejados social y generacionalmente.

Mbappé se hizo una foto con Mike Tyson días antes del comienzo del Mundial. Buscará el KO de los uruguayos. Tabárez dice que sus jugadores están con unas “ganas bárbaras”.

Publicado en: La Vanguardia

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