Disentir no es pelearse. Ramin Johanbegloo

Disentir no es pelearse. Ramin Johanbegloo

“Si buscan la paz, conviertan al enemigo en cómplice”.
Entrevista a Ramin Johanbegloo, dirige el centro Gandhi de la Universidad Jindal de Delhi.

¿Cuál es el primer paso en una negociación?

El primero es el diálogo, pero nunca iniciado desde la premisa “tienes un problema” o “tengo un problema”.

¿Entonces?

El principio debe ser “tenemos un problema y desde ahora vamos a intentar conllevarlo hasta que tal vez algún día, dentro de 20, 30 o 40 años, podamos solucionarlo juntos”.

¿Qué cambia ese “tenemos”?

Que si piensas, dices y actúas desde el “tenemos un problema”, conviertes a tu adversario en tu cómplice. Esa diferencia lleva a cambiar la actitud y a destensar la situación.

Sabes que vas a un sitio y que él va a otro, pero si el barco se hunde, nadie llega.

Ignorarlo es la negación del principio de diálogo y es lo que ha pasado en Catalunya. Rajoy, que era quien tenía más poder, debería haberlo propiciado. Y no digo que los independentistas estuvieran más abiertos a dialogar, porque tampoco lo estuvieron.

¿Los dos bandos querían imponerse?

Falló más quien más usó la violencia, porque la violencia deslegitima a quien la usa y deslegitima más a quien la usa más. Y en ese sentido, el presidente Rajoy se deslegitimó más.

¿Y si la violencia, dirían sus votantes, se usa para que se respeten las leyes?

Siempre puedes justificar la violencia, pero nunca es legítima.

¿Violencia, dirían, no es también imponer tu proyecto a la mitad de los catalanes?

Ustedes tienen aquí en la historia de España un paradigma excepcional de convivencia que serviría para solucionar el conflicto catalán y que en el Centro Gandhi evocamos como ejemplo pacificador a menudo.

Tal vez en la distancia vea usted mejor.

Me refiero al paradigma de la Córdoba de las tres culturas que convivieron en paz. Es un ejemplo que nos está sirviendo para mediar en Oriente Medio con musulmanes fanáticos del EI y Al Qaeda. Junto a la mística persa, la escuela cordobesa es un ejemplo de tolerancia que trasciende los siglos.

¿En qué consiste?

En que no es necesario que pienses como tu adversario para poder convivir con él.

¿Y si él quiere controlar el Estado?

Hay que encontrar las reglas comunes de convivencia y tolerancia. Córdoba las encontró, y en ese ambiente florecieron la ciencia, la medicina, la poesía, las artes. Maimónides, por ejemplo, iluminó a Spinoza, y los dos aún nos iluminan a todos los filósofos.

¿Una cultura para florecer debe mezclarse o purificarse?

Catalunya no puede construir su convivencia sobre una única identidad.

¿Y si al mezclarse pierde la suya?

Los catalanes que sufren ese miedo deberían leer a Hannah Arendt. La gran tragedia de los estados, que deben ser espacios de convivencia en la diversidad, es dejarse capturar por una única identidad nacional, cultural y lingüística. Y esa ha sido, y todavía es, la gran amenaza para Europa.

¿Es bueno tener lengua y cultura propias sin hacer impropias a las demás?

El peligro que hoy vuelve a darse en Europa es que el nacionalismo se apropie de la lógica de la política y después del Estado para reducirlo a ser sólo la institución que plasme su ideal nacionalista excluyendo a los demás.

¿Y si es eso lo que quiere la mayoría?

La democracia también produce sus monstruos, y Hitler ganó elecciones. Democracia no es sólo votar. De hecho, la democracia puede acabar generando autoritarismos.

¿Por ejemplo?

Putin, Erdogan, Maduro, Salvini, Orbán…

La Internacional Nacionalista.

Apelan a las urnas para legitimarse como líderes, pero son autoritarios. Es la trumpización de la democracia. Porque Trump no es una persona, es una concepción del mundo.

Pues tiene su éxito.

Porque en la ausencia de moral, valores e ideales, los ciudadanos se han vuelto tan cínicos como él. Nadie ensaya la paideia, la educación crítica de los ciudadanos en las virtudes cívicas. Hoy carecemos de líderes morales y éticos. Carecemos de valores.

¿Por qué cree que nos embrutecemos?

Martin Luther King, Gandhi y Mandela están vivos no sólo porque demostraron que sin ética no hay política y porque vencieron sin violencia, sino también porque hicieron de la política una práctica de empatía, para empezar, con el adversario.

Pues no se lea usted los tuits de nuestros dirigentes: dan vergüenza y miedo.

Porque la política se ha transformado en utilitarismo. Sólo sirve para ganar, para imponerse. Desde esa mentalidad, también la democracia se concibe como un mero conjunto de astucias para engañar al enemigo y no como el pacto de convivencia entre quienes, con todo derecho, piensan de formas diferentes. Y eso nunca significa enfrentadas.

Venga usted por aquí más a menudo.

Necesitamos fraternidad civil frente a la política pervertida entendida como argucias para imponer tus fines. La solidaridad cívica debe ir de abajo arriba. Jóvenes independentistas y no independentistas, por ejemplo, deberían dialogar y demostrar a todos que disentir no es pelearse.


El principio de acuerdo

Tal vez sea demasiado pronto o demasiado tarde para lograr un gran acuerdo en el conflicto catalán. Por eso, muchos nos conformaríamos con un equilibrio armónico de frustraciones mutuas. Pero hasta para lograr ese modesto principio, dice Jahenbebloo, hay que seguir a Gandhi, Mandela y Lu­ther King y convertir a tu adversario en cómplice de tu proyecto de convivencia. Porque cuando el Estado sólo sirve al ideal nacionalista, advierte, acaba convertido en una máquina de exclusión. Y sin una mínima empatía con el adversario, la democracia queda reducida a votar hasta imponerlo. Así genera monstruos como Salvini, Erdogan, Maduro, Orbán, Trump o Putin y degenera en una mera sucesión de plebiscitos.

Lluis Amiguet

Publicado en: La Vanguardia

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