Se está construyendo consenso. Jordi Amat

Se está construyendo consenso. Jordi Amat

Desde que fue nombrada ministra de Política Territorial, Meritxell Batet no se ha negado a afrontar el espinoso asunto de la reforma constitucional. No hay que hacerse ni una sola de las ilusiones posibles, pero tampoco nos pongamos la venda antes de la herida.

Batet es vocal de la “comisión para la evaluación y la modernización del Estado autonómico”, sus intervenciones pueden leerse en el diario de sesiones. La comisión se constituyó el 15 de noviembre en las Cortes. Su presidente es el socialista José Enrique Ruiz Serrano y, según dijo el gato más viejo del hemiciclo, su objetivo es doble. Primero: evaluación del funcionamiento del modelo territorial y su regulación. Segundo: formulación de propuestas para modernizar el modelo. “Propuestas de distinta naturaleza y alcance, sin duda, pero que podrán exigir, si así lo acordamos, cambios en la forma de gobernar, en los procedimientos de adopción de decisiones y también en las leyes que regulan ese Estado autonómico, incluidos, con la atención excepcional que requiere, cambios en la propia Constitución”.

En una de sus intervenciones en la comisión, Batet quiso subrayar un dato: el 59% de los españoles, según el CIS, han expresado el deseo de reformar la Carta Magna. “Desconocemos el sentido de reforma que quiere expresar ese 59 %” reconoció Batet para no predeterminar el horizonte del cambio, pero el dato le parecía lo bastante significativo para afrontar el desafío. Ahora asume que encararlo pasa por la construcción de un consenso y entiende que la comisión podría ser el instrumento para hacerlo emerger. Primero, pues, habría que reactivarla y sobre todo ampliarla. Porque ahora mismo, pasadísimas todas las pantallas, ni un solo diputado independentista participa en ella. Un gesto gubernamental, enmarcado en un cambio de clima inimaginable hace un mes, los dejaría sin la gran coartada –España es irreformable– para abstenerse.

Consenso y Constitución. Tótem y tabú. A menudo la palabra consenso, que cotiza a la baja, se ha usado como una poción mágica, a menudo es una telaraña por inhabilitar el disenso y a menudo actúa como un significante vacío para bloquear cualquier propuesta de redistribución del poder (incluido el simbólico).

Pero sin consenso, es decir, sin predisposición a la cesión para el acuerdo mayoritariamente aceptado, no se puede pactar transformación alguna. ¿Cómo conseguir uno nuevo?

No es trabajo de un día, exige un cambio cultural y a la contra juega la tensión que alimentan agitadores y unilaterales –aquí, en Madrid o en Berlín–. Posibilitar el consenso pasa por desinflamar la esfera pública. Ante todo demanda la reconstrucción de un marco de confianza de mínimos entre tantas partes como sea posible a fin de que la negociación incluya a casi todo el mundo. Confianza de las instituciones, tan rota porque no se han cumplido las reglas compartidas, pero antes incluso confianza de base entre personas, grupos y comunidades a fin de que la mayoría pueda acompañar sin traicionarse las decisiones que los políticos acaben liderando.

¿Cómo generar este clima de confianza? Escuchando. Cada vez hay más gente dispuesta a escuchar. Escuchar para crear una comunidad de diálogo sin tótems pero sin tabúes.

En el conjunto de España hay más de una iniciativa en marcha. En Madrid, el miércoles en Zaragoza. Dos hombres de izquierda ortodoxa –Javier Aristu y Javier Tébar– han empezado a preparar unos encuentros en Sevilla en octubre. Se proponen establecer una alianza informal entre un grupo de catalanes y andaluces para pensar soluciones: “Dialogar para hallar un punto de encuentro o acercamiento que haga posible una renovada convivencia en un marco jurídico y político integrador de las diferentes opciones territoriales”. No es una música que suene muy diferente del manifiesto de académicos e intelectuales que se dio a conocer la semana pasada. “Frente a esa tendencia que desconoce que una España en libertad es una España en la que deben convivir los diferentes, somos muchos los que creemos que es posible renovar el pacto constitucional dentro de un espíritu de concordia, sin humillaciones, sin vencedoras ni vencidos”. El contramanifiesto, planteado desde la órbita de Ciudadanos, evidencia que el diálogo se ha abierto.

Parece que, asumido el problema y sustituidos los actores, va consolidándose la idea de que la solución óptima es renovar el pacto. La palabra es explícita en el título del documento ¿Es posible renovar la convivencia? Es fruto de una experiencia amparada por dos plataformas confesionales: Entre Paréntesis de Madrid, Cristianisme i Justícia de Barcelona. Durante unas semanas 11 ciudadanos responsables han compartido preocupaciones y, al fin, han podido articular una opinión desde la discrepancia.

Hablan del respecto a las leyes y, al tiempo, de reforma de la Constitución con la convicción de que “son tiempos de igualdad de derechos, no de uniformidad de culturas ni de pertenencias”.

Algo se mueve. Aprovechamos el momento. Con el cambio de clima, se está construyendo consenso.

Jordi Amat
Publicado en: La Vanguardia

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