El capitalismo de las ideas

El capitalismo de las ideas

A partes iguales la innovación ha sido y es objeto de deseo y amenaza a un tiempo. En contradicción como un estado natural cuasi permanente los seres humanos nos convertimos en verdugos y mártires de la sociedad de consumo.

Nos resistimos a los procesos de transformación que suponen una evolución en el modelo económico, pero al mismo tiempo somos – en su mayoría – consumidores más o menos activos y seguidores de las últimas tendencias. No queremos quedarnos atrás sin adaptarnos a los cambios y al mismo tiempo hay un sentimiento de culpa por hacerlo.

Pasó en la 1º Revolución Industrial cuando los telares industriales amenazaban con reemplazar a los artesanos, pasó en la 2º Revolución Industrial cuando los avances tecnológicos se aceleraron en una sucesión de progresos en industria, energía, transportes, comunicación y ciencia.

Ahora en la llamada Tercera Revolución Industrial se dan parecidas circunstancias; sólo que a través de la Ley de Moore estos avances se multiplican exponencialmente, tienen una cualidad más sofisticada y su coste es mucho menor.

Lo vemos con Internet cuando hace apenas un par de décadas se consideraba un servicio exclusivo, y hoy a falta de concretarse el proyecto internet.org, se habla de un servicio de conexión global y gratuito.

El Internet de las Cosas es el futuro y se concibe como una macrorevolución porque a partir de un elemento se activan tres revoluciones: energía, transporte y comunicación.

Los expertos calculan que en unas décadas 100 billones de sensores controlarán todos los procesos. Por consiguiente conectarse a la nube será un hábito sistematizado, tanto como ahora es encender el interruptor de la luz.

Abandonar la zona de confort es un desafío y puede sacar nuestro lado rebelde. El ludismo de los artesanos ingleses que protestaban contra las nuevas máquinas; luego la movilización obrera y las huelgas dirigidas por sindicatos socialistas y anarquistas; hasta hoy que el gremio de taxistas u hosteleros se movilizan contra empresas como Uber o Airbnb.

Resulta comprensibles que estas reacciones nos recuerden a las de antaño. Sin embargo la evolución de ciertos sectores parece irreversible. Menos pesimista es la opinión del respetado Jeremy Rifkin, sociólogo, economista, escritor, orador, asesor político y activista estadounidense, quien ha declarado en reiteradas ocasiones el ocaso del capitalismo tal y como lo conocemos en apenas tres décadas “no sera el modelo hegemónico y tendrá que cohabitar con otro sistema. El capitalismo convivirá con la economía colaborativa”.

Es cierto que este híbrido de economía, que propaga la colaboración pero tiene un poso capitalista, despierta ciertas controversias. Pero esta fricción que produce con las estructuras tradicionales se debe principalmente al vacío legal existente cuando las Administraciones de cada Estado no dan cobertura al nuevo contexto, no se preocupan por legislar de acuerdo a las nuevas circunstancias. Su deber está en mantener la competitividad de los sectores en igualdad de condiciones asegurando un equilibrio de fuerzas.

Se dice que Silicon Valley es la cuna de la innovación y al mismo tiempo propulsora de este modelo económico fundamentado en las nuevas tecnologías. No obstante detrás de cada proyecto tecnológico hay una idea poderosa. La particularidad es que estos proyectos no pueden producirse en serie porque los consumidores cada vez más exigentes demandan productos genuinos.

Nos encaminamos hacía un capitalismo de las ideas donde el valor intelectual cobra protagonismo en los servicios, las artes y evolución de esas nuevas tecnologías.

Cuando se construye cada proyecto hay uno o varios profesionales cualificados que se estrujan el cerebro para crear ideas que conectan con el imaginario colectivo. Esto anima a otros a creer y crear en sus sueños, poner en marcha sus ideas.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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