El hombre no ha vivido nunca tan bien como ahora

El hombre no ha vivido nunca tan bien como ahora

La paradoja de Pinker.
Cómo se explica la ola de malestar que recorre hoy tantos países del mundo? Vivimos en una de las épocas más prósperas y más pacíficas de la historia. En todo el planeta, el número de víctimas de conflictos bélicos ha declinado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En Europa, la tasa de homicidios por cada mil habitantes es la más baja de los últimos setecientos años. Las posibilidades que tiene un europeo de morir asesinado son cincuenta veces más pequeñas que sus an­tepasados medievales. Las cifras sobre violencia contra mujeres y niños también han ido disminuyendo.

La esperanza de vida no para de crecer. La mortalidad infantil ha caído en picado. El hambre y la malnutrición son cada día más raras. Hace doscientos años, el noventa por ciento de los habitantes del mundo vivía en condiciones de pobreza extrema; hace veinte años, más del treinta por ciento; hoy, menos del diez por ciento. El trabajo infantil está desapareciendo en todo el mundo. Hace cien años, más de la mitad de los habitantes del planeta eran analfabetos. Hoy, el analfabetismo no llega al diez por ciento. El número de víctimas de accidentes de coche, de tren o de avión ha disminuido de forma sostenida. El número de horas de trabajo se ha ido reduciendo. Hoy casi todo el mundo tiene más tiempo libre que sus padres y ­abuelos.

Todos estos datos los recoge el profesor de psicología de Harvard Steven Pinker en Enlightment now: the case for reason, science, humanism, and progress (La Ilustración ahora: defensa de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso), un libro que está haciendo correr mucha tinta por la inyección de optimismo que supone, pero también por la paradoja que plantea.

El hombre no ha vivido nunca tan bien como ahora.

Sin embargo, los votantes antisistema son cada día más numerosos en todo el mundo y cuando los sociólogos preguntan a la gente si creen que las condiciones de vida actuales son mejores que hace veinte, cincuenta o cien años, las respuestas no son alentadoras. La mayoría de los ciudadanos no son conscientes de las mejoras económicas, de salud, de educación y de bienestar de los últimos años, o no las ­valoran.

Pinker se pregunta por qué. Si las condiciones de vida han mejorado de una forma objetiva, si los avances en salud, en esperanza de vida, en bienestar material, en educación, en seguridad física y en tantos otros campos son innegables, ¿cómo es posible que la enmienda a la totalidad del populismo gane terreno en tantos lugares?

La pregunta tiene una gran carga política. Pinker cree que es porque los partidos políticos que deberían hacernos ver que tenemos motivos para sentirnos satisfechos –los liberales y los socialdemócratas partidarios de una globalización controlada, principalmente– no nos convencen.

Nos fijamos más en las novedades negativas que en las positivas. El pesimismo siempre ha tenido más prestigio que el optimismo. Los optimistas siempre suenan como si nos quisieran vender algún invento. Provocan desconfianza. Hay algo que falla.

¿Qué es? Hay muchas respuestas posibles, pero me pregunto si no es que el bienestar material no basta. El progreso de los últimos veinte años es innegable, pero ha tenido muchos costes en términos de cohesión social y está generando mucha inseguridad. Ha arrinconado la religión, que antes daba sentido a la vida de muchas personas y las ayudaba a resignarse a la desigualdad y a la pobreza. Es aquello de Voltaire: “Dios no existe, pero que no se entere mi criado, no vaya a matarme mientras duermo”.

Los avances tecnológicos nos descolocan. La globalización nos expone a riesgos hasta ahora desconocidos. Lo que ganamos por un lado lo perdemos por el otro. La desigualdad crece. La incertidumbre y el miedo, también. Todo esto da alas a los demagogos. ¿Qué importa si las soluciones que el populismo propone, unas soluciones simples para los problemas más complejos, son equivocadas y conllevan pérdidas materiales casi seguras? Da igual: lo que cuenta es que suscitan en­tusiasmo. ¡Abajo los expertos! ¡Vivan las ­caenas!

Viene muy bien que alguien nos recuerde los viejos ideales de la Ilustración con un lenguaje y unos conceptos de hoy, como hace Pinker. El progreso material –cuantificable, verificable– convive con un vacío existencial imposible de medir que, en buena parte, es fruto del desarraigo y de la insatisfacción provocados precisamente por la aceleración del progreso.

Como en el famoso comienzo de Una historia de dos ciudades, de Dickens: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”. Vivimos horas confusas. Italia es el último ejemplo de una lista que comienza a ser larga.

Carles Casajuana
Publicado en: La Vanguardia

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