Barcelona es la vida. Marius Carol

Barcelona es la vida. Marius Carol

La ciudad como castillo.
Barcelona debería ser el castillo para defender esa capital moderna, vanguardista y cosmopolita del exceso de emociones, bandazos y aventuras que de tanto en cuanto alteran el equilibrio del país.

Barcelona tiene vida propia y es una ciudad erigida hace dos mil años, que ha visto pasar una civilización tras otra, lo que le ha dado una enorme capacidad de comprender las razones del otro, de asimilar otras culturas y de interactuar con los viajeros. En ella nadie pregunta de dónde uno es o adónde uno va, constituye una metrópoli que se ha ido cimentando con la libertad como argamasa.

Y, al mismo tiempo, ha sido un gran laboratorio urbano, desde Barcino a la Barcelona olímpica, con momentos especialmente brillantes, como es el caso del modernismo, que la convirtió en un museo al aire libre. Es una urbe que no ha sido capital de un Estado, ni siquiera han dejado que fuera la otra capital de España, así que se las ha tenido que ingeniar para reinventarse cada equis tiempo con proyectos imaginativos, que le permitieran dar saltos adelante, en los que la sociedad civil fue capaz de tener gran protagonismo.

La ciudad ha tenido la suerte de tener alcaldes que arriesgaron, como Francesc Rius i Taulet, que apostó por la Exposición Universal de 1888, que facilitó ordenar el entorno de la Ciutadella; Darío Rumeu, que puso su empeño en la Exposición Internacional de 1929, que supuso iniciar la recuperación de la montaña de Montjuïc soñada por Francesc Cambó; o Pasqual Maragall, que consiguió con la excusa de los Juegos Olímpicos abrir Barcelona al mar, cuando había vivido de espaldas al Mediterráneo. E incluso ha sido una urbe capaz de aprovechar la neutralidad del país durante la Primera Guerra Mundial para pasar a ser la capital de la retaguardia, consiguiendo que el Paral·lel se transformara en una versión de Montmartre, al tiempo que se convertía en un paraíso doméstico como contraste del infierno europeo.

Barcelona es la vida. La vitalidad surge de sus entrañas con fuerza telúrica. Y es capaz –lo ha sido, lo es y lo será– de trascender a las mediocridades de dirigentes sin imaginación y las aventuras de gobernantes desbocados.

La ciudad sabe resistir los temporales. Espartero quiso convertir en un código de conducta los bombardeos sistemáticos sobre el llano barcelonés desde la cima de Montjuïc para domarla. Pero esta es una metrópoli profundamente libre, que planta cara a la injusticia y que solo se deja acariciar por quienes aman su historia convulsa o disfrutan de su fuerza creativa.

Esta ciudad tiene una historia por escribir que puede ser tanto o más apasionante que su pasado. Pero eso solo será posible si nos creemos que hoy la sociedad civil somos cada uno de nosotros, pensemos como pensemos. Sin imposturas de ideología, condición o clase. Es la urbe de todos, que aspira a ser una capital planetaria –la gran referencia del Mediterráneo, el mar donde empezó todo–, algo que Google demuestra que es una realidad pues es la quinta referencia urbana más solicitada por sus usuarios. Y eso es así sin ser capital de un Estado; seguramente lo es porque hay un estado más grande e inconcreto, la memoria colectiva, donde centenares de millones de personas atesoran una postal mental suya.

Barcelona necesita pasión, riesgo, apuesta y liderazgo para seguir avanzando, para continuar creciendo, para no dejarse atrapar por nada que no sea su fuerza transformadora.

Es lo que tiene el castillo: sabe defenderse, mostrarse poderoso y trascender a su efigie.

Marius Carol
Director del diario La Vanguardia
Publicado en: La Vanguardia

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