Van ganando terreno las voces que propugnan el optimismo

Van ganando terreno las voces que propugnan el optimismo

Cómo ser optimista… pero no ingenuo.
Lo que vemos alrededor no inspira mucho pensamiento positivo. El cambio climático aumenta la temperatura de los océanos, genera tormentas descontroladas y la subida del nivel del mar. La última crisis económica puso en evidencia una desigualdad rampante en nuestras sociedades. Los regímenes autoritarios se refuerzan como alternativa a la democracia. La avalancha de informaciones falsas, distribuidas con eficacia por las redes sociales, siembra el desconcierto. Y, cuando la incertidumbre se cierne sobre el futuro, el abatimiento suele ser la respuesta más habitual. Porque, como advirtió Maquiavelo, “no hay nada más difícil de emprender, ni más peligroso de manejar […], que asumir la iniciativa de introducir un nuevo orden de cosas”.

¿Qué sentido tiene pensar que todo irá mejor? Pues alguno debe tener porque lo cierto es que, ante tanta debacle, van ganando terreno las voces que propugnan el optimismo.

Proclaman que solo así se puede hacer frente a un mundo cada vez más proclive a las distopías. ¿Hay razones reales para ser optimistas? ¿Basta con ser positivo para mejorar las cosas? ¿Es algo ingenuo e inútil?

El escritor y divulgador británico Mark Stevenson pone varios ejemplos en su último libro —Hacemos las cosas de otra manera (Galaxia Gutenberg)— para ilustrar los beneficios que ser positivo puede reportar para solucionar un problema.

Su ensayo comienza con la historia de un ingeniero de Boston que dejó su trabajo para tratar de encontrar una cura para la enfermedad genética de su hermano y acabó creando una red sanitaria de pacientes con la misma dolencia que resultó ser muy útil. También narra el caso de la escuela de primaria Hartsholme Academy, en Lincoln (Reino Unido), que pasó del fracaso escolar a la excelencia gracias al método de un profesor cuyas ideas no eran ni innovadoras ni tradicionales, pero que resultaron ser eficaces.

Y es que el optimismo que preconiza Stevenson se define además como pragmático. “Mi libro está basado en casos reales, en gente real que ha tenido éxito porque actúa de otro modo. Son personas que, a pesar de que la situación a la que se enfrentaban pintaba muy complicada, no se acobardaron y lo intentaron”, explica en una entrevista en Madrid.

El divulgador considera que el cinismo —“me refiero a la crítica destructiva e inútil, no al escepticismo y al sano cuestionamiento de las cosas”— es la epidemia de nuestro tiempo, porque resulta una actitud atractiva. En un mundo en el que nos fijamos de forma recurrente en lo negativo y en lo que va mal, sostiene Stevenson que el optimismo es una alternativa absolutamente legítima, algo casi obligatorio como contrapeso al pesimismo desbordado. Pero no vale cualquier optimismo, debe ser un optimismo pragmático, alejado de la excesiva credulidad y de “los castillos en el aire”.

El optimismo que defiende Stevenson es más propio de un realista que de un creyente: “Los 30 próximos años van a ser determinantes, tenemos muchos problemas y no hay más remedio que cambiar la forma de hacer las cosas”. Para ello conviene pensar que el cambio es posible.

Una idea similar ha llevado a Al Gore a pasar de ser el profeta del apocalipsis al profeta del “se puede”. En 2006, el exvicepresidente estadounidense alertó en el documental Una verdad incómoda sobre los efectos devastadores del cambio climático, y la amenaza que supone para las generaciones futuras. Su mensaje era todo menos optimista.

Hoy, la situación es mucho peor de lo que se creía. Los científicos advierten de que el calentamiento global se acelera y se siguen quemando combustibles fósiles a un ritmo considerable. Y sin embargo, Al Gore ha envuelto ahora su discurso con un mensaje optimista. En sus charlas y entrevistas destaca que, si bien la situación es muy complicada, se están produciendo avances prometedores en la generación de energías renovables, tanto solar como eólica, y en su almacenamiento a través de baterías cada vez más baratas y eficientes. Es decir, las cosas van mal, pero existe una gran posibilidad de mejorar. En esta crisis también hay una oportunidad, y quizá cale más hondo la posibilidad de revertir el rumbo que el catastrofismo irrevocable.

Entre aquellos que optan por ver el vaso medio lleno y no medio vacío ocupa un lugar destacado el profesor canadiense Steven Pinker, considerado referente de una nueva corriente de pensamiento que promueve la fe en el constante avance humano, en el progreso. Ha plasmado su credo optimista en Los ángeles que llevamos dentro (Paidós) y en el reciente Enlightenment Now (En defensa de la Ilustración , que saldrá en España en junio). Sostiene que, si se mira con perspectiva la evolución del mundo y se buscan tendencias a largo plazo, la humanidad nunca ha vivido tan bien como ahora. Entonces, ¿a qué viene tanto lamento y pesimismo? Sus afirmaciones, claro, son cuestionadas por otros pensadores.

Más allá de los debates teóricos, la ciencia lleva años investigando si los mensajes optimistas sirven de algo. La neurocientífica Tali Sharot, profesora de psicología experimental en University College London, explica que tener perspectivas positivas suele estar relacionado con una vida mejor.

En el libro The Optimism Bias: A Tour of the Irrationally Positive Brain (El sesgo optimista: un viaje por el cerebro irracionalmente positivo), la investigadora cita un experimento realizado con un grupo de estudiantes. Aquellos que fueron calificados como inteligentes y listos obtuvieron mejores resultados que los que fueron incentivados con palabras como “estúpido” e “ignorante”.

¿Ser optimista requiere un esfuerzo adicional? Lo cierto es que ver las cosas de forma positiva parece la opción más fácil y las investigaciones apuntan a que el optimismo puede ser algo innato. Existe un sesgo, argumenta Sharot, que lleva a pensar a la mayoría de las personas que el futuro será mejor que el presente y el pasado. Esto afecta a todas las razas, regiones y clases sociales, incluso a las personas mayores. Varios estudios citados en el libro muestran que la mayoría de los estudiantes suelen tener unas aspiraciones respecto del tipo de trabajo al que accederán y al salario que recibirán mayores de lo que acaban siendo en realidad. Ese optimismo los anima a tratar de alcanzar objetivos que de otra forma no se atreverían a perseguir. Si no lo consiguen, añade Sharot, se frustran, pero el nivel de satisfacción es mayor entre la gente que lo intenta. Así que soñar es gratis, pero además puede resultar beneficioso para algunos.

¿Cómo encaja en esto el pragmatismo? El pragmatismo fue lo que llevó a Güssing, un municipio de Austria, a marcarse como objetivo que el 100% de su energía fuera renovable. Su alcalde de entonces, Peter Vadasz, fue el impulsor de esta idea cuyo objetivo no era la sostenibilidad medioambiental, sino intentar revertir la situación de estancamiento económico que vivía esta localidad. “Los altos precios de la energía suponían un freno para la recuperación”, afirma Stevenson, que escribe sobre la transformación de este municipio. El Ayuntamiento decidió en 1992 invertir en una planta de generación de biomasa y, gracias a los desechos generados principalmente por la industria maderera y el sector agrícola, Güssing produce su propia energía. Esta iniciativa en la década de los noventa, antes de la eclosión de las renovables, parecía mucho más osada que ahora. Aquel sueño no fue ingenuo, sino práctico. Ahí, confiemos, puede estar la clave.

Cristina Galindo
Publicado en: Ideas-El País

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