Silenciar o desacreditar a los medios es un atajo hacia el autorita­rismo.

Silenciar o desacreditar a los medios es un atajo hacia el autorita­rismo.

Desacreditar el periodismo.
Lo último que cabía esperar de un presidente norteamericano es que fuera abiertamente hostil a los medios que critican su persona y su gestión. Es probablemente lo más grave de su medio año de presidencia. En plena campaña electoral envió un tuit que decía que “tener una cuenta de Twitter es como ser propietario de The New York Times pero sin asumir sus pérdidas”. Es una afirmación tan estúpida como peligrosa.

Donald Trump se mofa de periodistas, los humilla, cuelga vídeos en los que él mismo representa un combate de boxeo de hace unos años y la cara del adversario es el logo de la CNN, la cadena que ahora vale la pena seguir porque es la que le para los pies sin complejos a sus despropósitos.

Se aparta de la tradición de los mejores presidentes americanos, desde Jefferson a Adams pasando por Washington y Madison, de proteger la libertad de prensa como un elemento imprescindible para fomentar el buen gobierno y el progreso.

El desprecio a los periodistas es propio de sistemas autoritarios y de regímenes que no aceptan las críticas. Muchos líderes piensan que sólo ellos son ­capaces de comprender al pueblo hablándoles directamente.

No sé si esto es la esencia del populismo. Lo que sí es es la ausencia de la democracia representativa, que debe pasar por los ­filtros de los contrapoderes y siempre por la crítica de los medios de comunicación, aunque a veces puedan equivocarse total o parcialmente. El fondo del mensaje pro­piciado por las redes sociales es que la prensa no protege la democracia sino que la pervierte y, por lo tanto, hay que atacarla y desacreditarla hasta que deje de ser ­creíble.
Nunca habría sospechado que los ataques a la prensa y a los periodistas serían propiciados por un presidente desde la Casa Blanca. El poder es la verdad y los medios son la mentira cuando discrepan de la acción del Gobierno.

En una sociedad tan hiperactiva mediáticamente como Estados Unidos es imposible apartar a los medios del centro del debate cívico y político. Lo que intenta Trump es desacreditarlos. Hay quien ha comentado estos días que si Richard Nixon hubiera tenido a su alcance los medios de que disponen los políticos de hoy, habría podido construir un relato alternativo al caso Watergate y evitar su humillante salida de la Casa Blanca en agosto de 1974. La dimisión de Nixon no perjudicó a la democracia americana sino que más bien la reforzó.

El debate sobre si la prensa se excede en sus críticas a Trump es absolutamente legítimo y necesario. La semana pasada, por ejemplo, la CNN se vio obligada a despedir a tres periodistas conocidos al haber emitido informaciones no contrastadas sobre el supuesto caso de las interferencias rusas en las elecciones americanas. El canal se hizo responsable de sus errores pero Trump no se ha disculpado nunca de sus incendiarios comentarios.

Las comparaciones con la Turquía de Erdogan no se sostienen. El presidente turco aprovechó el intento de un golpe de Estado para deshacerse de todos sus adversarios, apoderarse del principal diario de Estambul, enviar a más de cien periodistas a la cárcel y otros tantos al exilio. El mensaje de Erdogan es que el periodismo es peligroso, una afirmación que hacen propia los dirigentes autoritarios. En los dos casos se trata de desautorizar a las elites cosmopolitas, a los que piensan diferente, a los periodistas y medios que van en contra de los intereses de la nación. No se trata de ensalzar al periodismo, una profesión que fabrica errores y que simplifica los hechos hasta que los puede analizar con más calma y más datos.Silenciar o desacreditar a los medios es un atajo hacia el autorita­rismo.

Silenciar o desacreditar a los medios es un atajo hacia el autorita­rismo. 

Carl Bernstein sostiene que el periodismo es un arte imperfecto pero es la versión más aproximada a la verdad. 

También el periodismo que se equivoca es imprescindible en una sociedad libre.

La gran crisis entre Qatar y Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos es oficialmente sobre el apoyo qatarí al terrorismo que estaría también impulsado por el ­chiísmo iraní. Pero la cuestión que ha provocado el bloqueo de Qatar es la existencia de Al Yazira, el canal de televisión que ven cientos de millones de musulmanes de todo el mundo y que se aparta de las versiones oficiales de las televisiones nacionales, acríticas, con jeques y altos funcionarios abrazándose unos a otros.

Tiene más fuerza Al Yazira que toda la riqueza petrolífera de los saudíes. Por eso la quieren cerrar como condición para ­levantar el bloqueo.

Soy seguidor habitual de Al Yazira. No está llevada por manos inocentes y tiene sus criterios editoriales que se pueden o no compartir. Pero es una ventana de aire fresco en un mundo do­minado por el dinero, una plutocracia abusiva y un control absoluto sobre la información y la opinión. Silenciar o desacreditar a los medios es un atajo hacia el autorita­rismo.

Lluís Foix
Publicado en:La Vanguardia

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