Gilles Lipovetsky mantiene el optimismo frente a una educación de alta calidad que defienda los valores humanistas

Gilles Lipovetsky mantiene el optimismo frente a una educación de alta calidad que defienda los valores humanistas

Lo mejor de cada mundo.
En De la ligereza, su nuevo y prolijo ensayo sobre el estado de las sociedades actuales más avanzadas, Gilles Lipovetsky describe un mundo volcado a la frivolidad, la liquidez y el consumo, pero mantiene el optimismo frente a una educación de alta calidad que defienda los valores humanistas.

A finales de los ochenta él ya tenía la música sonando en la cabeza. El imperio de lo efímero fue el título que le dio entonces al análisis del mundo que le rodeaba. Aquella obra estaba centrada en el concepto de las modas. El sociólogo francés Gilles Lipovetsky venía de publicar el ensayo La era del vacío, que lo consagró como uno de los pensadores más importantes de finales del siglo XX, un rasgo que no sólo ha sabido mantener sino que ha logrado profundizar: es caballero de la Legión de Honor y doctor honoris causa por las universidades de Sherbrooke (Canadá), Sofía (Bulgaria) y Aveiro (Portugal). Su obra completa se compone de ensayos propios y de otros que ha desarrollado en cooperación con especialistas en distintos campos. Uno de los más relevantes ha sido el crítico de cine Jean Serroy, con quien publicó hace apenas un año La estetización del mundo: vivir en la época del capitalismo artístico.

Lipovetsky disecciona el entorno y pone sobre la mesa el análisis de la realidad y lo hace de una manera minuciosa y clara, lo cual es siempre de agradecer y, sin embargo, hay algo que no cuaja. Al menos desde este punto del mapa: su inclaudicable eurocentrismo.

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Más de veinte años después de su imperio efímero, aquel concepto se ha desarrollado exponencialmente de un modo tal que le conviene, incluso, acuñar uno nuevo. La revolución tecnológica ha precipitado el desarrollo de la fiebre del consumo, con todas las consecuencias que ello conlleva: mayores facilidades para un cúmulo de cuestiones prácticas pero, al mismo tiempo, inconvenientes que se imponen y que deben ser, a futuro, revisados para que las mejoras que incorporan en la vida de los seres humanos que tienen acceso a ellas no terminen por devastarlos. Lo ligero, entonces, es el concepto. Y, De la ligereza, el título del ensayo en el que, como es habitual, Lipovetsky se preocupa por facilitar la tarea al lector.

El libro aparece perfectamente organizado: se inicia con una introducción que detalla qué es lo que se va a ver después, cómo y por qué. Y esta estructura formal, muy francesa, se repite en cada capítulo. No hay sorpresas sino un mapa con líneas definidas que se amparan en una investigación de cada tema que Lipovetsky toma para argumentar su tesis.

Desde cómo se ejemplifica el concepto de lo ligero en el culto al cuerpo de las sociedades actuales, hasta cómo la arquitectura ha tomado la visión cualitativa de lo aéreo para generar su ideal de belleza, pasando por las relaciones sexuales y la construcción de la familia y sin olvidar, claro, el análisis de los hábitos educativos actuales. Esto es acá, igual que lo era en su libro anterior, la esperanza y el valor fundamental en el que el autor se ancla para no comulgar con la idea de que todo esta perdido. Si Lipovetsky señala que, nos guste o no, vivimos en una civilización de lo ligero, esto es, en una sociedad cuyos fundamentos descansan en la frivolidad y en la búsqueda de la alegría del presente, no es menos cierto que, a través de una educación de calidad, el ser humano que sobreviva en este contexto frugal y líquido sabrá tomar lo bueno y desechar lo prescindible para tener una guía a la que aferrarse y caminar. La solución a la catarata de catástrofes que uno puede sentir enumeradas con total solidez por el autor, tal y como ya ocurría con La estetización del mundo, parece ser de nuevo, la misma: conseguir formar a las personas en los ideales humanistas para que sepan aprovechar de este mundo, lo mejor.

Pero, ¿es esto realmente viable en las democracias occidentales actuales? Lipovetsky aboga por un sí y es ahí donde parece, otra vez, que a pesar de tener la intención de ser universal, plantea sus análisis desde un país, Francia, en el que las necesidades fundamentales están cubiertas. Y desde hace rato. Sobre todo para la clase media que es, básicamente, la que constituye la esfera pública gala. Y eso es justamente lo que Lipovetsky prefiere y donde se siente cómodo: ¿quién querría vivir a principios del siglo XX donde la pesadez de las ideas extremas podía llevar a masacres? Estas y otras aproximaciones son las que sostiene cuando se le pregunta si su visión es, tal vez, demasiado liberal y ajena a la realidad de los más desfavorecidos. Pero él incide en sus preferencias. Siendo burdos, sería algo así como que si te gusta el durazno, bancate la pelusa. Cambiamos durazno por libertad y pelusa por incertidumbre, desigualdad y vacío existencial, y el resumen es claro.

Así, donde afirma que cada vez hay más suicidos de adolescentes porque la mayoría de los padres no son capaces de prepararlos para la dureza de la vida adulta y tampoco está ya el amparo de las religiones para sentir algún tipo de consuelo, Lipovetsky señala también que es el momento de la historia en el que cualquier persona puede autorealizarse compartiendo su creatividad más amateur con el mundo entero. Donde subraya que hay una exposición constante del sexo como materia de consumo y de una construcción ideal de la satisfacción plena que genera frustración en el ciudadano medio, dice también que, a pesar de todo, la mayoría de las personas sigue prefiriendo relaciones duraderas donde el amor sea una constante básica. De hecho, esto se conjuga muy bien con la idea del individualismo salvaje en el que vivimos actualmente. ¿En qué otro ámbito puede ser uno más feliz sabiendo que lo eligen para compartir la vida entre todos lo demás?

De la ligereza descansa en tres pilares: en primer lugar, sostiene y argumenta que el verdadero poder actual está en el dominio de lo microscópico. Las nuevas tecnologías que han tomado posiciones de manera transversal en nuestras sociedades -más en la europea que en la latinoamericana pero es cierto que la brecha es cada vez menor-, son la clave. Una clave, además, que evoluciona y genera cambios a una velocidad vertiginosa. En ese contexto, Lipovetsky erige su segundo pilar: observa que se desarrolla una paradoja constante.

El mundo es ligero y frívolo pero no así el interior de los inviduos que viven en él. En tercer lugar, el autor sostiene que esta civilización de lo ligero necesita una civilización de la educación en la que los seres humanos tiendan a las ideas humanistas y que, por eso mismo, el siglo XXI será el encargado de hacer frente a ese desafío.

¿Será así?, ¿las democracias liberales que evitan la pesadez de las ideas extremas tendrán en agenda esta necesidad?

Violeta Serrano
Publicado en: Página 12

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