Tempus fugit.

Tempus fugit.

Tempus fugit reza la locución latina. “Huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo” inspiró el poeta Virgilio. Hoy más que nunca el paso del tiempo es una gran preocupación de la sociedad sumida en un entramado complejo que no abarca tanto como quisiera.
A medida que envejecemos el tiempo pasa más rápido, y esta común percepción se hace también notoria por circunstancias externas. Como bien ha explicado el sociólogo alemán Hartmut Rosa en su paso por Barcelona dentro de unas conferencias del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) uno de los factores determinantes es la hegemonía del capitalismo como modelo socio-económico.
En su grado extremo las dinámicas capitalistas: la búsqueda máxima de beneficios, la impaciencia en el retorno del capital y aceleración de la producción y consumo se han instalado como una presión extra para los ciudadanos.

Y demasiadas veces se nos olvida que somos personas y que no hay que encajar sino priorizar el factor humano. Cuando sacar tiempo puede resultar una utopía no será por su escasez sino por la ineficiencia en su gestión.

Según etapas de la vida hay que anteponer unas u otras prioridades, reconociendo pese a todo que las distracciones propias del sistema nos invitan a competir y a hacer prevalecer la razón del individualismo.
En su lugar podemos en la medida de nuestras posibilidades, hacer uso de otros mecanismos: compartir, delegar y renunciar incluso cuando dos cosas no se pueden hacer al mismo tiempo.

En vista del actual contexto no parece casual el auge de determinados movimientos que se conciben como una bomba de oxigeno entre tanto quehacer. El movimiento slow, la vida lenta se promueve como oportunidad de calmar las actividades humanas y asumir la toma del control del tiempo.

Volver a las buenas costumbres, reunirse con los amigos y familia en vez de visitarnos sólo a través del perfil en la red, encontrar ese equilibrio entre la utilización de la tecnología y actividades que redunda en el desarrollo personal. En la gastronomía, viajes, ocio…esta forma lenta encuentra el disfrute en el reconocimiento de las pequeñas cosas y gestos que con las prisas muchas veces son invisibles ante nuestros ojos.

Llega un día en que nos merecemos no hacer nada o dedicarnos a lo trivial, por lo menos durante un tiempo prudencial tener ese derecho sin caer en la culpabilidad impuesta.

Es aquello que en su vertiente espiritual se ha llamado meditación, descansar la mente y liberarnos del ego que acapara todo.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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La evolución positiva de nuestro mundo
Un chute de optimismo

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