Dialogar y construir juntos.

Dialogar y construir juntos.

Hay quienes pueden confundir el parlamento con otro tipo de escenario más proclive a la sobreactuación – por fingimiento o desmesura – teatro de sus vanidades, convertirse en estrella del rock o en el extremo actor de cine mudo, o a lo peor tomar por un coliseo de gladiadores como esas imágenes recurrentes de parlamentarios en batalla campal. Sin embargo su concepto etimológico nos remite al francés “Parlament” que a su vez deriva del vocablo “parler”, HABLAR y que se refiere a la asamblea de representantes populares que se reúnen para resolver los asuntos públicos. De todos ellos se presupone una innata profesionalidad y capacidad de diálogo.

Hay quienes pueden confundir la política con un juego: parchís, ajedrez o tirarse un farol como en el póker; pero su honestidad sí que empieza a estar en juego cuando se lleva al engaño del ciudadano.
Se ha instalado en el ambiente un cierto tacticismo mediático que puede – para rizar el rizo – dejar fuera de lugar hasta los mismos indignados. Porque esta teoría de juegos necesita de equilibrios sabiendo que nadie tiene la fuerza suficiente para actuar unilateralmente, ni la verdad absoluta.

El panorama abierto de los resultados de las pasadas elecciones generales en España es por su aparente dificultad caso paradigmático, pero en Europa se vieron otros imposibles finalmente posibles: Portugal y otros más acostumbrados al pacto como en Alemania o Reino Unido.

Una vez se abandona el interés partidista y el ejercicio vodevil la respuesta está en aunar capacidades.

Con la deseable voluntad de dar solución a los problemas de la gente, esos políticos tienen ahora la responsabilidad de configurar algún tipo de pacto sólido bajo un mínimo común denominador, regido siempre por el respeto al sistema democrático y sin apuestas de poder. También deseable que sea transversal para no caer en frentes de uno u otro lado.

Pese al momentáneo gancho de algunas figuras, no son salvadores ni personalismos lo que reclaman las gentes. Las caras cambian rápido y pueden ser pronto prescindibles.

En todo caso el liderazgo se verá refrendado- como siempre – por la propia legitimidad en su aceptación que sólo los ciudadanos otorgan.

Así lo vemos, por ejemplo, a través de las actuaciones del Papa Francisco I.

De tú a tú, las imposiciones quedan excluidas si se quiere sentar las bases de un buen diálogo. En España se puso como referencia internacional aquella transición de 1978 que supo sentar en la misma mesa a sensibilidades muy dispares pero todas legítimas.

No es tiempo de política de ciencia ficción sino de hacer política con mayúscula.

Es hora de hablar, de dialogar, de dejar las líneas rojas y la soberbia. Es la hora de construir juntos.

Jorge Dobner

Editor
En Positivo

Leer más:
La esperanza de una mejor España
Momento apasionante
Gente que se atreva

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