La paz que merece el mundo.

La paz que merece el mundo.

Sigue la ola de violencia entre Palestina e Israel, si alguna vez se detuvo. Hoy su conflicto no ocupa las primeras portadas en el mundo, lo grave es que la violencia se instala como rutina incluso a fuerza de costumbre se ha normalizado. La eterna lucha encuentra sus raíces a finales del s.XIX pero es en los últimos 66 años cuando muestra su cara más virulenta, entre medias algunas fases de calma inquieta.

Parecía que los Acuerdos de Oslo encabezados por Yitzhak Rabin y los líderes palestinos de la Organización para la Liberación de Palestina dirigida por Yasser Arafat marcarían un punto de inflexión que luego se diluía. El último encuentro propiciado por el Papa Francisco I fue en el fondo un simple amago.


“Valentía” para lograr la paz apeló hace poco el pontífice. Un valor que hoy más que nunca necesita una clase política capaz de dejar sus intereses de lado y hacer los deberes.

Para cambiar el status quo, las posturas inamovibles hace falta un primer paso, atreverse aún cuando el riesgo lleve al error. “El que se mueva no sale en la foto” pronunció en cierta ocasión el famoso político español Alfonso Guerra, participe de esa meritoria transición española, y es que a veces lo único que parecen temer los políticos es dejar de tocar el poder.

Como bien explicaba en una entrevista el periodista y escritor israelí Amos Oz existe la figura del traidor bien entendida, aquel que contradice el pensamiento único en la búsqueda de soluciones “La última vez que me llamaron traidor fue en el verano de 2014, cuando critiqué la actuación de Israel en la guerra con Hamás en Gaza. A veces un traidor es alguien que está un poco por delante de su época. Alguien que cambia a los ojos de los que nunca cambian. A Lincoln le llamaron así millones de estadounidenses porque liberó a los esclavos negros. O a Gorbachov, por los cambios que propició en el bloque soviético…”.

¿Quién se atreverá a moverse de la foto? Vemos como la inacción también condena a nuestros dirigentes al autoexcluirse de sus obligaciones, la principal no es otra que hacer política. Pasando una tupida cortina de humo escuchábamos con asombro las declaraciones del actual primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, manifestando que los palestinos eran los verdaderos culpables del holocausto, ya que un líder habría sido el encargado de convencer a Hitler de que “quemaran a todos los judíos”.

De víctima a verdugo con el propósito de llevar a la confusión. Hay razones que se deslegitiman aunque guarden su parte de verdad. Está claro que hablamos de un conflicto complejo, imbricado de intereses y razones de uno y otro lado. Su influencia no solo se limita a oriente sino que involucran a occidente, EE.UU o la Unión Europea que se mueven en las medias tintas a sabiendas de los acuerdos comerciales con Israel.

Pero cuando la paz es el ideal deseable deberíamos atenderlo como el único objetivo. Arrinconado en el cajón del olvido es un conflicto que ya apesta. Por encima está la satisfacción de librar a las generaciones venideras del odio, para que conozcan la tolerancia y sana convivencia.

Por qué no concebir una solución para palestinos e israelíes donde las diferencias culturales, de idioma sean riqueza, donde el reconocimiento mutuo marque la hoja de ruta no solo en oriente sino en el mundo.

Podemos confiar en figuras como el Papa Francisco, el propio Barack Obama u otras figuras emergentes que están moviendo hilos y son esperanza de esos cambios necesarios. Llega un punto en que nos lo merecemos.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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“A veces un traidor es alguien que cambia a los ojos de los que nunca cambian”
La perversión del pasado para no afrontar el futuro
Un mundo de paz es posible

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