El final de ETA se dio gracias a una victoria de la democracia.

El final de ETA se dio gracias a una victoria de la democracia.

rubalcabaweb-150x150 Han pasado 4 años desde el cese de la violencia de la banda terrorista ETA que salpicó de drama  al País Vasco y conjunto de la sociedad española. Precisamente uno de los grandes nombres que  contribuyó a su fin es el político socialista Alfredo Pérez Rubalcaba quien recuerda que el logro  de este hito solo fue gracias a los mecanismos democráticos puestos en marcha. 

El final de la violencia de ETA. 
A la memoria de Txiqui Benegas

Se cumplen hoy cuatro años desde que ETA anunció el cese definitivo de la violencia. Cuatro años desde el día en que ETA decidió hacer pública su derrota sin haber logrado ninguno de sus propósitos. No se disolvió y las fuerzas de seguridad han seguido haciendo eficazmente su trabajo. La detención reciente de sus máximos dirigentes le ha permitido decir a alguna autoridad ministerial que lo que queda de ETA cabe en un microbús pequeñito. Es tan cierto ahora como lo era hace cuatro años.

En tanto llega esa disolución, quizá no sea ocioso recordar algunas cosas del otro final, el de la violencia, que nos ha permitido vivir cuatro años sin atentados, sin extorsiones y sin amenazas. El que se alcanzó por el trabajo y la tenacidad de todos, empezando por los jueces y fiscales, los policías y los guardias civiles; mediante el aislamiento internacional de la banda, el incremento del rechazo social en Euskadi y el permanente ejercicio de dignidad de las víctimas del terrorismo.

Siempre he mantenido que el atentado de la T4 aceleró ese final, en la medida en que permitió romper con la idea asentada en una parte de la opinión pública vasca de que, en realidad, ETA mataba para negociar y que sólo la terquedad extrema del Estado estaba impidiendo el fin del terrorismo.

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He sostenido siempre también que detrás del alejamiento entre ETA y Batasuna, clave para el final de la violencia, no se encuentra ninguna autocrítica de la izquierda abertzale, ni el repudio moral de la violencia ejercida durante más de cuarenta años por los asesinos, sino el puro y frío análisis estratégico: la evidencia de que ETA iba a perder y de que en su caída arrastraría a todo el entorno abertzale al definitivo fracaso y a la cárcel. De ahí el papel protagonista que atribuyo a las fuerzas de seguridad y a los servicios de inteligencia en todo este final: una ETA fuerte no hubiera permitido nunca el alejamiento de Batasuna. De la misma forma que una Batasuna sin el acoso policial no se hubiera visto impelida a separarse de ETA.

Cualquiera que se haya acercado al terrorismo de ETA puede entender con facilidad la importancia que para alcanzar su derrota ha tenido la política penitenciaria. En los últimos años de violencia etarra el número de terroristas encarcelados superaba con mucho al de militantes activos fuera de las prisiones españolas o francesas. Las disensiones entre Batasuna y la banda alcanzaron también a este ámbito. Es más, podríamos decir que desde entonces no han cesado.

Es en este contexto en el que se decidió poner en marcha la denominada vía Nanclares, fijando con claridad las líneas rojas de la actuación del Estado en esta materia: decisiones individuales, condena de la violencia, reconocimiento del daño causado y, por supuesto, nada de amnistías. El estricto cumplimiento de la ley, en suma. Es un marco plenamente vigente en el que, sin duda, caben modulaciones de la política penitenciaria para contribuir al final ordenado de la violencia. Un final cuyo retraso incumbe a ETA, y cuyos principales perjudicados son la izquierda abertzale y los propios presos.

Uno de los fenómenos más notables de la historia reciente de nuestro país es la forma en que más de cuatro décadas de terror han quedado atrás en apenas cuatro años. Pero hay personas para las que el olvido va a ser muy difícil. Personas que sufrieron en sus propias vidas la agresión de los violentos; hombres y mujeres que tienen todo el derecho a reclamar que con ese olvido no se acabe negando su sufrimiento. Si permitimos que la historia de estos años la escriban los verdugos, no sólo saldrían perdiendo la verdad y la justicia.

Si la versión ficticia de los perdedores se impusiera, las víctimas volverían a ser agredidas. Por eso hay que seguir recordando, las veces que haga falta, que, como ya he dicho, el final de la violencia no fue una concesión de la banda; que la renuncia a la extorsión no fue fruto de la autocrítica, y ni mucho menos del arrepentimiento. Muy al contrario, fue una derrota en toda regla, una victoria con la que los terroristas pretendían acabar.

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Artículo completo: El País 

Alfredo Pérez Rubalcaba 
Político socialista. Fue ministro del Interior entre 2006 y 2011 con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero