Slow cities: ciudades en las que se vive con calma

Slow cities: ciudades en las que se vive con calma

Ser habitante de una gran ciudad supone estar sometido cada día a un ritmo frenético, a una presión persistente que obliga a estar permanentemente activo, como una pieza de un acelerado engranaje, realizando constantemente tareas predeterminadas por un horario en el que el tiempo apremia. Un ajetreo impuesto por la vida moderna que llega a pasar factura en la salud y el bienestar de los ciudadanos.

Por esta razón, son numerosas las ciudades en el mundo que apuestan por ralentizar el ritmo en que funcionan –una dinámica que se inscribe en el conocido “movimiento Slow”– con el fin de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, a los que solo se les debería exigir ser más felices.

El concepto de vida “Slow” tiene sus orígenes en Italia; parte de la iniciativa Slow Food que nació como respuesta contraria a la proliferación de franquicias de comida rápida, los Fast Food, reivindicando las comidas tradicionales, más naturales, cocinadas y saboreadas sin prisas. Una idea que atañe exclusivamente a la alimentación pero que puede extrapolarse al ámbito general de la vida, tal y como sostiene Paolo Saturnini, uno de los fundadores de la organización Cittaslow: “La filosofía ‘slow’ no sólo se aplica a lo que come y bebe, sino a todos los aspectos de la vida en la ciudad”.

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Saturnini fue alcalde durante los años 90 de la localidad italiana Greve in Chianti, donde sus vecinos pusieron en práctica la idea de vivir el día a día relajadamente, disfrutando del entorno natural que ofrece la Toscana. Los principios referentes de las “Slow cities” apuestan por el consumo de productos locales y de proximidad en un ímpetu por reivindicar las actividades autóctonas y tradicionales, poniendo en alza los rasgos culturales e identificativos de las distintas ciudades contra la creciente homogenización global.

En la actualidad hay 192 ciudades en todo el mundo, algunas tan relevantes como Barcelona, Tokio o Denver, que se han sumado en llevar a cabo acciones y programas para que sus ciudadanos puedan desarrollar una vida más pausada.

Los seguidores del movimiento enfatizan en el valor de las actividades de tiempo libre como los hobbies y el deporte (frente a considerar el trabajo como una prioridad por encima de todo) en las que además se cultivan las relaciones sociales y familiares. En su conjunto, se promueve un estilo de vida que facilita a las personas establecer un tipo de relación más cercana con todos los conciudadanos que le rodean.

Axel García Bolancel
Redacción

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Slow Food: 25 años promoviendo la ecogastronomía

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