Una casa llamada esperanza

Una casa llamada esperanza

Mónica y Álvaro son un matrimonio que colabora en la casa de acogida “San Agustín y Santa Mónica” de Cáritas Madrid, un recurso residencial para personas en situación de exclusión que necesitan una plataforma para comenzar su reinserción social.

A esta pareja la han definido como “una de las más comprometidas y entregadas en Cáritas Madrid”. Su labor consiste en trasladarse a la casa los viernes por la noche, donde permanecen hasta
el sábado por la mañana. En este tiempo conviven con los residentes para hacerles sentir en familia: cocinan, charlan, ven alguna película.

Tanto a Mónica como a Álvaro se les nota la enorme motivación que tienen hacia este proyecto: “les encanta, les llena profundamente este voluntariado”.

“La labor es básicamente estar allí para darles tu compañía y relacionarte con ellos, ser uno más en quien pueden confiar y que les va a ayudar en todo lo que esté en nuestra mano, desde ayudarles a hacer un curriculum hasta darles un rato de charla por un problema que tienen y no quieren contar a nadie más”, comenta Álvaro.

Reconocen que en un principio pretendían probar eso del voluntariado durante unos quince días, pero que la experiencia les enganchó: “desde hace dos años vamos todos los viernes, y en vacaciones aún más días”.

Se refieren a su centro como “la casa de la esperanza” porque es lo que allí ofrecen: una oportunidad para salir con una situación normalizada. Las personas que cumplen con éxito este proceso nunca se desvinculan del proyecto, vuelven a ayudar y generan más comunidad y más esperanza para todos.

Los voluntarios recuerdan algunos de los casos más motivadores con que se han encontrado: “hay un chico con problema de adicción que estuvo en la casa todo el proceso y lo hizo muy bien con mucho esfuerzo y ahora ha conseguido un trabajo de lo que él quería, pagándose un alquiler y con nuevos hábitos que le están ayudando a salir adelante”. Definen como “brutal” la alegría que sienten cuando estas personas consiguen salir adelante, muchos de ellos ya convertidos en amigos después de muchos meses de convivencia.

“Yo no podría concebir mi vida sin este voluntariado”, aseguran, “lo que nos da mucha pena es no poder hacer más, ir más días”. Y es que aseguran que el voluntario es el primer beneficiado del proceso de compartir que se abre entre las dos partes.

Allí olvidan sus problemas personales o laborales, sienten que aportan algo bueno, salen cargados de felicidad y de cariño gracias a la enorme entrega de la gente.

Aunque la mayoría de la gente reacciona muy positivamente cuando escuchan experiencias como la de Álvaro y Mónica, hay quienes aún tiene cierto temor a asomarse al lado “feo” de la vida. Pero algo que aporta tanto a todos los que participan de ello, algo que remueve conciencias, que da esperanza a quienes más difícil lo tienen, que ayuda a salir adelante, no puede ser tomado sino como un grito de esperanza, de que es posible ayudar entre todos a superar las dificultades y pruebas que la vida nos ponga, con altruismo, humildad y generosidad.

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