La desigualdad se puede cambiar.

La desigualdad se puede cambiar.

Luz y taquígrafos. Mientras el presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker, asegura impávido que “no hay ningún conflicto de interés” sus camaradas europeos se debaten entre la ética o seguir guardando los trapos aún sucios.

El último escándalo por los acuerdos fiscales a medida del Ducado de Luxemburgo catalogado como “LuxLeak” –destapado gracias a las investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas – fija de nuevo la atención y denuncia en la “casta política” desde las alturas cuando dinero y privilegios no parece la mejor combinación.

Tras el “resacón” a costa del contribuyente los ciudadanos de a pie ya no digerimos tal sucesión de engaños.

Por suerte en una cámara más apretada la irrupción de nuevas formaciones unidas bajo un mismo compromiso social puede ser el mejor interventor contra la oligarquía parlamentaria.

Significa que los recién llegados vienen a ejercer una presión necesaria a los comisariados que hasta ahora en connivencia hacían la vista gorda de algo que se sabía o cuanto menos se adivinaba.

No sabemos qué pensaría hoy el bueno de Adam Smith, si ya mucho antes de experimentar el capitalismo salvaje consideraba que los políticos manejaban demasiado dinero y lo despilfarraban sin freno. A falta de una economía que aterrice en cifras los grandes ideales, la gente corriente no entiende ni tiene por qué entender sobre políticas de ajuste y recortes a gran escala.

No por ello menos tontos, hace tiempo que las confusiones intencionadas y cortinas de humo dejaron de ser efectivas.

Mucho más fácil es comprender que la única condición a cumplir es la honestidad de quiénes esperamos lleven nuestros impuestos a buen recaudo.

En una reciente entrevista a la revelación del panorama económico, Thomas Piketty, éste proponía en favor de una sociedad más equitativa un impuesto universal progresivo para millonarios.

Sin embargo, y visto lo visto, las grandes corporaciones deberían ser las primeras en ser regladas bajo un impuesto de sociedades común.

Frente al escándalo la Unión Europea tiene la oportunidad de demostrar su solvencia en conjunto. Atendiendo que la solidaridad entre pueblos es uno de los valores de su génesis recuperar el crédito pasa por penalizar a los países que hacen la trampa en detrimento del resto.

En un nivel más complejo pero forzoso el hecho de contemplar una fiscalidad única en correspondencia lógica al euro podría equilibrar en el mapa las distintas fuerzas.

Con reformar estos aspectos estructurales y seguir los principios de la transparencia uno imagina que la desigualdad es solo un problema con solución conocida: la voluntad de cambiar.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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