Aires de revolución.

Aires de revolución.

“Sí se puede” es el lema de una población empoderada que hoy al igual que ayer reivindica sus derechos de “Libertad, igualdad y fraternidad”. Distintas proclamas y periodos para llegar a un mismo sentimiento, perfectamente intercambiable, sincrónico en el tiempo.

La Revolución Francesa es considerada por muchos el acontecimiento más importante antes de nacer el mundo moderno. Como un estallido lo antiguo quedó reducido a polvo y en su lugar se construyó un nuevo orden social unido al logro de libertades personales.

Con lógica el contexto actual parece seguir el rastro de aquellos vestigios. A la luz de la razón cuando intelectuales como Voltaire, Montesquieu o Rousseau plantaron la semilla – herencia que recogen los Piketty, Jeremy Rifkin hasta un transgresor Papa Francisco I – la pasión del pueblo se desata sin nadie que la frene, ni amenazas, ni las más duras represiones. De perdidos al rio pues poco más se puede perder  ya.

Entonces los ciudadanos son dueños de su propio destino, empiezan a creer que pueden cambiar la sociedad y se abren a nuevas alternativas con la esperanza de cumplir sus necesidades colectivas. Una red de millones de personas unidas también en pensamiento, sentir y acción gracias al avance de las tecnologías en nuestra floreciente era digital.

Analizando las causas de aquella Revolución Francesa que alcanzó buena parte de Europa podríamos confundir el recuerdo con el presente.

El empobrecimiento de esos campesinos, inmensa mayoría, hoy reconvertidos en una clase media diezmada por la subida de impuestos; el auge de una ideología reformadora que propone devolver la soberanía al pueblo sumado a la ineptitud de un cortijo político más preocupado en guardar sus espaldas y  perpetuar sus privilegios que en cumplir un verdadero servicio.

De aquellos barros, estos lodos. Lo que nos sucede a nadie y menos a los políticos debería encontrarlos desprevenidos. Aún lo mucho que nos enseña la historia, grandes lecturas o el simple día a día no es suficiente para iluminar  las cabezas solo completas por un ego desmedido, ínfulas de divinidad.

La historia por todos conocida, el final también. Nunca el cielo se tomo a la fuerza y más en el caso de los políticos supeditada a la satisfacción del pueblo, esta muchedumbre que brota desde abajo pidiendo a gritos un cambio positivo.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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