Las granjas éticas y su vuelta a los orígenes

Las granjas éticas y su vuelta a los orígenes

En los últimos años la conciencia por el sufrimiento animal y sus derechos ha aumentado tanto que se podría decir que está “de moda”. Cada vez más gente muestra su preocupación y voluntad de cambio frente a un modelo impuesto que a muchos les parece éticamente reprobable.

Pero cuesta mucho cambiar un estilo de vida y no todo el mundo se ve capaz de hacerse vegetariano o incluso vegano, un paso más en esta filosofía que defiende un modo distinto de relacionarse con nuestro entorno y que, aunque suele hacer referencia específica a las personas con no comen ningún producto de origen animal, los que se definen así defienden que es mucho más que eso.

Para los que no se sienten con la voluntad suficiente de modificar su dieta, o no se lo puede permitir, desde Estados Unidos llega el movimiento de las Granjas Éticas. El concepto sería garantizar la calidad de vida de los animales mediante una vida al aire libre, ejercicio, cariño y alimentación natural. Y por supuesto una muerte digna.

Estas granjas también cultivan frutas y vegetales con el mismo concepto ecológico: sin fertilizantes químicos ni modificaciones genéticas. A la antigua usanza, respetando las características de las estaciones y las necesidades de la tierra y sus frutos, pero usando las nuevas tecnologías y los conocimientos actuales después de una correcta investigación.

“Mantener una granja como esta requiere mucho conocimiento y una constante reeducación” dice Alice Skipton, co-fundadora y directora de Heyday Farm. En estos centros promueven, además, las visitas para que la gente pueda experimentar la típica vida de campo, interaccionar con los animales y probar alimentos elaborados con los productos resultantes.

Uno de los mayores promotores de este movimiento es Ethical Farms.Org, una organización sin ánimo de lucro que trabaja para el surgimiento y mantenimiento de estas instalaciones “pequeñas y familiares que promuevan alternativas humanas al abuso de los animales”, escriben en su web. Según explican “creemos que hay una manera moderada y sostenible de consumir menos productos animales y a través de una creciente sensibilización pública, creemos que representamos a una nación (Estados Unidos) que no perdona el abuso masivo de las granjas industriales”.

Esta agrupación está en contra de la forma en la que se trata a los animales en las granjas convencionales, lugares en los que los animales viven en condiciones insalubres, se les administra antibióticos indiscriminadamente para tratar las constantes heridas e infecciones que sufren consecuencia las lesiones autoinfligidas y del hacinamiento en el que viven.

También, son alimentados con comida transgénica que les hace crecer y engordar más rápido de lo habitual, con frecuencia hasta límites antinaturales. Aunque la peor parte es saber que muchos animales son torturados en el proceso de la matanza e incluso defienden que en ocasiones son mutilados o despellejados mientras aún están vivos.

Este movimiento entra en conflicto directo con el del veganismo, que defiende que el consumo de productos animales nunca será ético porque produce sufrimiento animal al ser sacrificados a edades tempranas y el ser humano, al fin y al cabo, es capaz de subsistir sin consumir su carne ni derivados. Además, estudios recientes apuntaban que las vacas son las mayores productoras de gases invernadero, y por tanto, causantes directas del calentamiento global. La producción masiva de estos animales para el consumo humano es el origen de este curiosa e inesperada situación.

Sea como sea, existe un movimiento creciente de vuelta a los orígenes. La vida moderna, con su estrés y la impersonalización de la globalización, que se traduce en grandes superficies alimenticias y macroempresas de las cuales desconocemos los métodos de producción. Internet tiene, como siempre, su parte de culpa en esto. Ya no resulta tan fácil esconder verdades incómodas y malas prácticas. Es el ciudadano de a pie el que tiene la sartén por el mango y reclama un mundo más justo, más ético, más equilibrado.

Pequeños proyectos como este demuestra que esas preocupaciones no son aisladas, si no colectivas. La suma paulatina de más y más gente los acaba convirtiendo en movimientos poderosos que hacen de nuestro mundo, un lugar más habitable.

Ana Sánchez
Redacción

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Ir hacía la compasión global 

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