La ciencia comprometida

La ciencia comprometida

Mil millones de personas no tienen acceso a agua potable. Muchas de ellas, la mayoría mujeres, deben recorrer varios kilómetros diariamente para abastecerse, empleando entre tres y nueve horas cada vez, y lograr unos 15 litros de agua. Estos millones de personas no son clientes objetivos de las grandes empresas tecnológicas, de modo que no se hace ningún invento pensando en ellas. No es así como piensan Pettie Petzer y Johan Jonker.

Esta pareja de sudafricanos ideó hace veinte años el Hippo Roller. Un bidón de plástico hiperresistente, transportable como si fuera una carretilla, y con una capacidad de hasta 90 litros. Ya se han distribuido más de 44.000 unidades en 20 países gracias a Grant Gibbs, aunque reconoce que para alcanzar el 1% de las personas que deben desplazarse para conseguir agua potable se deberían distribuir 12.000 bidones al mes durante diez años.

No son los únicos que consideran que la ciencia y la tecnología no deberían regirse por criterios meramente comerciales y lucrativos, sino que deberían atender las necesidades básicas de la población más necesitada. Unos diez años atrás, un grupo de estudiantes del Instituto de Diseño de la universidad de Stanford empezó a pensar cómo reducir la mortalidad infantil causada por la hipotermia en los países en vías de desarrollo. Concibieron una incubadora portátil con un coste de sólo 25 dólares (las convencionales valen 15.000) y que no necesita electricidad. Es una idea sencilla cuyos beneficios económicos no merecerán mención en el Financial Times, pero que ya ha salvado cientos de miles de vidas.

Existe un movimiento global creciente de científicos (médicos, ingenieros, diseñadores industriales) que no buscan enriquecerse sino satisfacer necesidades básicas de la población con menos recursos, y para ello emplean también una terminología que se adecue a la nueva realidad: emprendimiento humanitario, tecnología social o ciencia comprometida.

La ciencia, al fin y al cabo, no es algo que pueda autorregularse, y siempre tienen una intención, una dirección. Piénsese sino en la bomba atómica o la investigación armamentística.

O piénsese en Mikkel Vesteergard Frandsen. Preocupado por los estragos que causaba el gusano de Guinea, un parásito que se introduce en el cuerpo a través de agua contaminada, inventó lo que ahora se llama pajita de la vida, LifeStraw. Esta pajita contiene unos filtros que eliminan el 99% de los parásitos y bacterias del agua, y tiene una capacidad de filtración de hasta 700 litros. Es difícil contabilizar el número de vidas que ha salvado; Vesteergard, sin embargo, no figura en ninguna lista Forbes.

En la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) se encuentra el Centro de Cooperación para el Desarrollo (CCD), desde el que fomentan que los estudiantes dediquen sus proyectos de final de carrera a hallar soluciones a realidades concretas e impulsar proyectos de cooperación. “No todos los futuros ingenieros piensan sólo en ganarse muy bien la vida y cobrar mucho dinero.

También tienen conciencia social y pueden aportar mucho a estos países”, afirma Antoni Sudrià, profesor de la UPC y director del Citcea, un centro de transferencia de tecnología de este centro.

Sólo el 4% de los nuevos fármacos y vacunas que se produjeron entre 2000 y 2011 estaban destinados a las enfermedades que azotan a los países pobres. Y sólo uno de cada diez inventos están pensados para el 90% de la población mundial. Dicho de otra forma, nueve de cada diez inventos se desarrollan para los 700 millones de humanos que sí tienen poder adquisitivo.

Parece imperativo, por lo tanto, que se implemente en la sociedad un cambio de concepción sobre la utilidad y la finalidad de la ciencia y la tecnología. En lugar de supeditarla al rendimiento económico y los márgenes de beneficio, deben primarse sus implicaciones sociales y ecológicas.

Una ciencia comprometida con la salud de los seres humanos independientemente de su riqueza u origen. Una tecnología cuyos beneficios puedan ser compartidos socialmente por amplias capas de población, en lugar de ser monopilizados por una elite. Y gracias a científicos como Jonker, Petzer, Vesteergard o Sudrià tenemos la esperanza de que en el futuro más y más seres humanos disfruten de los avances tecnológicos.

Alfonso Barguñó Viana
Redacción

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