Correr para no cansarse

Correr para no cansarse

Correr. Correr. Siempre se presupone que uno corre para escapar de algo, para llegar a algo, se supone que cuando uno corre tiene prisa, urgencia, se le supone la necesidad de la rapidez, de reducir el tiempo que separa dos puntos en el espacio. No es una actividad gratuita.

Porque lo normal, lo natural para el cuerpo humano es caminar. Las articulaciones y la columna están preparadas para recorrer largas distancias, poco a poco y con buena letra, y no para el impacto óseo que se da al correr. Pero corremos, porque se va el autobús o porque nos persigue un tigre. Y más. A veces incluso corremos por el mero hecho de correr. Y lo hacemos porque nos gusta. ¿Nos gusta?

Es una moda, una tendencia con cada vez más adeptos. No se trata de correr simplemente, al fin y al cabo esto no podría ser ni una moda ni algo transitorio: siempre hemos corrido y siempre correremos. Se trata de correr como una forma de liberarse. Una terapia antiestrés gratuita, una fuente de placer natural que sólo requiere determinación y esfuerzo por nuestra parte. No necesitamos a nadie más. Ésta es su trampa y su ventaja.

La trampa, a tenor de sus críticos, porque hace de ella una actividad eminentemente solitaria, aunque no individualista. También les reprochan a los corredores la ausencia de competición. Pero, ¿acaso en el mundo en el que vivimos es necesario competir siempre? ¿No es ya la competición y la competencia un sustrato omnipresente del capitalismo? Y, cuando uno corre, ¿no compite contra su peor enemigo, es decir, contra sí mismo? Éste es quizá uno de los elementos más adictivos, la superación continua, ver cómo uno avanza y progresa, de los 15 km semanales a los 40 km, en sólo unos meses. O tal vez más, qué importa. Porque corriendo es uno mismo quien se impone sus retos y sus límites. Ésta es la ventaja.

Ahora bien, en un tiempo donde casi cualquier conducta es susceptible de ser adictiva, correr no es la excepción. En 2008, un equipo alemán liderado por Henning Boecker, especialista en neuroimágenes, demostró la llamada teoría opioide: el esfuerzo físico genera endorfinas que en nuestro cerebro tienen un efecto de euforia. Después de una actividad física considerable, nos sentimos mentalmente mejor, más relajados, más asentados sobre nuestros dos pies. Pero esta sensación de bienestar puede conllevar que dejemos de lado otras ocupaciones familiares o laborales. Son raros los casos, pero en Estados Unidos, donde la afición por correr es cada vez mayor, ya existen equipos de investigación que tratan de identificar patrones adictivos en los corredores.

Jean Echenoz publicó en 2010 un libro titulado Correr (Anagrama), una biografia literaria de Emil Zápotek, un corredor checoslovaco considerado uno de los mayores deportistas de todos los tiempos que hizo de su don una forma de lucha contra el régimen comunista: “Correr es lo que le daba la vida, pero al mismo tiempo se la robaba, porque le quitaba todo el tiempo, le arrebataba casi todo. Él corría para huir de la dictadura, pero, a la vez, para el régimen era un símbolo, un ejemplo y un rehén, todo junto. Además, está esa ambigüedad de un tipo obligado a obedecer al régimen que, al mismo tiempo, corre porque su carrera es una manera de luchar.” Correr aúna un conglomerado de contradicciones, de las cuales la más patente es que uno corre para cansarse (físicamente) pero, sobre todo, para no cansarse (existencialmente).

Los científicos hablan de endorfinas; los escritores, de existencia. Porque también entre los escritores la afición de correr ha calado hondo. Joyce Carol Oates es una reconocida corredora, y tiene su propia visión tenebrosa sobre la cuestión (acorde al tono de sus libros): “Si escribir acarrea un castigo, al menos para algunos de nosotros, el acto de correr, incluso en la vida adulta, puede evocar penosos recuerdos de haber sido, mucho tiempo atrás, cuando éramos niños, perseguidos por verdugos.” También se puede añadir que no hace falta que nos persiga nadie. Tal vez seamos nosotros los que persigamos algo. Y ni siquiera es necesario saber qué.

Haruki Murakami, un literato japonés que cada mañana sale a recorrer las calles y que escribió De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets), declaró en una entrevista: “De todas las cosas que comportó para mí la experiencia de la ultramaratón, la más significativa no fue de carácter físico, sino espiritual. (…) El acto de correr se hallaba ya en un ámbito que rozaba casi lo metafísico. Primero estaba el acto de correr y luego, como algo inherente a él, mi existencia. Corro, luego existo”.

Quizá se podría definir a los corredores actuales como unos monjes de la anticompetitividad o unos buscadores de límites interiores. Pero no hace falta ponerse tan profundos. Al fin y al cabo, correr sólo es correr, y los beneficios para la salud mental y física están demostrados, se les ponga el nombre que se les ponga. ¿Corremos contra el estrés, corrermos por la existencia, corremos por la salud? Correr, correr, correr. Así de sencillo.

Alfonso Barguñó Viana
Redacción

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