La catarsis del odio.

La catarsis del odio.

La llegada del verano marca el punto álgido de todo un año. Cuando los extremos se tocan el calor precede a violentas tormentas, la vivacidad al sopor, mientras algunos animales hibernan otros encuentran su máximo esplendor. La paradoja es su razón de ser y puede precisamente de forma irónica llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

Este ha sido un verano atípico, | más si cabe, rompiendo con los pronósticos que auguraban un clima más árido; los incendios han sido menos por contra la acción negativa del hombre ha redirigido sus pasos. En tregua con la naturaleza pero en guerra con su misma especie, comportamiento este último que los psicoanalistas a lo largo de la historia han intentado explicar a través de diversas teorías.

Sigmund Freud consideró que las pulsiones de la muerte (Thánatos) se dirigen primeramente hacía el interior, tienden así a la autodestrucción; luego en un segundo plano se enfocan hacía el exterior manifestándose en forma de pulsión destructiva.

La catarsis del odio. Así lo hemos vivido durante estos meses estivales en medio de tanta virulencia; de Mali a Afganistán, de Ucrania a Siria no sin antes pasar por la Franja de Gaza. Un recorrido sangriento que cuenta sus muertos civiles por miles, las principales víctimas.

Mientras el suelo tiembla, parece casi abrirse bajo nuestros pies sorprende la inoperancia no solo de los organismos internacionales sino del resto de países con la suficiente implicación de vivir bajo el mismo mundo.

Frente a este panorama algunos no han dudado en equiparar por similitudes un escenario próximo a la “Gran Guerra” recuperando las suposiciones cíclicas, una historia la nuestra que se repite en bucle una y otra vez.

Algo que de vuelta al diván, el psiquiatra suizo Carl Jung considero como circunstancias proyectadas por el poderoso inconsciente “Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma”.

Porque tal vez debiéramos interpretar este déjà vú insistente y molesto como señal de aviso para corregir definitivamente antiguos patrones, redimirnos antes de que el cuerpo agonice definitivamente.

Poco antes de la Primera Guerra Mundial, Albert Kahn, un banquero convencido de la bondad de los hombres intentó detener el estallido mediante un proyecto fotográfico “Les Archives de la Planète (Los Archivos del Planeta)”, un compendio de imágenes de culturas, monumentos y seres humanos que pretendían servir de conocimiento mutuo entre los pueblos.

Basta imaginar hoy cómo las nuevas tecnologías pueden ayudar en la difusión de iniciativas y conexión solidaria entre ciudadanos. Los esfuerzos de personas como Kahn llegan como testimonio a nuestro días con más vigencia, también como ejemplo de coraje unido a la creatividad para movilizar a los organismos internacionales y frenar así la barbarie.

La oportunidad existe, es real, no hay que olvidar que todo instinto tiene su antagónico. Cuando uno analiza los males que ocupan el mundo subyace una falta de amor, porque no hay razón más poderosa, a través de ella se enseña y aprende tolerancia, aceptación y diálogo. Sabemos que el amor cura, una terapia que aplicada permitirá más fácil después de la tormenta que llegue la calma.

Y a pesar de todo, aún por encima del catastrófismo, no hay que olvidar el mundo es cada vez más pacífico, aún cuando pueda resultar chocante.

La gravedad del contexto anula muchas veces la perspectiva pero lo cierto, tal y como acreditan múltiples informes (por ejemplo un reciente estudio del Human Security Report Project), es que hay menos guerras y son cada vez menos mortales.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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