El mundo se reinventa.

El mundo se reinventa.

Si hay algo que el hombre no pierde, más agudiza en tiempos difíciles, es su creatividad. Porque precisamente en el contexto que nos atañe frente a la necesidad de reformar estructuras y ofrecer nuevas soluciones, tal y como afirma el periodista y popular escritor Javier Sierra, el mundo se reinventa. Es este despertar el que puede salvarnos y echar por tierra aquello que ya no necesitamos. 

Pasó una noche solo en la Gran Pirámide de Egipto y se casó en la mezquita de Córdoba con la bendición del entonces papa Benedicto XVI. Es la cara menos conocida del best seller Javier Sierra: cinco millones de ejemplares de sus novelas, publicadas en 43 países.

Nació en Teruel, lugar de gestas medievales y dinosaurios, tierra de frontera y cruce de culturas, y no debió ser cosa del azar porque salta a la vista que este escritor absorbió de esa tierra los misterios de la Naturaleza y los enigmas de la Historia. Bajo sus cielos nocturnos -los astrónomos aseguran que están entre los más limpios de contaminación lumínica de la Europa continental- asegura que tomó consciencia de nuestro ínfimo lugar en el cosmos y de la chispa divina que existe en cada uno de nosotros.

Se casó en 2005 con Eva, el amor de su vida, cordobesa, bailarina y economista. Por un golpe del destino, quien escribe estuvo con la pareja en su viaje de luna de miel a Egipto y compartimos un crucero inolvidable por el Nilo en el que pedí a Eva que bailase la danza del vientre. Parecía una diosa. Quizá eso explique que en su nueva novela, La pirámide inmortal (Planeta), publicada esta semana, los protagonistas sean Napoleón Bonaparte y una exótica bailarina que lo inicia en los secretos de Isis y de Osiris. Es, de algún modo, la novela de su vida. La que ha escrito y reescrito poniendo el alma en cada renglón.

La pirámide inmortal gira en torno al gran anhelo -aunque también al gran tabú- de la H umanidad: vencer a la muerte. ¿Qué cree que hay más allá de ésta?

Algo parecido a lo que debía haber antes de llegar a esta vida. Un estadio donde la conciencia no necesita de materia para evolucionar. Naturalmente, no puedo demostrarlo con los parámetros de la física, porque la conciencia se escapa a las leyes de la materia.

La novela habla también de la noche que Napoleón Bonaparte pernoctó a solas en el interior de la Gran Pirámide. ¿Es esto históricamente cierto?

Muy cierto. Lo hizo en vísperas de su trigésimo cumpleaños, en la madrugada del 12 al 13 de agosto de 1799. El entonces precoz general Bonaparte llevaba un año atrapado en Egipto, asediado por las tropas británicas de Nelson, y justo antes de su huida en secreto a Francia decidió pernoctar allí.

¿Por qué lo hizo?

Le he dado muchas vueltas a ese asunto y al final creo que la clave se esconde en sus lecturas de juventud y en la visión mítica que se había hecho de Egipto antes de lanzarse a su campaña. Napoleón había leído que César y Alejandro habían superado una prueba de valor suprema enfrentándose a sus propios demonios en el interior de ese monumento milenario y él no quiso ser menos.

Sin proponérselo, orquestó todo un acto mágico: pernoctando allí unió su reputación y su destino al de los dos militares a los que tanto admiraba. Aquella experiencia, no obstante, se quedó en su esfera íntima. Nunca quiso hablar de ella ni que sus biógrafos la hicieran pública. De alguna manera creo que la convirtió en una especie de sanctasanctórum personal en el que refugiarse en momentos de tribulación… que fueron muchos.

¿Es verdad que usted también pasó una noche de soledad en ese lugar?

(Sus ojos brillan). Eso ocurrió en 1997, durante uno de mis primeros viajes a Egipto. Fue una locura. Lo sé. En aquel entonces había caído en mis manos un viejo libro de Paul Brunton, El Egipto secreto, en el que ese viajero inglés -a quien se atribuyó la introducción del yoga y la meditación en Occidente- contaba las extrañas visiones que había tenido en la Cámara del Rey de la Gran Pirámide durante una noche en la que se quedó allí encerrado. Quise imitarle.

Por un lado deseaba comprobar la veracidad de su relato pero, por otro, necesitaba aclarar de una vez por todas qué pudo pasarle a Napoleón allá dentro. Aquella experiencia de aislamiento y oscuridad total fue muy reveladora. Al año siguiente, en 1998, publiqué mi primera novela y supe que la mejor forma de dar salida a lo que había sentido allí dentro sería en clave literaria. Por eso he escrito La pirámide inmortal.

Una noche en la Alhambra

¿Otro encierro imposible que le quede por cumplir?

Me gustaría una noche encerrado, a solas, en el Museo del Prado, en la cueva de Altamira o en la Alhambra. Por pedir…

La gran protagonista de su novela es una exótica bailarina llamada Nadia ben Rashid. ¿Cuánto hay en ese personaje de Eva, su esposa, que es bailarina y a la que conoció precisamente en Egipto?

En realidad Eva y Nadia sólo tienen un parecido: ambas poseen una voluntad de hierro y se crecen ante las dificultades. Pero Nadia tiene la cabeza más en las nubes; de algún modo es alguien que conecta con mundos sutiles, invisibles, y Eva, por el contrario, es mi valedora con el mundo real. Sin su ayuda no podría dedicarme tan en cuerpo y alma a la creación.

Por cierto, os casasteis por la Iglesia en la mezquita de Córdoba y hasta recibieron una bendición del papa Ratzinger…

Es verdad. Elegimos la mezquita porque, más allá del rito eclesiástico, ambos creemos en el poder de los símbolos. Fue algo muy meditado. Bajo la actual mezquita se levantó un templo romano a Venus, más tarde una sinagoga y después un templo a Alá. Carlos V la consagró como Catedral aunando en un mismo suelo a las tres religiones del libro -o abrahámicas: judaísmo, cristianismo e islam- y una pagana. No fuimos capaces de encontrar un lugar tan cargado de emociones seculares e inquietudes por lo sagrado como ese. En cuanto a la bendición del Papa (vuelve a sonreír), fue una sorpresa de Paloma Gómez-Borrero, que se la trajo de Roma con Ratzinger recién sentado en el trono de San Pedro…

¿Su relación con la religión?

Mis padres son católicos y en casa la religión estuvo presente más o menos como en todos los hogares de la España de los 70. Misa de domingo, fiestas, entierros, bodas y comuniones. No obstante, en cuanto cumplí los nueve o 10 años empecé a hacerme preguntas para las que la Iglesia no me daba respuestas claras. Una noche, tras ver a Carl Sagan en Cosmos, recuerdo que pregunté a mi tío José, sacerdote, que si había tantos planetas habitados en el Universo cómo era que Dios se había fijado en éste, tan pequeño, y nos había enviado a su hijo único. ¿O es que Jesús también se había encarnado entre otras criaturas? ¿O acaso había otros hijos únicos entre las otras razas inteligentes del Universo? Claro, mi tío no supo qué decirme… Aquel día la religión empezó a quedárseme corta.

¿Reza?

Ya no. Medito, que da más cobertura al alma. Es más completo. Permite establecer un diálogo con lo trascendente y no sólo un ruego.

Lo de bascular entre amor y muerte de su última novela me recuerda la leyenda de los Amantes de Teruel, que murieron por amor…

Algo de eso es cierto. La fuente de la que bebe todo escritor es su infancia y la mía la pasé escuchando esa historia de amor cortés en la que un hombre y una mujer de clases sociales incompatibles se dejan morir de amor antes de resignarse a estar separados. Shakespeare destiló esa leyenda en su Romeo y Julieta… pero el origen está aquí. En la dramática España.

Mirada de niño

Hablando de infancia. Le he oído decir que aprende mucho mirando cómo juegan sus hijos…

¡Desde luego! Tienen 7 y 5 años y una sorprendente capacidad para crear historias a partir de cualquier pequeña observación. Y como siempre he luchado por conservar mi mirada de niño, aquella que te hace disfrutar y preguntar por todo, ahora disfruto como nunca sumándome a su visión del mundo.

Créeme: los niños son verdaderos sabios. Lástima que nos empeñemos en estandarizarlos con programas educativos y actitudes parentales tan rígidas como las nuestras…

¿A qué se refiere?

Le pondré un ejemplo. Justo antes de publicarse esta nueva novela, mis editoras estuvieron en casa para mostrarme algunos bocetos de la portada. Mi hija pequeña se nos acercó en mitad de la reunión y, tras curiosear lo que hacíamos, se marchó corriendo a su habitación. Al cabo de un rato volvió con un puñado de folios garabateados. Había escrito un libro, Sofía Sierra y los hombres prehistóricos, y le pareció lo más normal del mundo pedirle a mis editoras una portada para su obra. A eso me refiero. La niña se había sentido capaz de hacer un libro porque nadie le había dicho en casa que eso no era posible para alguien que apenas sabe escribir. Ahora ya piensa en hacer una serie de dibujos animados con su hermano… No tiene límites.

Pues de límites es la próxima pregunta. ¿Es de los que cree que estamos, estuvimos y estaremos hasta la eternidad?

¡Ay! Lo único que permanece son nuestras obras, aquello en lo que pongamos nuestra impronta más personal, nuestra energía. Y como dicta el primer principio de la termodinámica, la energía nunca se destruye, sólo se transforma. Esa es, pues, nuestra fórmula para lograr la inmortalidad: crear.

¿Qué se siente cuando se ve en el número uno de ventas en la prensa estadounidense, francesa, inglesa…?

Es una sensación curiosa. Yo soy un contador de historias. Busco atrapar la atención de mis lectores, pero hacerlo es siempre un desafío. Cuando das con algo interesante que contar y descubres que te leen personas de todas partes, te das cuenta de que el hombre se parece mucho, no importa su raza, idioma, religión o economía. Todos leemos para encontrar respuestas a nuestras dudas… y hay libros que te las dan. O, al menos, te acercan a ellas.

Los soldados aplaudían

¿Qué semejanzas ve entre el periodo histórico en el que se desarrolla la novela y el actual?

Por desgracia, muy pocas. Cuando Napoleón invadió Egipto llevó consigo un equipo de científicos en diversas disciplinas para que estudiaran la antigua civilización del país. Al llegar a Karnak, asombrados ante la magnitud de sus ruinas, los soldados rompieron a aplaudir rendidos de admiración. Cuando Estados Unidos tomó Irak en tiempos de Bush, sus hombres saquearon el museo arqueológico más impresionante de Oriente Medio. Hay, pues, sensibles diferencias.

¿Le preocupa el futuro de sus pequeños en esta España desangrada por políticos mediocres, que vacían las arcas del Estado?

¡Claro! Pero, a la vez, estoy convencido de que estamos viviendo un proceso de cambio profundo, planetario, que espero sepulte a los corruptos y cree un sistema social que valore más al que crea bienestar y riqueza que al que las gestiona.

Salvando las diferencias (de honor), algunos políticos me recuerdan a esos señores feudales que prometían seguridad a cambio de que el pueblo les confiase su trabajo. Cuando se hizo evidente su traición perdieron sus privilegios y el mundo se reinventó. Creo que estamos a las puertas de un cambio similar.

¿Qué opina de Podemos?

Me gustan más los que proponen una evolución que una revolución. Los últimos siempre han terminado por generar violencia de algún género, y esa sombra me genera inquietud.

¿Se uniría a ellos?

La política nunca me ha tentado. Creo que el día en el que deje de estar omnipresente en nuestra vida y sea una simple herramienta de regulación social y no un fin en sí misma habremos madurado como civilización. De momento no veo en Podemos ni en ningún otro partido una respuesta a mi única aspiración en ese campo: la consecución de una sociedad justa, consciente y libre, que tenga cubiertas sus necesidades y pueda dedicar su existencia a aprender y, como dije antes, a crear. A ser pequeños dioses.

¿Qué es lo que más preocupa a la gente en la actualidad?

La supervivencia. Como siempre.

Entrevista de Isabel Pisano

Javier Sierra 
Periodista, escritor e investigador español 

Fuente: El Mundo