El corazón tiene razones que la razón no entiende.

El corazón tiene razones que la razón no entiende.

Mientras la Unión Europea trata en los últimos años de avanzar hacia una mayor integración – no hace tanto se planteaba una nueva fase ampliación – la realidad bien distinta marca el rumbo en dirección opuesta. La creciente desafección europeísta crece al mismo ritmo que lo hacen los nacionalismos: los casos de Escocia en Reino Unido, Catalunya en España o la propia Crimea en Rusia aún con diferentes matices parecen un claro toque de atención a las aspiraciones uniformadoras.

A pesar de lo vivido, algunos con buenas dosis de autoconfianza todavía consideran el nacionalismo una fiebre pasajera. Pero si nos retrotraemos al pasado y comprobamos como muchas de las ideas de la recién centenaria I Guerra Mundial se han extinguido con el paso del tiempo, en cambio el nacionalismo aún de forma oscilante resurge con fuerza en la manifestación de sus diversas formas.

“El corazón tiene razones que la razón no entiende” dijo en cierta ocasión el polímata Blaise Pascal, precisamente él un hombre de ciencias pero con un gran poso filosófico.

Pues en unos momentos en que domina la rigidez del sistema y se hace política sin alma, en cambio el nacionalismo ha sabido captar los anhelos de un pueblo desencantado apelando directamente a sus sentimientos más profundos, raíces primarias.

Idea un tanto romántica que en pleno s. XXI que no deja de perder vigencia, más enardecida incluso con la inestimable ayuda de las posiciones centralistas en su constante afán por replegar filas.

A estas alturas cualquiera sabe con solo un repaso de la historia que la represión, deseos de imposición u homogeneización han encontrado cual efecto rebote una respuesta contraria a su intención original.

La suplica a Escocia del primer ministro británico, David Camerón, ‘in extremis’ cuando ya se daba por hecho el “No” y tan convencidos que apenas habían prestado atención a la campaña ponen en evidencia otra vez, quizá la última, el poco mimo con el que se tratan las singularidades y requerimientos de cada uno de sus pueblos. No en vano ya otras ciudades de Reino Unido, también faltas de atenciones como Liverpool miran de reojo lo sucedido en Edimburgo.

Parafraseando el dicho popular “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar pon las tuyas a remojar” un contagio el del nacionalismo que subyace al fin y al cabo como expresión rebelde contra el viejo orden.

Son muchos los que han visto ciertos paralelismos a las revoluciones de 1848, más conocidas como la Primavera de los pueblos, entonces reconducidas bajo los parámetros conservadores motivo por el cual se sublevaron.

Algo que de vuelta al contexto que nos atañe pone en evidencia la necesidad de contemplar otras formas abiertas y tolerantes, nuevos modelos de estado cada vez más complejos, globales pero al mismo tiempo integradores, precisos pero libres.

Puede que para llegar a su justo equilibrio el corazón necesite también la compañía de la lógica pues las consecuencias de la pasión se auguran irrefrenables, sin embargo para hallarla y como máximo ejemplo se deberá buscar el camino del entendimiento. La única arma, el diálogo.

Todos sabemos el trágico final de la célebre historia Romeo y Julieta, un desenlace seguro distinto si los Caputelo y Montescos hubieran salvado sus diferencias.

El camino: escuchar, dialogar y cambiar.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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