Las personas mayores son la que cooperan más

Las personas mayores son la que cooperan más

DAU Barcelona se ha consolidado, en tan solo su segundo año, como la gran fiesta de la creatividad y los juegos de mesa y no es de extrañar: la entrada gratuita, dirigido a un público amplio y con juegos para todas las edades, su éxito estaba garantizado.

El objetivo del festival es fomentar los juegos de mesa y transmitir que son una actividad de creación en que el receptor final es siempre el protagonista absoluto. Que un juego es una creación hecha por y para personas y que, además, sirven para relacionarse de una forma directa con los demás a parte de enseñar respeto, tolerancia e incluso cooperación.

Todas estas características que captaron la atención de un grupo de investigadores de las universidades de Barcelona, Carlos III de Madrid y de Zaragoza, que se habían propuesto llevar a cabo un estudio para medir el nivel de cooperación en las personas, y ¿qué mejor lugar para encontrar a los participantes del estudio que el festival DAU? Así pues, durante el festival que se celebró en Barcelona en diciembre de 2012 se seleccionaron aleatoriamente168 personas de entre 10 y 87 años.

Los resultados del estudio mostraron que los jóvenes de 10 a 16 años tienden a tener un comportamiento más voluble a la hora de cooperara diferencia de los mayores de 66 años que encabezan el ranking del grupo de edad que más coopera.

Para llegar a estos resultados se presentó a los participantes, a través de una web desarrollada por investigadores del Instituto BIFI de la Universidad de Zaragoza, una versión virtual del dilema del prisionero, uno de los problemas de la teoría de juegos y que sirve para estudiar el comportamiento humano y, en este caso, la cooperación entre las personas. Ahora bien, ¿en qué consiste esteproblema?

El dilema del prisionero es un juego en el que los participantes pueden colaborar entre ellos o elegir egoístamente aquello que más les convenga. La decisión de un participante afecta directamente a lo que obtienen tanto él como su compañeroy la gracia del juego consiste, precisamente, en que un participante no sabe lo que elige el otro. Veamos un ejemplo. Imaginemos este contexto: La policía arresta a dos sospechosos pero no hay pruebas suficientes para condenarlos así que tras haberlos separado, visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, pero el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, solo serán encerrarlos durante seis meses por un cargo menor.

Obviamente, la decisión más sensata es que los participantes cooperen y lo nieguen todo para reducir el número de meses lo máximo posible para ambos. No obstante, la práctica ha demostrado que muchas veces alguien decide que prefiere confesar para salir directamente en libertad, y sentenciar al otro si lo niega, aún arriesgándose a que la otra persona también haya confesado y el resultado final sea, por tanto, que los dos pasen más tiempo en prisión.

Un tándem de cuestiones parecidas fueron las que tuvieron que responder los participantes de la investigación, distribuidos en grupos de cuatro personas. Dependiendo del resultado de cada ronda conseguían un determinado número de puntos que, después, se canjeaban en dinero que se les otorgaba a los participantes. Así pues, realmente había una buena motivación para cooperar, algo que, tal y como demostró el experimento, repetido posteriormente para confirmar resultados a 53 alumnos de 12 y 13 años del colegio JesuïtesCasp de Barcelona , a los niños no se les da especialmente bien.

“Los niños son más volátiles en sus decisiones, no siguen una estrategia fija, y son esencialmente cooperadores condicionales, ya que se fijan mucho más en su entorno. La tendencia de los niños es estar pendientes de los otros jugadores y reaccionar según lo que aquellos hagan, en vez de estar condicionados a sus acciones pasadas. Esto dificulta que se llegue a generar un entorno cooperativo”. El sentimiento de cooperación en los niños empieza a tomar importancia, según los investigadores, en la adolescencia.

Pero esto no es todo. El resultado del estudio también refuerza la idea de que ya que las personas mayores de 66 años son más cooperadoras, seguramente debido a que la capacidad de cooperación se va desarrollando al largo de la vida como muchas otras, estaría bien que se les valorara esa capacidad y se creara un lugar importante para ellas en la sociedad desde el que pudieran seguir cooperando.

Sería una manera de mejorar si se las tuviera más en cuenta y se las involucrara en proyectos que implicasen cooperación, ayuda y trabajo en equipo.

Alexandra Cuesta Ortal 
Redacción

Leer más:
Aprender empatía 

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