Justicia para todos.

Justicia para todos.

“Volverán. La vergüenza tiene mala memoria” escribió García Márquez en su novela “La mala hora”. Porque en un momento en que la justicia universal parece confinada es preciso recordar su indudable contribución como exaltación de virtud social.

Erigida bajo el amparo eurocentrista, alimentando sus raíces en la antigüedad clásica grecolatina ya Aristóteles la consideraba la suma de las virtudes en las relaciones sociales, equilibrio entre fuerzas y abrazo de aquella particular que no tiene entidad por si sola al ser subconjunto del todo.

No hace tanto, apenas dos décadas, la justicia universal vivió una época de esplendor avalada por múltiples procesos penales que llevaron ante los tribunales a dictadores y cómplices sin intervención de la Corte Penal Internacional: el chileno Augusto Pinochet, los argentinos Adolfo Schilingo o Ricardo Miguel Cavallo, entre otros.

En muchos la vieja Europa, especialmente España, fue con valentía precursora de estos procesos que acrecentó la conciencia internacional acerca de la necesaria cooperación pro derechos humanos y abandono de la impunidad.

Un espíritu que encarnaban jueces como Baltasar Garzón cuyo “Efecto Pinochet” enfatizó el sentido de la justicia más allá de las fronteras. Situación que ahora el mismo Garzón, asesor del fundador de WikiLeaks, Julián Assange, enfrenta casi como una isla en medio del océano. Al igual que en el caso de Edward Snowden, extécnico de la CIA, ya vimos la posición de múltiples país para aceptar su asilo.

Algunos quizá crean que la batalla está perdida, pero existen indicadores que el sistema judicial puede recuperar el crédito “la justicia es para todos” manifestó el rey Juan Carlos I en su discurso navideño del 2011.

Efectivamente los privilegios de alta cuna no han resultado ser un eximente en la decisión del juez español Castro que ha reafirmado la imputación de la infanta Cristina por dos presuntos delitos contra la Hacienda pública y uno de blanqueo de capitales.

En pleno debate más que nunca es tiempo de reconsiderar lo que todavía no se ha hecho y se puede cambiar. Lejos de dimes y diretes gubernamentales extraña que en pleno siglo XXI no se conciba como absolutos ciertos temas que nos afectan sin distinción de raza, nacionalidad, cultura o religión.

Cómo explicar a las futuras generaciones, los ahora niños, que narcotraficantes y pederastas cruzan fronteras porqué determinado país no tiene tal competencia mientras se pasan el marrón de unos a otros o se lavan las manos cual Poncio Pilato. Cabe recordar que la inoperancia no exonera de responsabilidad y culpa.

Hablamos de ética, derechos universales, sentido común, pero está claro tal como demuestran nuestros políticos es el menos común de los sentidos.

La ONU y demás organismos internacionales deberían estar al tanto de lo que acontece, si no es por nosotros al menos por los que vienen. Es la buena hora para no olvidar los valores que nos hicieron fuertes ante la adversidad.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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