Estilo Bergoglio.

Estilo Bergoglio.

La parresia de Bergoglio.
Una ceremonia sencilla, sin sobrecarga litúrgica y poco dispendio ornamental. Los damascos con la imagen de los dos santos, colgados de la fachada de la basílica, de un tamaño prudente. Contención. Había flores en el altar, pero la plaza de San Pedro no parecía un jardín botánico. Estilo Bergoglio.

Como estableció el Concilio Vaticano II -y reafirmó Juan Pablo II-, lectura del Evangelio en latín y en griego. La lengua de la Iglesia de Roma y la del patriarcado de Constantinopla. Occidente y Oriente entonando -con suave modulación el latino, con barbada gravedad el griego- el pasaje en el que San Juan relata la incredulidad de Tomás cuando los demás discípulos le explican que el Cristo resucitado acaba de visitarles.

Ocho días después, Jesús regresa y le dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino creyente”. Un pasaje muy popular del relato cristiano. Todos, alguna vez, hemos recurrido a Tomás. Si no me lo pruebas, no me lo creo. Juan, el más abstracto de los evangelistas, inscrito en la mentalidad popular. Ver para creer. En la fábrica, en el taller, en la oficina, en la cola del INEM: “Yo, como Santo Tomás, hasta que no lo vea, no lo creeré”.

En tiempos de internet, de ingeniería financiera, de deslocalización industrial y de dislocación política, ni siquiera estamos seguros de lo que vemos. Por eso tiene tanto éxito la actual reproposición franciscana de la sencillez. Volver a lo básico. Retornar a lo esencial. El programa de Bergoglio.

Una homilía tan austera como la ceremonia. Sobria, medida, sin espontaneísmos, sin improvisaciones argentinas, sin buscar el aplauso de los peregrinos, especialmente de los polacos, que siempre acuden a Roma con verdadero entusiasmo nacional. Sin un gesto simpático para la televisión. Esta vez no hay concesiones a la Mediática. Es la homilía de un jesuita estratégico.

Mira al pasado reciente y traza una perspectiva: Juan XXIII y Juan Pablo II son santos porque entendieron el sentido de su tiempo y no tuvieron miedo. Dice el Papa: “Fueron dos hombres valerosos llenos de la parresia del Espíritu Santo. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisonomía originaria, la fisonomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos”.

Hay en ese párrafo una expresión interesante y sin concesiones a la galería: “La parresia del Espíritu Santo”. Conviene documentarse, puesto que de la parresia no se habla en Twitter. Franqueza, lenguaje libre, verdad dicha con atrevimiento y humildad, prueba de sinceridad, en la tradición greco-latina. Un don del Espíritu Santo, en la tradición cristiana. El filósofo francés Michel Foucault, estructuralista, hizo un elogio de la parresia: “Todos necesitanos un parresiastés (alguien con quien poder hablar con franqueza) para librarnos del autoengaño. No puede haber parresia sin libertad”. Parresia contra la confusión. Lenguaje de Bergoglio.

El Papa glosa a los dos santos. “En la convocatoria del Concilio, San Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado. Este fue su gran servicio a la Iglesia; fue el papa de la docilidad al Espíritu”. He ahí una bella expresión: un guía-guiado. Acto seguido, elogia a Karol Wojtyla. Escueto: “San Juan Pablo II fue el papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que le habría gustado ser recordado como el papa de la familia”. Roncalli, guía-guiado, en el impulso crucial del concilio. Wojtyla, el gran defensor de la familia, sin mención a su papel en el Mundo: la fortísima contingencia política de los años ochenta. En esta elipsis está una de las claves de la ceremonia de ayer en Roma. Juan Pablo II, santo súbito, sí, tal y como pedía una pancarta el día de sus funerales en el 2005, pero acompañado del guía. Matices de Bergoglio.

Dos papas santos. Dos papas en la plaza. Benedicto XVI, en su sitio, subrayando con su humildad la energía de Francisco. La Iglesia católica robustece su relato del siglo XX y proyecta poder espiritual en un mundo sin liderazgo.

Enric Juliana
Publicado en: La Vanguardia

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