Ser alguien de fiar.

Ser alguien de fiar.

Vida privada.
Seguro que Vida privada, de Sagarra, estaría entre los diez libros que me llevaría a la isla desierta. Es uno de esos castillos literarios cáusticos y brillantes que ennoblecen a toda una cultura, cuya imbricación en la sociedad de la época no adolece de falta de una permanente modernidad. Al fin y al cabo, las cosas del sexo, el dinero y el poder cambian tanto como no cambian nada.

Y aunque no es lo mismo el escándalo de una familia de la aristocracia catalana en fase decadente -tal cual la familia Lloberola de Sagarra- que el escándalo de un presidente francés, al final todo se resume en lo mismo: lo privado y su incidencia en lo público.

Y entre lo privado y lo público, especialmente cuando se trata del ámbito político, los países de cultura católica responden a la vez: “Lo privado es privado y no cuenta”. A partir de ahí nos atrevemos a afear la tendencia de los países anglosajones a dar valor político a las lindezas de sus cargos públicos. Sin embargo, ¿quién tiene razón?, ¿los que consideran que los amoríos de Hollande son privados o los que piden explicaciones a Clinton por sus desvaríos con puros?

Personalmente, me inclino por la opción anglosajona, porque me parece más honesta. Veamos. Es cierto que todo el mundo tiene derecho a vida privada, incluso a vida privada disoluta.

Pero cuando se quiere ser el presidente de un país, ¿no debe considerar que ello implica algunas restricciones? ¿Cómo se puede confiar en la lealtad y en la honestidad de un cargo público tan relevante como es la presidencia de un país, si la persona que ocupa dicho cargo es deshonesta con quien duerme?

Es decir, y preguntado al revés, si es deshonesto en su propia casa, ¿quién puede asegurar que no lo sea con los asuntos de las casas de todos? La crítica a Clinton no era por una cuestión de moralidad, sino de lealtad al país que gobernaba.

Si un presidente mentía a su mujer y, por el camino, mentía a toda la nación, sencillamente no era confiable. Lo cual no significa que sea bueno, malo o mediopensionista. Sólo significa que no es de fiar para el cargo que exige un mayor grado de confianza ciudadana.

Los presidentes deben -o deberían- ser los mejores de un país, y ello implica una cierta dosis de ejemplaridad.

Cuando, como es el caso, se montan un paripé con motos y cascos para ir a ver a amantes clandestinas, mientras mantienen a la mujer engañada, el único mensaje que envían es el de la deslealtad.

Y quien es desleal con quien convive difícilmente puede vender que no lo será con todo lo demás. La vida privada es cosa privada.

Pero cuando la vida privada de un presidente nos da información precisa de sus valores y sus actitudes, se convierte en una cuestión pública, porque un gobernante no es un colega, ni un compañero de trabajo, es el tipo que quiere representar al colectivo.

Y eso conlleva algunos peajes; entre otros, ser alguien de fiar.

Pilar Rahola
Publicado en: La Vanguardia

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