Un nuevo plástico presente en crustáceos e insectos

Un nuevo plástico presente en crustáceos e insectos

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Poco podríamos pensar que comiendo la cabeza de una gamba vamos a resultar útiles para acabar con el plástico y sus efectos nocivos en el planeta. Suena a ciencia ficción pero no lo es.

Una serie de investigaciones tratan de demostrar que tras el quitosano -un elemento presente en el caparazón de crustáceos e insectos- se esconde un sustitutivo del plástico.

Todo esto se desarrolla en las paredes del Wyss Institute for Biologically Inspired Engineering at Harvard. Un centro de investigación, con sede en Boston, en el que se desarrollan solo el 20% de las propuestas planteadas por sus científicos. Las ideas han de ser radicalmente nuevas, si no se descartan.  El criterio es aceptar únicamente aquello que sea original y que no se esté desarrollando en ningún otro lugar.

Precisamente aquí trabaja Javier Fernández, un científico español que ha desarrollado el ‘shrilk’ un material que está llamado a ser el sustituto del plástico.

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Varias publicaciones, como el National Geographic o Scientific American lo incluyen en una serie de “supermateriales”  que “cambiarán el futuro de las próximas generaciones”.

En esencia, el ‘shrilk’ viene de dos elementos: el quitosano -que se extrae del caparazón de crustáceos o insectos- y de la fibroína -una proteína de la seda-.

Es barato, fuerte, elástico y biodegradable. Y sus aplicaciones van desde la medicina hasta el medioambiente.

Sí, tal vez, algún día nos podamos curar una hernia mediante la inserción de ‘shrilk’ en nuestro cuerpo o nos sirva también para cargar nuestra compra del súper en bolsas. El camino no es fácil y todo dependerá de cómo lo aceptará la industria en base al resultado de las últimas publicaciones científicas -ahora mismo en revisión- sobre el material.

Javier Fernández estudió Física en Cantabria y Suecia pero no fue hasta llegar a Barcelona que se fijó en las propiedades del quitosano. Este elemento centró su tesis -premiada como la mejor del año- en la Universitat de Barcelona. Sin embargo, el científico tuvo que hacer la maleta para seguir sus investigaciones y al llegar a Boston, tras un periodo en el MIT, recayó en el Wyss Institute en el que le dieron carta blanca para experimentar con el quitosano y sus aplicaciones.

No fue fácil, “las primeras pruebas no dieron resultados positivos ya que el material perdía sus propiedades al entrar en contacto con el agua”, como dice. Así, Javier optó por fijarse en la naturaleza de los caparazones de crustáceos e insectos para mejorar el producto. Y tras horas “encerrado”, -como resalta él mismo- en la Biblioteca de Zoología de Harvard, dio con la solución.

“Si observas la piel de un insecto, está hecho de quitosano y proteínas, menos al final que viene una capa similar a la cera que aporta la resistencia al agua”, detalla. Con la combinación de los dos elementos, el shrilk ha resultado alcanzar “una fuerza que duplica al plástico”. En concreto, posee una resistencia de casi 120 MPa, similar a alguna aleación de aluminio, y el doble que la del plástico más convencional.

Tales propiedades dan al shrilk muchas salidas. Éstas se centran en dos campos: la medicina y el medioambiente.

Para el primero, puede servir para la cura de una hernia, como parche en la piel, sutura reabsorbente, pegamento quirúrgico o, en un plazo más lejano, como sustitutivo de tendones o como piel artificial. Para el segundo, en cambio, está pensado como sustituto del plástico y packaging.

Echando la mirada atrás y fuera de las probetas y los tubos ensayo, la lección que da el proceso de fabricación del ‘shrilk’ es aprender de la naturaleza y “entender como actúa porque salva muchos recursos”, comenta el científico.

“Tenemos que usar materiales abundantes como el quitosano que es barato porque tradicionalmente ha sido tratado como un desperdicio por la industria pesquera y es el material orgánico más abundante en la Tierra después de la celulosa”, añade.

Por el contrario, “lo que no podemos hacer es usar recursos limitados como componentes electrónicos que solo están en una mina de África” o “emplear fuentes calor, como hacemos con los metales y los plásticos que consumen un montón de energía”, sentencia.

A la espera de la resolución del último paper que dé alas al shrilk, Javier Fernández sigue explorando nuevas vías del ‘shrilk’ como la producción a escala para su comercialización o aplicaciones en medicina interna que darán mucho que hablar pero que, por ahora, son secreto de sumario.

Carlos Betriu
Redacción

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